EN LA LOCALIDAD DE PUNTA PELIGRO

Hallan una rana patagónica de 60 millones de años


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En la localidad de Punta peligro, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Comodoro Rivadavia, un equipo internacional de paleontólogos, encabezados por el argentino Guillermo Rougier, hallaron una rana patagónica de 60 millones de años, conservada perfectamente dentro de una egagrópila fosilizada, una bola de restos alimenticios no digeridos y regurgitados por las aves. Dieciocho años después, una investigadora del CONICET encabezó el trabajo de preparación y descripción del fósil.
En Punta Peligro se exponen sedimentos del Banco Negro Inferior de la Formación Salamanca, y suele ser muy visitada por equipos paleontológicos, no solo debido a la riqueza y diversidad de su material fosilífero, sino también a que los restos de la fauna que allí se pueden encontrar corresponden a los comienzos de la Era Cenozoica; es decir, la etapa geológica inmediatamente posterior a la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno ocurrida hace 65 millones de años -que marcó el fin de la Era Mesozoica-, en la que desaparecieron la mayoría de los dinosaurios junto con tres cuartas partes de los géneros biológicos que habitaban la Tierra en aquel momento. En aquellas rocas de unos 60 millones de años de antigüedad pueden hallarse distintos grupos de vertebrados, especialmente mamíferos y cocodrilos, que sobrevivieron a aquella extinción y habitaron la Patagonia durante los inicios de la nueva Era.

Hallazgo y estudio

Fue en el año 2002, en el marco de una expedición al sitio, encabezada por el paleontólogo argentino Guillermo Rougier -investigador de la University of Louisville (Estados Unidos)-, cuando fueron hallados y extraídos los restos fósiles de la rana que se encontraban preservados en una estructura poco habitual. A diferencia de lo que suele ocurrir, los huesos del animal no se hallaban ni separados ni articulados, sino que estaban “anudados” entre sí, lo cual resultaba muy llamativo.
Pese al interés que suscitaba el material, las dificultades que planteaba tanto su preparación -debido a la dureza del sedimento combinada con la fragilidad de los fósiles- como su análisis detallado hicieron que se postergara la posibilidad de hacer una caracterización más acabada del mismo y que quedara pendiente determinar si se trataba o no de una nueva especie.
Finalmente, dieciocho años después de aquel hallazgo, una investigación publicada en la revista especializada Papers in Palaeontology, coordinada por la investigadora del CONICET en el Centro de Ciencias Naturales, Ambientales y Antropológicas de la Universidad Maimónides, Paula Muzzopappa, y de la que participaron también otros dos científicos del Consejo, da cumplimiento a esa cuenta pendiente en un trabajo que aporta más información de la que se esperaba en un comienzo.
Dadas las dificultades que imponía el material fósil, Muzzopappa lo llevó a la empresa tecnológica YPF Tecnología (Y-TEC, CONICET-YPF) con el propósito de aprovechar su potentes microtomógrafos para hacerle una microfotografía computada y así poder acceder a los huesos ocultos en el interior de la extraña estructura sin necesidad de desarmarla.
“Yo no me explicaba cómo podía ser que la rana se hubiera conservado de esa manera. Ahí fue cuando apareció Agustín Martinelli, investigador del CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACNBR, CONICET) y otro de los autores del trabajo, quien comprendió que el fósil que estaba tratando de estudiar era, en realidad, una egagrópila. Esto explicaba la forma en que habían quedado anudados los huesos de la rana. Saber esto nos permitió seguir avanzando con la investigación con una perspectiva más amplia”, afirma Muzzopappa, quien también es investigadora en la Fundación de Historia Natural Félix de Azara.

Una evidencia indirecta

Una egagrópila es una bola de restos de alimentos no digeridos y regurgitados por un ave. Aunque es frecuente, por ejemplo, que las lechuzas y los búhos regurgiten aquello que no pueden digerir, como huesos, pelos, pedazo de alas, o cutículas de insectos, es poco común que estas bolas se fosilicen y menos aún que se las encuentre preservadas de forma tridimensional como sucedió en este caso. Aunque bolas regurgitadas más antiguas, correspondientes a la Era Mesozoica, han sido descubiertas.

Una nueva especie de un viejo género

“Ciertas características de la pieza, como su forma, disposición y el patrón de desgaste de los huesos en el interior de la bola, nos permitieron determinar que se trataba de una egagrópila producida por un ave de presa que habitó esa región en esa época. Esto fue toda una revelación, porque si bien resulta esperable que la localidad haya estado habitada por aves hace 60 millones de años, hasta ahora no hay ningún registro óseo que lo acredite. La egagrópila es, en este sentido, una evidencia indirecta de la presencia de aves de presa durante el inicio de la Era Cenozoica en este ecosistema patagónico”, destaca la investigadora.
En otro orden, el estudio de los huesos a través de las imágenes del microtomógrafo, para lo cual fue clave el aporte de Juan Pablo Garderes, -becario doctoral del CONICET en el CCNAA-, permitió concluir que la rana pertenecía a una especie hasta ahora desconocida, emparentada con la llamada rana grande chilena, Calyptocephalella gayi, que actualmente vive exclusivamente en lagunas del centro del país trasandino. La nueva especie fue bautizada como Calyptocephalella sabrosa en virtud de haber sido el “sabroso” alimento de otro animal.
“La familia Calyptocephalellidae estuvo presente en la Patagonia desde fines de la Era Mesozoica y, luego de sobrevivir a la catástrofe que llevó a la extinción a los dinosaurios, fue especialmente abundante en las faunas del Cenozoico patagónico. Pero hace unos 15 millones de años este grupo de ranas se extinguió del territorio argentino y quedó restringido al chileno, representado por unas pocas especies del género Telmatobufo y por Calyptocephalella gayi, la única de su género”, explica la investigadora.

Una rana grande y voraz como su predador

“Todos los elementos del esqueleto que encontramos son consistentes con la hipótesis de que se trataría de un único individuo y de que en la egagrópila no hay nada más que los restos de la rana. Esto redundó en que tengamos muchos elementos óseos asociados que sin dudas se pueden asignar a la misma especie, algo que no siempre sucede. Aunque se han hallado restos de especies de la familia Calyptocephalellidae correspondientes al Cretácico (último período de la Era Mesozoica), Calyptocephalella sabrosa es la especie más antigua de este grupo de la que tenemos tanto conocimiento”, afirma la investigadora.
Muzzopappa estima que C. sabrosa debió tener alrededor de unos quince centímetros de largo, tal como hoy tiene la rana grande chilena y que al igual que otras ranas del mismo género tenía un cráneo osificado y un cuerpo robusto. “Aunque en comparación con otras ranas ya extintas pero más modernas del mismo género, podemos decir que C. sabrosa tenía un cráneo menos techado, es decir, más abierto”, señala.
Una de las características que mejor permite identificar a este género de ranas es, entre otras, la forma de sus elementos craneales, especialmente algunas estructuras del maxilar (que además soporta unos fuertes dientes). Ese es uno de los aspectos del fósil que se podían distinguir sin necesidad de tomografías y es por eso que fue Muzzopappa, especialista en este grupo de ranas, quien tomó la responsabilidad de estudiarlo.
En cuanto al modo de vida de la rana encontrada, los investigadores estiman que es posible que fuera similar al que hoy tiene C. gayi: “Viven en lagunas y salen solo para comer y cazar. Son híper voraces, eso sí, comen prácticamente todo lo que se les pase por adelante”, asegura la investigadora.


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