La memoria y la gula, un tándem tenebroso para una noche de tormenta

Por Javier Arias
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Nuestro cerebro a veces nos pega unas zancadillas que nos deja con el tujes mirando al cielo y quedamos regulando como un disco rayado. Es lo que me sucedió ayer, pocos minutos después de cenar.
Seguramente a usted, fiel y gordito lector, le debe pasar algo parecido, cuando termino de cenar, al ratito, me dan ganas de comer algo dulce, ¿o no? ¡No se me haga el dieta sana, yo no como golosinas, lo mío es la vida macrobiótica, fuera grasas trans, porque no le creo nada! Son las once de la noche, acomodado en el sillón mirando nuestro programa favorito y de repente pagaríamos con los sueldos que nos quedan por cobrar los próximos diecisiete años la posibilidad de tener un kiosco surtido en el pasillo del baño. Digamos que eso es normal, y si efectivamente uno lleva una vida más o menos ordenada, difícil satisfacer ese inoportuno capricho nocturno sin recantarnos de frío hasta la estación de servicio más cercana.
Fue así como esa noche que les digo mi cerebro trasnochado me requirió engullirme una dulce, cremosa, chocolatosa y memorable Kremokoa. ¿Se acuerda de las Kremokoas, atento lector? Esas golosinas que tenían una base de tapa de alfajor, cubiertas con una especie de merengue, relleno con una salsa de frutas y todas bañadas en chocolate? Bueno, no se fabrican más. Nones, José Terrabusi dejó de hacerlas hace una punta de años. Y yo ahí, en plena noche madrynense, añorando inútilmente una de ellas.
¿Qué será de nosotros sin las kremokoas? Pero no son las únicas golosinas que nos acompañaron en tantos años de nuestra infancia y que ya han pasado a mejor vida. ¿Los caramelos Fizz siguen existiendo? Recuerdo que el desafío era meterse como seis en la boca, morderlos todos juntos y lograr retener la efervescencia sin llamar a ninguna emergencia hospitalaria. La Mountain Dew, que duró poco pero dejó recuerdos indelebles en el paladar de más de uno. La Pepsi con limón fue más efímera, pero igual tiene adeptos que la mentan con melancolía.
Tampoco volví a ver nunca más esa cosa extraña que no era ni leche ni yogurt, leche cultivada le decían. Debe haber corrido la misma suerte que la mostaneza, que pasó a la historia sin pena ni gloria. Otro producto lácteo que ya es sólo un recuerdo era la leche chocolatada Las Tres Niñas, que venía en un envase sumamente extraño, de forma triangular, vaya uno a saber con qué finalidad específica de estibaje y carga.
Y volviendo a las golosinas, ¿se acuerdan de ese caramelo medio poroso en forma de heladito? Un asco, pero andaban por todos lados. O el Topolino, primera golosina con sorpresa, muy anterior al extranjerizante huevito Kinder. Porque Topolino será italiano, pero sonaba más criollo que la tira de asado.
¿Y el Bazzoka de sandía existe aún? ¿O el chicle Jirafa, que antes de terminarlo se nos pegoteaba en todos los dedos? Lo que estoy seguro de no haber visto más son esos paquetitos chiquitos de galletitas Manón o Colegial que mi mamá me ponía todos los días en el bolsillo del guardapolvo. Tampoco las pastillitas Punch, aunque creo que ahora cambiaron de nombre y todavía giran por ahí con todos sus colores y esos gustos imposible de reconocer.
Otro chocolate perdido en la maraña de mis recuerdos es el Biznikke nevado, mezcla extraña de chocolate y galletita. Como los Tubby, que estrenaron los números de serie antes que las Pentium, arrancando por los 3 y 4 y creo que llegaron al 6, antes de desaparecer.
Pero volviendo a las Kremokoas, parece que en Uruguay tienen algo parecido, llamados Ricarditos –¿tendrán algún parentesco con los sánguches Carlitos?-. Pero la base es de galletita, el merengue es más blando y vienen en varios gustos como dulce de leche, frutilla y menta. No será lo mismo, pero creo que amerita un viajecito a Montevideo, todo sea para conformar a este gordo que uno lleva adentro.

Nota del autor: Datos extraídos de las páginas web http://edubloggerargento.ning.com/ y http://www.tiemporadiofm.com/

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