Maravillas marinas

Página de cuento 472 – Por Carlos Alberto Nacher – [email protected] –    www.nacher.com.ar

Abocado estaba al estudio de la semiótica peirceana, cuando fui sorprendido por un ruido que se repetía en las chapas del techo. El molesto golpeteo me sacó abruptamente del discernimiento de los símbolos remáticos, los cualisignos, los sinsignos, los reticulados y la faneroscopía. Menos mal, porque, a decir verdad, entendía muy poco, menos aún que lo que pudiera haber entendido antes de leer aquello, momentos en que desconocía su existencia y por lo tanto, lo entendía a la perfección y seguía mi vida sin mayores sobresaltos: una de las grandes ventajas de no querer saber.
El mar, una vez más, soltaba el misterio en la noche de primavera, fresca, con el rocío apenas asomando.
El mar, dicen los poetas, puede ser un animal rabioso o dócil, dependiendo del momento, puede ser un hormiguero o una alfombra, ahora era solo una incertidumbre.
Los signos solamente pueden ser internalizados cuando se tiene el conocimiento previo dado por la experiencia o por el aprendizaje del objeto que es representado por el signo, ya sea lingüística o icónicamente. Sin embargo, éste no era el caso, el ruido en las chapas no revestía ningún significado identificable para mí.
Adentro del rancho no tenía muchas opciones: una era ignorar el ruido, como tranquilamente podía haberlo ignorado si no hubiera estado en el rancho en ese momento; o bien sumergirme en un pozo de temor abstracto ocasionado por no saber de qué se trata; o bien salir al exterior y verificar el origen del sonido rústico.
Nuevamente volvió a sonar el techo y esta vez mi memoria auditiva pudo identificar a una especie de garra que rasgaba el zinc… tuve que salir y ahí estaba… Oh… Ah…

Estas noches primaverales se prestan para que ocurran hechos inexplicables como éste. Por esta zona fácilmente uno puede encontrar ovnis, aparecidos, mensajes mágicos y todo tipo de supersticiones que no hacen más que reforzar el mundo imaginario, paralelo al mundo real, que los hombres desarrollaron desde el comienzo de sus tiempos. Yo sé que es difícil de creer lo que les cuento ahora, esto que voy a narrar parece tan irreal, tan fantástico. Pero es así. En este lugar se puede hacer la prueba de pararse en la punta de una barda en la oscuridad. Se tiene que elegir una noche limpia, clara, sin nubes, en noches así el cielo es iluminado por infinidad de estrellas y la Vía Láctea, sin smog que la vele, aparece en toda su plenitud.
Luego, de manera imperceptible, se recrean los signos del sur al bajar la vista, un horizonte oscuro e imposible de delinear nos trae la sensación de estar encerrados en una gran caja cuyas paredes son inciertas. Las bardas se difuminan a lo lejos, el reflejo de la luna les pinta un cuerpo gris y monótono. Pero hay algo enfrente, un vacío fantasmal, un silencio que cuenta cien historias, un murmullo sabio, un rey indiferente: el mar. Aquí es donde todo empieza y todo termina, donde de vez en cuando asoman, por sobre el plano líquido, unos espectros gigantescos y pasean sus 40 toneladas a la vista petrificada de la gente, levantan una inmensa cola y ocultan la luz por un instante. El mar las hamaca, las acaricia. Lánguidas, vuelven a entrar y vuelven a salir, son colosos de espuma, son cuentos de Poe, son islas flotantes, no sé lo que son pero aseguro que las vi. El mar las envuelve en su azul puro, y les va pintando la piel de otro azul casi negro.
Después se van por un tiempo, sabiendo que ya cumplieron con su misión de ayudar al hombre a mantener intacta su capacidad de asombro, sin la cual nos aburriríamos y todo nos daría igual, cayendo en una especie de anorexia mental, enfermedad propia de nuestros días. Bueno, aquí termina esta fantástica visión, pero los entiendo si no creen lo que digo, sé que este paisaje parece una página arrancada de las Mil y Una Noches, y quizá lo sea.

Ah, lo del ruido en el techo era el gato. Lo bajé de un zapatazo.

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