El volcán que escupe oro de la Antártida
En el remoto y helado paisaje de la Antártida, donde el silencio y el hielo dominan el horizonte, se alza una de las anomalías geológicas más fascinantes del planeta: el Monte Erebus. Con 3.794 metros de altura, no solo es el volcán activo más alto del continente, sino también el más austral del mundo. Pero lo que realmente lo hace único es un fenómeno difícil de creer, expulsa polvo de oro a la atmósfera.
El volcán fue observado en erupción por primera vez en 1841 por el explorador James Clark Ross, y desde entonces ha mantenido una actividad constante. “Lleva más de un siglo demostrando que no tiene intención de tranquilizarse”, señalan los expertos. En su interior alberga un lago de lava permanente, activo al menos desde 1972, algo extremadamente raro en el planeta: “Solo existen cinco lagos de lava persistentes en todo el mundo”.
Sin embargo, lo más sorprendente llega al analizar los gases que emite. “Entre vapor y compuestos volcánicos aparecen diminutos cristales de oro metálico”, explican los científicos. Estas partículas, de menos de 20 micrómetros, son expulsadas constantemente: “A lo largo de un solo día, el Erebus puede liberar unos 80 gramos de oro”, lo que equivale a miles de dólares.
Aun así, cualquier intento de aprovechar esta riqueza es inútil. “Ese oro se dispersa en la atmósfera y puede detectarse hasta a 1.000 kilómetros de distancia”, por lo que recogerlo es prácticamente imposible. En palabras de los investigadores, el volcán “reparte riqueza… pero en modo completamente inútil”.
El Erebus no se queda ahí. También expulsa las llamadas bombas volcánicas, fragmentos de roca parcialmente fundida que salen despedidos con violencia. Un recordatorio de que este entorno extremo sigue siendo altamente peligroso.
Pero quizá uno de sus secretos más desconcertantes se esconde bajo el hielo. “Cuando parece que ya no puede ser más extraño, el volcán guarda otro secreto”: un sistema de cuevas de hielo generadas por gases calientes, conocidas como cuevas fumarólicas. En su interior, donde “no debería haber nada”, los científicos han encontrado vida.
En 2013, se identificaron decenas de especies de hongos en estas cavidades. “Hasta 61 especies”, detallan los estudios, algo completamente inesperado en un entorno tan hostil. Sin embargo, este hallazgo también plantea dudas: “Muchos de estos microorganismos están asociados a la piel de animales”, lo que sugiere posible contaminación humana incluso en uno de los lugares más aislados del planeta.