Navidad

Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
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“¡Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla todo el año!”
– Charles Dickens –

Siempre me despertó un gran interés hacer algunas preguntas obvias como: ¿por qué se festeja la Navidad el 25 de Diciembre? ¿Por qué se acostumbra decorar un árbol con luces esa noche? ¿De dónde surgió este personaje vestido con ropas invernales y profusa barba blanca cargado de regalos en nuestras Navidades veraniegas? …y por último: ¿Por qué todo el mundo se pone frenético para estas fechas?

Parece ser que antiguamente, en esos días cercanos al 21 de Diciembre se festejaba en toda Europa el Solsticio de Invierno. La palabra solsticio deriva del latín “Sol” (Sol) y “sistere” (permanecer quieto). Momento del año a partir del cual la duración de las noches se acorta y las horas diurnas se prolongan.

El significado o interpretación de este evento ha variado en las distintas culturas del mundo, pero la mayoría de ellas lo reconoce como un período de renovación y re-nacimiento, que se acompaña de festivales, ferias, reuniones, rituales y otras celebraciones.

En esta fecha, se celebraba el renacimiento del Sol, el resurgir de un nuevo ciclo que coincidía también con el final de la temporada de cosechas. Estas tradiciones tan antiguas tuvieron una fuerte impronta entre los pueblos de la época y cada cual la adaptó a su propia mitología, integrándola así a sus fiestas tradicionales. Por ejemplo, los romanos celebraban en honor al dios Saturno, regente de la agricultura el festival llamado Saturnalia. Esta celebración duraba siete días y coincidía con el solsticio de invierno. Durante estos días se detenían las actividades habituales, los esclavos eran liberados de sus trabajos y se compartían banquetes y regalos.

La Iglesia Católica en el siglo III DC adopta esta fecha como la del nacimiento de Jesús, para permitir así la conversión de los pueblos paganos que persistían fieles a estos festejos tan arraigados en sus costumbres. La tradición del Árbol de Navidad proviene de culturas del Norte de Europa como también la mítica figura de Santa Claus o Papá Noel, que se ha popularizado a través de películas y propagandas comerciales provenientes del hemisferio Norte.

Así llegamos a la actualidad en la que festejamos la fusión de todas estas antiguas celebraciones bajo la re-significación dada por la Iglesia Católica: la Natividad de Jesucristo y el Renacimiento del espíritu de Amor y Solidaridad en la Humanidad. Lo que comúnmente se conoce como el “Espíritu Navideño”, ése que nos imbuye de buenos sentimientos que nos hacen sentir mejores personas y más cercanos unos de otros. Aunque sólo sea al desearnos un cortés “Feliz Navidad”.

Lo cierto es que para esta época, coincidente con el cierre del año se produce un alboroto importante en todos los niveles de nuestras vidas. Toda actividad tiene que concluirse antes de Navidad, que se convierte en la fecha tope. Lo que genera estados de ansiedad importantes por tratar de llegar con todo a tiempo. Así también, está muy arraigada en nuestras costumbres la idea de celebrar estas fechas en reunión familiar. Lo que genera encuentros y desencuentros que producen intenso oleaje emocional. Por una razón u otra todos estamos más sensibles y proclives a estallar en alguna situación de tensión que termina con la sonada frase “¡¡¡Pasemos las Fiestas en Paz!!!”. Finalmente presenciamos cómo el Espíritu Navideño, rápidamente diluido en alcohol o atiborrado de pan dulce, se retira a descansar hacia algún lugar más silencioso, lejos de la ensordecedora pirotecnia.

¿Qué estamos festejando? Sería interesante que nos hiciéramos esa pregunta. Más allá de la creencia religiosa que cada uno tenga, o de la celebración tradicional que cada uno haga, existe en esta época del año un gran movimiento de emociones que alimentan las mejores intenciones cada vez que nos deseamos mutuamente Paz, Amor, Felicidad, sinceramente.
La sumatoria de estos buenos deseos, que intercambiamos simultáneamente, aunque parezcan superfluos, crea una atmósfera especial que permite que nuestro anhelo de algo mejor, pueda expresarse. Quizá en esos momentos, aunque sea por un instante nos pueda llegar a través de toda la algarabía ese genuino anhelo de vivir en paz, de hacer el bien, de amar al prójimo verdaderamente. Quizá por sólo un instante, podamos todos fundirnos en esa amorosa intención, reconocer lo genuino en cada uno de nosotros y reverenciarlo. Entonces habremos recuperado el sentido de nuestra Navidad.

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