Una rara historia de amor en el Golfo – Parte 3

Por Carlos Alberto Nacher
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Página de cuento 485

La mujer lo tomó del brazo y salieron juntos a paso lento. La noche se abría a la pareja. Del piso asfaltado de la calle se levantaba una tenue neblina húmeda. Un perro sacudía con los dientes una bolsa de residuos encontrando, entre tanto plástico y cartón, los restos suculentos de unas pizzas mordidas por alguien. Los autos, cada vez menos, se esfumaban en el fondo de la Roca. Caminaron. Farfisa parecía flotar, sensación acentuada por unas zapatillas Nike con colchón de aire, que había comprado esa mañana a más del 30% de lo que valen en Buenos Aires.»
Farfisa se preguntaba una y otra vez, sin poder creer en su suerte, de dónde había salido esta hermosa mujer, esta misteriosa dama que no parecía caminar sino deslizarse por sobre la vereda salpicada de baldosas muertas. Pero no quiso analizar mucho; siguió caminando del brazo de la mujer hasta llegar a la arboleda que se alza en la rambla del centro, entre la Roca y el mar. Allí, unos oscuros asientos de plaza y la ínfima presencia de caminantes daban lugar al romance, por lo que la sangre hervía.
¿Qué le parece si nos sentamos en este banco a contemplar la noche marina?
La mujer miraba con complacencia a Farfisa cada vez que éste emanaba palabras cursis.
Sí. Pero por favor, si es tan amable, ¿podría ser un poco más directo? En lugar de la noche marina podría haber dicho «el mar» o, si quiere decirlo poéticamente, «la mar», lo cual es mucho más coherente, ya que la noche no se contempla ni se mira.
¿Cómo que no? Yo tengo un amigo que a veces se queda largas horas por la noche mirando, justamente, a la noche caer sobre el muelle viejo.
Sí, es probable, pero el pobre está equivocado, seguramente imagina cosas, delira por los rincones o compone música. Y bueno, en estos años he conocido a muchos así y los dejé mal. Así soy yo, inolvidable e invencible. Pero volviendo al tema, no se puede contemplar a la noche, no podemos hacerlo porque estamos adentro de ella. Usted y yo somos una parte de esta oscuridad. Estamos sumergidos en un cosmos muy negro, donde muy de vez en cuando brilla alguna estrella. Esto es la noche, una prolongación de nuestras almas oscuras. La noche es negra porque nosotros queremos que sea negra. No es ella sino nosotros los que la creamos y ella se aprovecha de nuestra mente para cubrirnos por completo. Mañana, cuando salga el sol y todo esto se haya ido, este banco no será el mismo de ahora; será otro banco, será el entorno de inocentes juegos infantiles. Aquí mismo, donde ahora es el preámbulo de otro juego, adulto, entre nosotros, que seguro va a terminar cuando la noche termine. Después nada será lo mismo para usted, porque yo soy alguien a quien no podrá olvidar nunca. Por el contrario, cada día que pase a partir de hoy, cada día que viva sin verme, mi imagen irá creciendo hasta llegar a su punto culminante, en la que me transformaré en un sueño suyo que ni siquiera sabrá si fue cierto alguna vez. Pero no tenga miedo, conocí a muchos hombres en mi vida y ninguno pudo olvidarme. Sin embargo, pudieron seguir adelante con sus vidas. Pero cada vez que la soledad los atrapa en la mesa de un bar, miran por la ventana hacia afuera para verme aparecer. Pero no, yo no vuelvo. Solamente un rostro parecido al mío se les dibuja a veces en los charcos de agua de la calle o entre las arboledas oscuras. Aproveche ahora, ésta es su noche. Si elige dejarla pasar e irse, entonces no podrá olvidarme jamás, pero además será un infeliz que va a vivir siempre con la incertidumbre de lo que podría haber pasado. Si elige quedarse, entonces jamás podrá olvidarme y me buscará en silencio, en secreto por el resto de sus días; pero esa búsqueda lo hará mejor persona. Es decir, usted ya está condenado, como muchos otros antes de usted. Así que no se asuste, que tampoco soy la muerte; mejor todavía, le aconsejo que se quede conmigo. Hasta le puede hacer bien un poco de mí en lo que queda de su vida.
¿Pero, por qué me eligió a mí? Ahora no sé qué hacer, usted es muy bella.
La mujer era realmente hermosa. Casi brillaba delante de las olas cercanas. Como la Mona Lisa, sonreía y no sonreía al mismo tiempo, miraba con ternura de madre y con lujuria a la vez, era autoritaria con pasajes de sumisión. Y tenía un perfume que olía a rosas viejas, a pasto mojado.
Farfisa estaba como imantado a su silueta.
Está bien, me quedo, pero al menos, ¿me dirá como se llama?
Como le dije, a mí me pueden llamar de muchas formas, me pueden imaginar de muchas formas. Pero por ser usted, antes de besarlo en la boca le voy a decir mi nombre verdadero: llámeme Nostalgia. Ahora venga, abráceme.

Desde ese día, Farfisa aprovecha los ratos libres para dilapidar papel y tinta esbozando alguna que otra poesía.

FIN

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