HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

¡Qué calor, qué calor en la ciudad!


Por Javier Arias
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El otro día, caminando con un amigo, a eso de las tres de la tarde, sentíamos que lentamente nos íbamos convirtiendo en largos charcos de agua. Si esto no es cambio climático el cambio climático dónde está, porque una cosa es que haga calor y otra muy distinta disfrutar las temperaturas de Tilcara. Sí, ya sé, atento lector, usted bien podrá decirme que si me quejo de nuestros treinta y pico, si efectivamente fuera a Tilcara, sus cuarenta y tantos me dejarían al costado de la vía. No lo discuto, ni mucho menos, pero déjeme que me queje en paz de este calvario.
Y uno ya empieza a tomar medidas extremas, ¿cómo se visten lo tuaregs en el desierto?, pregunta desesperado. Esos tipos de grandes turbantes sobre la cabeza y camellos debajo de las grupas usan siempre telas blancas. Y parece bastante coherente, porque lo que uno ha aprendido en la escuela es que el blanco refracta la luz, o sea, le rebota así nomás, y con eso también algo del calor se va y el negro hace todo lo contrario y chupa hasta el último destello solar. Pero, si la memoria no me falla, en las películas siempre aparecen un grupo de ellos vestidos completamente de negro. ¿Cómo es posible? ¿Acaso son tuaregs del desierto y masoquistas? ¿Además de querer oler a camello transpirado les gusta sufrir bajo el inclemente mandato estelar? ¿O será nada más que por las viejas reglas del cine americano lo blanco es bueno y lo negro es malo, muy malo, y si son malos, ponete la capa negra y dejate de jorobar con aire acondicionado en el trailer de filmación? Eso podría ser, pero el Zorro a esta altura me desacomoda, porque para alguien buenito, ¿quién más que el bueno del Zorro, no?
Y así estamos, ni siquiera el cine puede salvarnos a la hora de elegir vestuario fresco para salir al horno madrynense. Tal vez los científicos puedan salvarnos, siempre hay alguno que haya hecho algún estudio pertinente. De hecho, estimado lector, los hay, los hay.
Unos señores, también preocupados por esto de la calorimetría de los colores, fueron y pusieron un auto negro al lado de un auto blanco y empezaron a tomarles la temperatura. A pleno rayo del sol, con las ventanillas cerradas y quietitos como liebre encandilada, adentro del auto blanco contaron unos treinta y seis grados, mucho, pero aun respirable, dentro del auto negro, ¡cincuenta y siete! Uno va a pensarla la próxima vez que nos digan “esperame un ratito en el auto”. Después los hicieron andar, sin abrir las ventanillas, a 100 kilómetros por hora, en el auto blanco la temperatura pasó a treinta y un grados centígrados, en el negro bajó a cuarenta y tres, igual insufrible dirá uno y pedirá abrir las ventanillas. Y así, a 100 km/h, con las ventanillas bajas, en el blanco ya estamos a unos confortables y ventosos veinticinco grados, pero en el negro seguimos transpirando con treinta y cuatro grados.
O sea, parece nomás que el color tiene que ver con la cosa, un experimento simple sería ir tocando los autos estacionados y ver si los diferentes colores tienen diferentes temperaturas, eso sí, hágalo bien de queruza, no vaya a ser que lo tomen de carlitos y termine engayolado por andar midiendo temperaturas.
Otro tema a considerar es eso de la sensación térmica, que tanto les gusta mencionar a los conductores de televisión. Parece que la cosa es así, que si bien nuestra temperatura interna es de 37ºC, la de la piel sólo está en 33,5ºC, entonces, cuando la temperatura ambiente es menor de 32ºC, si hay viento, el mismo disminuye la sensación térmica, en cambio, si la temperatura ambiente supera los 32ºC, el viento la aumenta.
Entonces… ¿lo que mata no es la humedad, sino la altura, como decía el paracaidista?

Nota del autor: Información recogida de las páginas http://www.ciencianet.com y http://curiosidadespeke.blogspot.com/


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