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The Wild: La leyenda del Rock – Parte 19


Febrero 1972: Un incidente no tan menor
En un impasse en la numerosa cantidad de shows, grabaciones, reportajes y demás menesteres con que debían cumplir las bandas de rock más famosas y requeridas, Frank y Smog se fueron a pasar una pequeña temporada con sus viejos amigos hippies en Haight-Ashbury. No había tantos, pero todavía quedaban algunos por allí, a pesar de la gran persecución policial que se desató en California contra los movimientos paraculturales revolucionarios, sobre todo luego de los asesinatos del Clan Manson. Sin embargo, muchos jóvenes aún resistían e intentaban mantener aquella vida despojada de lo material y basada únicamente él un ideal de libertad y hedonismo .
Mientras Frank y Smog disfrutaban de su estadía, componían nuevos temas y se relajaban de toda la locura de ser el centro de la escena del rock, cayeron, sin ser culpables de nada, en una redada que el FBI hacía en ese momento en el rancho donde se encontraban, buscando estupefacientes y un sospechoso que había escapado en agosto el 69 de la casa de Sharon Tate durante los trágicos sucesos en que fueron asesinadas cinco personas, incluyendo a la actriz, esposa del famoso director de cine Roman Polansky.
Lo cierto es que Frank y Smog fueron arrestados por tenencia de marihuana y heroína y llevados detenidos al San Francisco Police Department Pistol Range .
Allí pasaron la noche, en un calabozo de 3 metros por 3 metros, junto a 4 personas más que también fueron detenidas en el rancho de Haight-Asbury.
La instrucción de la causa estuvo a cargo del fiscal de distrito Derek Seager, acompañado por el detective John Joshua Cadbury, del FBI. Luego de una muy breve audiencia informal, fueron liberados. En aquellos tiempos en la ciudad reinaba la tolerancia y se estaban aceptando cambios muy profundos en las relaciones humanas y sociales.
Sin embargo, cuando el fiscal Seager, junto a Cadbury, conocieron en persona a Frank y a Smog, no los afectó el hecho de estar frente a dos nuevos héroes del rock, sino que algunas actitudes, gestos y comentarios, despertaron ciertas sospechas en ambos representantes de la ley. Notaron algo que no podían describir claramente y que desafiaba la fina sagacidad que caracterizaba tanto al abogado como al policía. Concluyeron, entonces, que la tenencia de unos pocos gramos de hierba para consumo propio no ameritaba ningún tipo de procesamiento en la San Francisco de los setenta, por lo que fueron liberados.
Así salieron Frank y Smog, con sus ropas coloridas, sus pantalones anchos, sus melenas largas hasta casi la cintura, sus lentes negros y sus vinchas, seguidos de cerca por gran cantidad de fans y reporteros, como era costumbre cada vez que se descubría dónde estaban. Los músicos fueron complacientes, en la puerta del cuartel policial se dedicaron a firmar autógrafos y responder a los requerimientos de los periodistas, e insistir que no había pasado nada, que todo había sido un estúpido error, y repetían una y otra vez que habían sido tratados maravillosamente bien.
Desde la ventana, Derek Seager fumaba un cigarrillo y los miraba, los observaba cuidadosamente. Su olfato de sabueso no podía mentirle, él era un policía objetivo y justo, pero no se sentía Harry el sucio. Sin embargo, sospechaba. Detrás de aquella imagen del joven libre americano, algo escondían los rockeros. Pero qué bien que tocaban.
Continuará…

Por Carlos Alberto Nacher
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