HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

El pato que todo lo ve


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
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Qué lindas tardes estas para retozar al sol, o caminar largamente por la playa, esquivando el suave movimiento de las aguas del golfo mirando como sube la marea, y a aquellos que no respetan el distanciamiento social. Eso, o sentarse junto a la arena a tomarse unos mates, sin compartir, que eso es cosa de otros tiempos, charlando a la distancia con los ocasionales transeúntes que este tiempo nos permite conocer. ¿Y qué mejor forma de quebrar el hielo que comentarle, así como al pasar, a ese señor de bermudas floreadas y cuello al rojo vivo, si estaba enterado de que, a Hitler, en su momento de mayor apogeo, sus fans le enviaban más de un millón de cartas al mes? ¿No, no es buen tema para arrancar una amistad de verano? Bueno, modifiquemos el rumbo.
Vayamos por el lado de la informática, tan en boga últimamente con Among Us y compañía. Interpele a su eventual compañero de playa si estaba al tanto de que es imposible, en el sistema Windows, ponerle el nombre de “con” a una carpeta. Así, con las tres letras, “con”, nones, no se puede, vaya uno a saber por qué misteriosa razón. Este dato tiene un plus si nuestro interlocutor porta una notebook, porque ahí nomás la puede prender, probar el truquito en cuestión y de ahí a que nos esté mostrando las fotos que se sacó en Camboriu cuando aún se podía viajar. Y si llega a tener internet, por esas cosas locas de la vida y de las perdidas wi-fi, desafíelo a bloquear en Facebook a su creador, Mark Zucherberg, tampoco se puede; como tampoco encontrar a Corea del Norte en Google Maps. ¡Cosa e’mandinga!
Pero si el asunto no va por el lado cibernético, pruebe por el rincón lúdico, a ver si recuerda cuáles eran los nombres de los fantasmitas que se querían morfar al inefable Pacman en el famoso juego. ¿Ni idea? Bueno, no lo rete mucho, tampoco es tema de examen en ninguna escuela que se precie, los nombres son Blinky, Pinky, Inky y Clyde.
Pero la idea tampoco es que dé la imagen de un cerebrito engreído e imbancable, justamente todo lo contrario, lo que queremos es hacer amigos, un millón, como cantaba Roberto Carlos, si se puede, así que mueva el dial, no se estanque en un diálogo vacío. Comente, por ejemplo, que Clint Eastwood rechazó, ya hace una punta de años, el papel de James Bond. ¿Nada? ¿Cero reacción? Pruebe por el lado ecológico y asegure, sin dudas ni tartamudeos, que un árbol promedio tiene madera para 170.000 lápices. Bueno, no fue un dato muy ecológico que se precie tampoco. Aunque puede rematar que con esa miríada de lápices se pueden escribir un montonazo de cartas en contra de las empresas que contaminan, ¿no? Eh… Bueno, vayamos por otro lado entonces.
¿Sabe usted que las abejas pueden detectar explosivos? Pregunte con gesto de asombro. Aunque, a decir verdad, el peligro es la repregunta, porque no tengo la menor idea cómo lo hacen. Mejor transitemos senderos más seguros, como afirmar que el segundo nombre del pato Donald es Fauntleroy. Tampoco es un dato que nos vaya a cambiar la vida, pero no es para desdeñarlo tan rápido. Lo que sí es interesante, como en toda estadística, es que una persona, en una vida promedio, camina tres veces el diámetro de la Tierra. Y si nos apretamos la nariz cuando comemos un caramelo de menta no vamos a sentirle el sabor. ¡Touché! No me diga que con estas dos acotaciones no se tiene media batalla ganada.
Aprovechando el buen momento pregunte si sabía cuál es el país con mayor porcentaje de pelo rizado de todo el mundo. Prepare la sonrisa, porque la respuesta seguramente indicará hacia alguna latitud de origen africana, pero usted retrucará que es Escocia. Y que le venga a discutir con la enciclopedia Espasa Calpe bajo el brazo.
Y recordando la columneja de la semana pasada, acote oportuno que, entre las enfermedades más raras, está la anatidaefobia, que es el miedo a que en algún lugar un pato nos esté observando. Y complete con un giro brusco hacia la playa en busca de algún pato. Llega a haber alguno tiene dos opciones, o usarlo para apoyar el efecto del chiste o empezar a preocuparse seriamente sobre las coincidencias de nuestro universo.
A esta altura, estimado lector, ya debe haber entrado en una profunda confianza con su adlátere estival, invítelo a tomar un vermouth en alguno de los paradores de la costa, sin olvidar de agregar al convite a su pareja, no vaya a pensar que detrás de su estimable amistad se esconden aviesas intenciones. Y camino a la mesa elegida siga desgranando una que otra curiosidad interesante, como por ejemplo que la mayoría, no todos por supuesto, de los inodoros suenan en clave de Mi.
Si se banca ese dato, tenga por seguro, fiel lector, que se ha ganado un amigo para lo que queda de la temporada.

Nota del autor: Información recogida de la página http://cosasdehumorjajaja.blogspot.com


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