Milei no comprende textos, tampoco a la gente

Por Federico González

Hay frases que un país entero entiende sin necesidad de explicarlas. “No llego a fin de mes” es una de ellas. La dice el jubilado en la fila del banco, la docente que hace cuentas con el lápiz detrás de la oreja, el repartidor que mira la aplicación a ver si el día rinde. Nadie que la escucha piensa en un calendario ni en una carrera. Todos piensan en una billetera vacía el día 20.

Todos menos uno. Y ese uno es el Presidente de la Nación.

Una obsesión persistente
No es un desliz aislado. En mayo de 2024, a la salida de una exposición ganadera en La Rural, ante alguien que le reprochó que la gente no llega a fin de mes, Milei respondió que si eso fuera cierto ya se habría muerto. Dos años y medio después volvió sobre la misma idea, ahora en Neuquén, con una pregunta que pretendía ser demoledora: “¿cómo vive durante 10 días una persona sin comer y sin beber?”

La insistencia es lo que vuelve interesante el caso. Un error se perdona. Una tesis sostenida durante años merece ser examinada con seriedad. Y hay que examinarla, además, con las mismas herramientas que el Presidente pone sobre la mesa.

Sus propias armas
Milei construyó buena parte de su figura denunciando falacias ajenas. En enero de 2025, tras su discurso en Davos, acusó a sus críticos de recurrir a la falacia ad hominem y a la del hombre de paja. Recordemos qué son. La primera ataca a la persona en lugar de su argumento. La segunda deforma la posición del adversario para que sea más fácil derribarla: se construye un muñeco que se parece al rival, se lo prende fuego y se declara la victoria.

Ahora bien, en su último posteo sobre el tema, el Presidente reprochó a los periodistas caer en la falacia ad populum y en la ad hominem. La ironía es casi literaria. Quien escribe estas líneas no puede dejar de notar que, en ese mismo mensaje, Milei trata de loros a quienes repiten la frase y los descalifica intelectualmente. Es decir, comete la falacia que denuncia en el mismo párrafo en que la denuncia. El refrán lo resume mejor que cualquier manual de lógica: vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Pero el problema de fondo es otro, y es más grave.

Una falacia nueva
Algunos personajes públicos son tan paradójicos que obligan a ampliar el catálogo de la lógica. Milei es uno de ellos: un generador espontáneo de falacias que todavía no tenían nombre. A modo de provocación operativa, propongo bautizar esta: la falacia de la metáfora literalizada.

Consiste en tomar una expresión figurada, leerla al pie de la letra y refutar después esa lectura literal como si fuera lo que el otro quiso decir. Es, en rigor, una variante sofisticada del hombre de paja. Nadie afirmó que la gente pase diez días sin comer. El Presidente fabrica esa afirmación absurda, la desarma con facilidad y presenta el resultado como una refutación.

George Lakoff y Mark Johnson mostraron en Metáforas de la vida cotidiana que las metáforas no son adornos del lenguaje sino estructuras con las que pensamos. Cuando decimos que el tiempo “se nos va” o que una discusión “se puso caliente”, no describimos un hecho físico: organizamos una experiencia. “No llegar a fin de mes” organiza una experiencia muy precisa. El ingreso se termina antes que el mes, y a partir de ese día empieza una secuencia conocida: pedir prestado, fiar en el almacén, pagar el mínimo de la tarjeta, saltear la cena, postergar el remedio. No hay que morirse para vivir peor. La metáfora describe exactamente esa zona gris en la que la vida continúa, pero con menos dignidad.

Bochado en lectura
Digámoslo sin eufemismos: literalizar una metáfora es, antes que un error económico, un problema de comprensión de textos. Distinguir el sentido literal del figurado es un contenido que la escuela primaria argentina trabaja en sus últimos grados. Un chico que, ante la frase “se me partió el corazón”, preguntara por el cardiólogo, sería bochado en un examen de comprensión de textos de sexto grado. Con su respuesta, el Presidente correría la misma suerte.

Paul Watzlawick enseñaba que todo mensaje tiene un contenido y una relación: lo que se dice y lo que se le dice al otro con eso. El contenido de “no llego a fin de mes” es económico. La relación es un pedido: mirá lo que me pasa. Quien responde con una pregunta sobre la supervivencia biológica no solo falla en la lectura. Le contesta al dolor con una chicana. Ahí el déficit de comprensión se convierte en insensibilidad: quien no entiende el texto tampoco entiende a la gente que lo pronuncia.

Hay algo psicológicamente revelador en esto. El hombre que suele tratar de ignorantes a quienes piensan distinto tropieza con una consigna de escuela primaria. Acaso no se trate de incapacidad, sino de algo más incómodo: una manera de no ver. Porque Milei no es solamente un negador de datos. Es, sobre todo, un negador de lo que les pasa a los otros.

La lupa
El Gobierno exhibe con orgullo la baja de la pobreza. Y es cierto que el punto de partida era dramático: el ministro Caputo destacó que la pobreza bajó del 52,9% al 32,3% en dos años. Pero basta acercar la lupa a esos mismos números para que cambie la imagen. Ese 32,3% no es un piso alcanzado en descenso, sino un rebote: el dato del primer semestre de 2026 interrumpió la baja que venía desde fines de 2024 e implicó 1,2 millones de nuevos pobres en un semestre.

Y el INDEC explica por qué: mientras el ingreso familiar promedio subió 11,5%, la canasta básica alimentaria aumentó 21,4%. Eso, traducido al castellano de la calle, se llama no llegar a fin de mes.

Economía elemental
Vayamos ahora al terreno donde el Presidente se siente fuerte. Cualquier estudiante de economía conoce la ley de Engel, formulada por el estadístico Ernst Engel en el siglo XIX: cuanto más pobre es un hogar, mayor es la proporción de su ingreso que se va en alimentos. Cuando los ingresos caen, el gasto no se ajusta de manera pareja. Primero se recorta lo prescindible. Pero hay un punto de inflexión: el momento en que el ingreso ya no cubre lo básico durante todo el mes. “No llegar a fin de mes” es el nombre popular de ese umbral. A partir de ahí cambia la estructura del gasto: aparece la deuda para comer.

Milei se anticipa a esta objeción y la despacha invocando “la lógica intertemporal del crédito”: si alguien se endeuda un mes, se pregunta, ¿qué hace al siguiente? La respuesta es exactamente la que muestran los datos del Banco Central. Al mes siguiente se endeuda más, y al otro no puede pagar. La morosidad bancaria de las familias pasó del 2,5% de los préstamos personales en octubre de 2024 al 12,8% en julio de 2026. La lógica intertemporal del crédito no refuta la metáfora: la confirma, con intereses.

Los relevamientos privados dibujan el mismo paisaje. Según el IETSE, el 62,5% del uso de las tarjetas de crédito se destina a comprar alimentos, y el 44% de los hogares dedica más de la mitad de sus ingresos a pagar deudas. En los barrios populares, casi seis de cada diez personas tuvieron que endeudarse o pedir prestado para comprar comida. Eso es lo que hace la gente durante esos “diez días”: no deja de comer, se hipoteca para comer.

Muertes sin vereda
La primera vez, en mayo de 2024, el Presidente fue más gráfico: si la gente no llegara a fin de mes, dijo, se estaría muriendo en la calle. La imagen es reveladora. Milei busca el cadáver en la vereda, y como no lo encuentra, concluye que no hay muerte.

Pero la privación no mata así. Lo explicó con precisión el médico Óscar Atienza en Inteligencia Artesanal, el programa de Nancy Pazos: la gente no cae muerta en la calle. Muere en una cama de hospital, en una guardia, en una casa humilde. Muere el hipertenso que abandonó la medicación, el jubilado que tomaba media dosis para que la caja durara más, la embarazada que postergó un control. No hay cámara que registre esas muertes. Aparecen meses después, en silencio, en un anuario estadístico.

Y los anuarios hablaron. En 2024 murieron en la Argentina 22.977 personas más que en 2023, un aumento del 7% que superó con creces el crecimiento de la población. La mayoría eran adultos mayores: entre los mayores de 80 años, las defunciones crecieron casi un 9,5%. Las muertes maternas pasaron de 147 a 183. La mortalidad infantil, el termómetro más sensible de las condiciones de vida de una sociedad, subió de 8 a 8,5 por cada mil nacidos vivos.

Alguien podría objetar que la población envejece. Es cierto, pero el envejecimiento es un proceso lento que no explica, por sí solo, un salto de este tamaño en un solo año. Y hay un dato que ayuda a entender el resto: entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025, el gasto de bolsillo de los afiliados de PAMI aumentó 477%. Cuando los remedios se vuelven un lujo, la estadística vital no tarda en registrarlo.

Nadie serio puede atribuir cada una de esas muertes a una decisión de gobierno. Sería caer en la misma simplificación que criticamos. Pero un presidente economista debería saber que las políticas no matan con un disparo, sino con una suma de pequeñas renuncias. El ajuste no necesita empujar a nadie a la calle: le alcanza con soltar la mano.

Milei pregunta cómo vive una persona diez días sin comer. Las estadísticas vitales responden otra pregunta, mucho más incómoda: cuántos no llegaron a fin de año.

Escuchar primero
Wittgenstein sentenciaba en el Tractatus que los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo. Hay en esa frase una advertencia política. Un gobernante que solo entiende el sentido literal de las palabras vive en un mundo más chico que el de sus gobernados. Le faltan las dimensiones donde transcurre la vida real: la vergüenza de pedir fiado, la angustia del resumen de la tarjeta, la madre que come después de que comieron los chicos.

El Desarrollismo Inteligente parte de una premisa simple: no hay desarrollo sin crecimiento, ni crecimiento duradero sin una sociedad que pueda sostenerse mientras crece. Ordenar la macroeconomía era necesario. Pero un programa económico que no se pregunta qué les pasa a las personas durante la transición confunde el equilibrio de las cuentas con el bienestar de quienes las pagan.

La Argentina no necesita un presidente que gane discusiones con trampas de lenguaje. Necesita uno que entienda lo que la gente le dice, en sentido literal y en sentido figurado. Un presidente que confunde ganar una discusión con gobernar es, en ese punto, un presidente fallido. Porque quien no comprende textos, y tampoco comprende a la gente, difícilmente pueda comprender a la Argentina.

Fuentes
• Milei: “si la gente no llegara a fin de mes ya se hubiera muerto” (Diario de Cuyo, mayo 2024)

• El fin de la metáfora: Milei insiste literalmente (Conclusión, octubre 2026)

• Milei sobre falacias ad hominem y hombre de paja tras Davos (El Economista, enero 2025)

• Pobreza 32,3% en el primer semestre de 2026 (Infobae)

• 1,2 millones de nuevos pobres (C5N)

• Caputo y la baja de la pobreza desde 52,9% (InfoPlatense)

• Endeudamiento de los hogares, informe IETSE (Perfil)

• Endeudamiento en barrios populares (Misiones Online)

• Principales causas de muerte 2014-2024 (Observatorio de Salud ISALUD)

• Muertes de mayores de 65 años en 2024 y gasto de PAMI (Tiempo Argentino)

• Aumento de la mortalidad materna en 2024 (Chequeado)

• Mortalidad infantil 2024 (Chequeado)

• La “Libertad” que Mata (Federico González, Substack)

*Autor: Federico González – Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI!

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