Página de cuento 832

The Wild: La leyenda del Rock – Parte 6


Mayo de 1967: Estadía en Buenos Aires
Reinaba el otoño en la gran ciudad, pero el movimiento no se detenía.
LOS SALVAJES llegaron a Buenos Aires a las tres de la tarde de un viernes 2 de mayo nublado. El ómnibus se detuvo en Liniers, cuyas calles a esa hora estaban saturadas de gente que iba de un lado a otro, vendedores ambulantes pregonando su mercadería, niños pobres pidiendo limosna, oficinistas, y algunos incipientes hippies vernáculos. Bajaron del micro, descargaron valijas y guitarras y así, cargados de equipaje, se tomaron el 104 al Once , bajaron en Plaza Miserere y rápidamente consiguieron una habitación en el Hotel Cóndor, un modesto pero limpio alojamiento de dos estrellas en la calle La Rioja.
Acomodaron valijas e instrumentos, y sin esperar un momento, bajaron por la Avenida Rivadavia hasta llegar a un legendario establecimiento, cuna del rock nacional, la famosa Perla Del Once , en Jujuy y Rivadavia, donde por aquellos tiempos se reunían los representantes más significativos de la nueva música juvenil. Esa noche había un recital en el bar y no se lo podían perder.
Para los muchachos del interior de la provincia aquella velada fue una revelación. Se sentaron los cuatro a una mesa, tímidamente en una esquina del salón, y se pidieron unas cervezas. En un momento mágico, Francisco fue el baño de caballeros del bar y se encontró con dos jóvenes que estaban tocando la guitarra y cantando, al parecer componiendo una canción: “Estoy muy sólo y triste en este mundo abandonado…” cantaban mientras en la guitarra sonaba un rasgueo rítmico en mi mayor, y así repetían una y otra vez aquella estrofa hasta que por fin le agregaban un nuevo verso, lo cambiaban, se reían, fumaban y lo volvían a cantar. Mientras Francisco orinaba en un retrete, los dos muchachos estaban trabados en el estribillo. Una y otra vez volvían a tocar el primer acorde del puente y tiraban una nueva frase, pero ninguna los convencía. Desde el otro lado del baño, Francisco les gritó “Tengo que conseguir mucha madera”. Los dos músicos se miraron, sonrieron, uno de ellos le contestó: “Tengo que conseguir de donde sea”. Y ahí quedó listo el estribillo de una de las canciones más conocidas del rock argentino. Después, todos volvieron a sus mesas a seguir bebiendo otras cervezas y a charlar de música, de chicas y de viajes.
A Francisco lo impactó esa manera de componer y el sonido de aquella música novedosa, y se juró que él mismo crearía cientos de canciones por el estilo.
Así pasaron la noche, hasta que volvieron a la pensión, con mucho alcohol en la sangre y muchos sueños en el corazón.
Al otro día, Francisco se dispuso a buscar un buen y barato profesor de inglés. Para cumplir con sus planes tenía que lograr dominar a la perfección dicho idioma, incluso lograr el característico acento de los estados sureños de Norteamérica.
Continuará…

Por Carlos Alberto Nacher
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