Página de cuento 582

Dos ferroviarios en apuros – Parte 27


Por Carlos Alberto Nacher
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Pasaron los jugadores, los técnicos, los utileros, los ayudantes de campo, los aguateros, los médicos, los traumatólogos, los preparadores físicos, los useglios, los temuros, hasta que al final no quedó más nadie que pasar, y por fin Arthur Amani Abdelnour pudo erguirse sobre sus piernas. Asimismo, el chorizo colorado que le había regalado la madre y que había caído en el asfalto candente, comenzó a levitar, hasta llegar al metro cincuenta masomeno, y así, en el aire, suspendido cual si fuer una gaviota cocinera, o cangrejera, esas aves que dominan el arte de controlar las corrientes ventosas, así, vencedor, comenzó a cantar.
Mahama se quedó patitiesa, paralizada ante aquella visión cósmica, del más allá. Brigitte no podía dar crédito a lo que estaba presenciando. Arthur aprovechó esa distracción para arreglarse la ropa, tal como se lo había dicho Mahama hacía unos instantes, se acomodó el pelo, se acercó a ella, la tomó del brazo con firmeza pero dulcemente, y le dio un sorpresivo beso en la boca. Mientras, el chorizo le cantaba a Brigitte: “Uan du tri for fai six seven, Ol gud children gou tu geven”
Todo este espectáculo no se le había escapado a Anthony, que había vuelto sobre sus pasos con Fatimota, escapando de la tía Chola, y había vístolo todo, habíalo visto todo, lo había visto todo, había visto tódolo. Últimamente Anthony se había convertido en un ser muy sensible, pero a la vez intolerable. Iba para allá, iba para acá, y arrastraba consigo a todos sus seres queridos. Vio la escena amorosa entre Mahama y Arthur y se enojó. Tomó aFatimota de la mano y caminó rápido hacia ellos, el Concho los seguía de cerca. “¡Mahama! ¡Qué estás haciendo yegua!” El carassius seguía aferrado a su cuello, a esta altura su boca haciendo sopapa contra la piel de Anthony se había acalambrado y un poco fosilizado, ayudado por la intermitente lluvia de piedras rojas al rojo vivo, que ya le había quemado el costado izquierdo, pero sin perjuicio de ello, el carassius seguía aferrado a Kachavara, y no daba muestras de soltarlo. La escena podría describirse como bizarra, pero no lo era, nada que ver con eso. Ahora parece que cuando algo no le gusta a alguien, es “bizarro”, como si aquellos que juzgan fueran capaces de escribir cuatro líneas seguidas sin caer en algún lugar común o en copiarse de otra persona, pero sin dejar de hacerse los intelectuales. Manga de ignorantes pelotudos. La escena no era más que eso: una escena, ora de amor, ora fantástica, ora absurda, oracle. Todo estaba por producirse, y todo era valorable: aquel súbito celo incoherente y egoísta de Anthony hacia Mahama, aquel gesto de amor, de enamoramiento de Arthur hacia Mahama, aquel dejar hacer y seducir de Mahama, aquel encantamiento, infantil embelesamiento de Brigitte ante el chorizo levitante y cantor, aquella intrigante personalidad de El Concho, aquel odio a flor de piel de la Tía Chola. Todos esos sentimientos, tan humanos como el moco, la saliva y la cera de las orejas, se daban en momentos en que el final de la vida en nuestra ciudad era casi un hecho, todos sabían que los volcanes no dejaban de irrumpir en nuestra realidad con sus vómitos calientes, y que debajo de la tierra, justo en el centro geográfico de la ciudad, la roca vibraba, temblaba. Los edificios no paraban de derrumbarse, las calles no dejaban de agrietarse, el olor a azufre y a sulfato de sodio era insoportable, y ese ruido sordo y ancestral, como un rugido de la tierra, como un grito oscuro desde debajo de las entrañas del mundo, donde yacía la furia contenida por siglos de la madre de todos los magmas, anunciaba la catástrofe final, la última explosión, el gran eructo de la diosa Madre Piedra, de la roca sagrada, que de una vez por todas iba a lanzar su lengua mortal sobre nosotros. Sin embargo, todo se olvidaba cuando afloraban los sentimientos humanos. Un extraterrestre no hubiera podido nunca creer esto, pero el amor es mucho más fuerte que la lava, el odio es mucho más fuerte, y así siguiendo. Por eso es que el ser humano, nosotros mismos, personas estúpidas, idiotas, endebles, enclenques, mínimas, podemos dominar a todas las especies, florales y faunales, a todos los minerales e incluso, a las manifestaciones más impúdicas de la naturaleza, que siempre, pero siempre siempre, juega en contra. Todo esto pasaba en los últimos instantes de la civilización. No obstante, todo era como el primer día y como lo fue siempre.
Enfrente, en la vereda del sol, indiferentes a todo, entre formios enanos y agapantus, pasaban danzando el paso del gorriti, Wayne Gardam el titiritero, Emma Yao la perfograboverificadora nocturna, junto a unos oteros grandes como una casa.
Continuará…


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