¿Cuáles son los tiburones que habitan las costas de Chubut?
El imaginario popular suele ubicar a los tiburones en mares tropicales o en películas de ciencia ficción. Sin embargo, las frías aguas del Mar Argentino esconden una diversidad asombrosa de estos animales. La costa de Chubut funciona como un corredor biológico fundamental para múltiples especies de condrictios.
Allí encuentran el lugar perfecto para alimentarse, crecer y dar a luz a sus crías. Lejos de la figura del monstruo marino, estos predadores resultan piezas indispensables para garantizar la salud de todo el ecosistema oceánico.
Una diversidad sorprendente frente a las costas patagónicas
El biólogo e investigador del CONICET, Nelson Bovcon, dedica sus días a estudiar el comportamiento de esta fauna en la Patagonia. El especialista detalla que frente a las costas provinciales conviven especies con ecologías muy distintas.
El listado incluye al gatuso, el cazón, el tiburón espinoso, el pez ángel y la pintarroja. También se registran visitas estivales del tiburón bacota y avistamientos esporádicos del escalandrún hacia el norte de Puerto Ruz.
Cada variedad posee adaptaciones fascinantes. El pez ángel, por ejemplo, está adaptado a vivir en el fondo marino, donde puede camuflarse y cazar al acecho.
El tiburón sardinero y el tiburón zorro, en cambio, presentan una musculatura especial capaz de regular su temperatura interna. Esta ventaja térmica les permite mantener el cuerpo varios grados por encima del agua que los rodea. Así pueden explorar un amplio rango de profundidades.
Los patrones de movimiento también varían de forma radical entre especies. El cazón es un gran nadador que se desplaza entre el sur de Brasil y la Patagonia central. Utiliza la costa de Chubut, especialmente la zona de Bahía Engaño, como un área de cría exclusiva.
“El gatuso también utiliza la costa chubutense para parir a sus crías entre noviembre y diciembre, y al finalizar el verano ambas especies migran alejándose de la costa”, explica el investigador sobre la importancia de resguardar estos espacios reproductivos.
Existe un mito extendido que ubica a todos los tiburones en la cima de la cadena alimentaria. Bovcon aclara que muchas de estas especies, como el gatuso o la pintarroja, actúan en realidad como mesopredadores.
Su dieta se basa principalmente en crustáceos o moluscos. El verdadero rey de las aguas chubutenses es el gatopardo, un gigante que puede medir 2,60 metros de largo. Este animal realiza extensos viajes desde la provincia de Buenos Aires hacia el sur.
El comportamiento alimenticio de esta especie cambia a lo largo de su vida. Durante sus primeros años, consume pequeños invertebrados y peces. Sin embargo, al superar el metro y medio de longitud, su dieta cambia drásticamente.
“Cuando alcanzan una talla importante empiezan a alimentarse activamente de mamíferos marinos y también aprovechan los restos de lobos, delfines o ballenas muertas”, detalla el científico sobre el rol clave que juega esta especie para limpiar el océano.
Una disminución abrupta en las poblaciones de estos predadores tope generaría un efecto en cascada impredecible. La falta de control sobre las especies ubicadas más abajo en la red alimentaria provocaría un desajuste en el ecosistema. Esto alteraría el equilibrio de innumerables organismos marinos.
Gigantes frágiles
A pesar de su imponente presencia, los tiburones enfrentan una vulnerabilidad biológica extrema frente al impacto humano. A diferencia de los peces óseos, estos animales son muy longevos, pero tardan varios años en alcanzar la madurez sexual. A esto se suma una tasa de reproducción muy baja. Las camadas son pequeñas, y algunas especies se reproducen apenas cada dos o tres años.
Esta lentitud en su ciclo de vida les impide recuperarse rápidamente de las amenazas externas. Las principales señales de alarma provienen de la pesca comercial y recreativa, junto con la contaminación y la pérdida de hábitat.
El especialista advierte que cualquier actividad humana que altere las zonas donde estos animales depositan sus crías puede generar un efecto adverso inmediato y devastador. En particular, la perturbación de sus zonas de cría afecta de forma directa la supervivencia de las próximas generaciones.
Tecnología y conservación en marcha
Frente a este escenario, la comunidad científica acelera los esfuerzos para proteger la biodiversidad del Mar Argentino. Uno de los mayores hitos recientes ocurrió en 2025, cuando Chubut declaró al gatopardo como Monumento Natural Provincial mediante la Ley XI N° 93. Se trata de una medida histórica que prohíbe de forma absoluta su captura.
En paralelo, el equipo de investigación despliega un intenso trabajo de campo. Por un lado, marcan ejemplares junto a pescadores deportivos mediante marcas tipo dardo, para rastrear su distribución.
Por otro lado, participan en un ambicioso programa de monitoreo satelital junto a la Fundación Rewilding Argentina y Eco SOB. La colocación de minitransmisores en hembras de gatopardo permitió descubrir cómo utilizan las aguas del Golfo San Jorge. Además, reveló que realizan extensos viajes desde Caleta Malaspina hacia Península Valdés y el sur bonaerense.
Un cambio cultural necesario para su protección
La protección definitiva de estos animales requiere un cambio cultural en el manejo de los recursos marinos. Los especialistas avanzan en la capacitación de pescadores deportivos, con el fin de garantizar prácticas de devolución segura. Además, proyectan extender este protocolo a la flota pesquera amarilla. Animalesy mascotas
“Estaremos trabajando a bordo para introducir mecanismos de liberación sin daño y empezar a evaluar la supervivencia de los ejemplares capturados incidentalmente”, anticipa Bovcon.
El objetivo es claro e impostergable: la ciencia y la comunidad deben aliarse para asegurar que estos guardianes milenarios sigan nadando en libertad por las costas de la Patagonia.