UNA COLUMNA DE MIÉRCOLES

El sol como testigo


Por Javier Arias

Marcelo se detuvo un segundo y miró cómo repiqueteaba el sol sobre las olas. Caminó unos pasos y se sentó sobre el arena caliente. La gente ya volvía a sus casas, mientras un nene terminaba sin prisas un castillo. Con la pala acomodaba las murallas, y con el palito de un helado manchado de chocolate coronaba la torre con un imponente pabellón de brillantes e imaginarios colores. Volvió a mirar el agua, entornó los ojos y posó la mirada en el horizonte. Comenzó a llorar lentamente, dejando que las lágrimas cayeran silenciosas sobre la camisa.
Esteban manejaba casi sin pensar en nada, las curvas se sucedían naturalmente una tras otra, dejando kilómetros a sus espaldas. La música sonaba fuerte, tal vez demasiado fuerte. Soltó el volante un segundo y tanteó con la mano derecha el tablero buscando el volumen del reproductor. La senda desierta era un hilo serpenteante en el atardecer naranja que se perdía allá adelante. Miró el salpicadero, aún sin encontrar la perilla. Se agachó un poco, el solo de batería se estaba haciendo insoportable. De repente se acordó que la había olvidado y levantó de nuevo la mirada hacia las luces.
Camila no podía creer en su suerte y tocaba cada una de las piedras tibias con una emoción que apenas podía controlar. El sendero entre las ruinas se había convertido en un túnel en el que se mezclaban los recuerdos y anhelos de toda una vida. Aunque ella estaba segura que no sólo la embargaban sus propios sentimientos sino los de los miles y miles de personas que habían caminado sobre esos adoquines durante toda la historia de la humanidad. Bordeó una esquina y así, sin saberlo, esquivó al amor de su vida.
Diego se bajó de la bicicleta, la apoyó en la reja del bar y se sentó junto a la ventana. La mañana apenas despuntaba con un sol tímido entre los edificios. La brisa entraba suave arremolinando el aroma del café y de las medialunas, haciéndole tronar el estómago. Apartó, casi sin tocar, el menú y se acodó a la mesa. El murmullo era tan conocido como tranquilizador, casi como una nana de madre. El mozo lo miró desde la barra y bajó la vista, moviendo apesadumbrado la cabeza. Hizo un poco de tiempo, acomodó los vasos, secó otros, se arregló el repasador sobre el brazo y finalmente se acercó a decirle, una vez más, que se fuera, que agarrara su bicicleta y se fuera, que no podía sentarse como antes, toda la mañana con un café, que se fuera con sus lamentos y su tristeza, que se fuera con su nostalgia de vida hecha, de familia perdida, de hijos olvidados, de futuro posible, que no volviera.
Liz miró por la ventana hacia la calle. Desde ahí podía ver perfectamente por dónde vuelve siempre del trabajo. Ya había aprendido a reconocer hasta el mínimo detalle. Los pasos, la forma del silbido, la mano en el bolsillo del pantalón, el más imperceptible gesto la podía poner en guardia. En la cocina humeaba la olla de aceite hirviendo, a mano. El sol caía sobre los aromos y ella vigilaba la calle, acariciándose sin darse cuenta la cicatriz de la mejilla.
Carlos nunca se lo había dicho, pero la extrañaba. Se habían vuelto a ver por unas horas en la plaza donde alguna vez habían jugado a ser novios, pero tampoco se lo había dicho. Se rieron, se abrazaron bajó la calidez de esa tarde e intercambiaron historias casi comunes, sólo separadas por miles de kilómetros. Luego la despedida, el taxi, el aeropuerto y la nada. Frente a la pantalla, pasando sus fotos como si fueran figuritas de un álbum que ya nunca completaría, volvió a pensar que la extrañaba y que no se lo había dicho.


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