Página de cuento 820

La Historia – Parte 19


Por Carlos Alberto Nacher
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Me encerraron en una habitación, de nuevo oscura como la sala de recuperación, pero mucho más pequeña y fría que ésta. Quedaría en aquel calabozo hasta el momento de mi juicio, del que ya todas sabemos cuál será el resultado. Mientras, trato de fijar en mi mente algunos de aquellos fragmentos que tanto nos costó descifrar en interpretar. Recuerdo a Goethe: “La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma”, “Las grandes pasiones son enfermedades incurables”. Me da un poco de respetuosa risa, ¿estaría hablando de mi? Porque, evidentemente, lo mío es una enfermedad incurable. Siento nostalgia por el amor que nunca tuve, creo que la razón, o lo que consideramos razón, no es más que una forma de locura vista desde otro contexto.
Recuerdo a Kafka: “El poseer no existe, existe solamente el ser: ese ser que aspira hasta el último aliento, hasta la asfixia.” Qué hermosa reflexión, qué síntesis tan lograda de aquellos que nos aferramos a la vida por sobre todo lo demás, a la vida propia, a la de otros. Incluso hasta la vida de nuestros enemigos.
Y cuántos miles de cosas más podríamos haber aprendido de aquellos genios antiguos, sin nos rigiera la solidaridad y la colaboración por sobre el egoísmo y el poder sin sentido.
Sin embargo, no todo fue en vano. Guardo conmigo, en secreto, esto que estoy escribiendo. Este diario, que ocultaré en alguna parte, con la ilusión de que queden sobrevivientes de nosotras, y que, años más tarde, otra mujer como yo, lo descubra. Aquí guardo mi propia alma, mi propia historia. La historia es el alma de los pueblos. Pero debe ser bien contada, con la verdad, con una interpretación genuina, sin parcialidad. Y sobre todo, transmitida con amor. Las que la enseñamos debemos ser vehículos que lleven a la historia a las mentes más jóvenes con el fin de abrirlas al mundo, al universo, y que logren la felicidad a través del conocimiento transmitido con pasión y amor.
Se abrió la puerta de mi celda, y dos mujeres guardias me obligaron a levantarme y a seguirlas. Llegamos a la sala de enjuiciamiento, me hicieron sentar frente a una mujer de aire importante, que oficiaba de jueza.
-Ave, mi nombre es Arabrab, y represento ante ti a la Madre Superlativa. Todo lo que me digas se lo estarás diciendo a Ella, y todo lo que te diga provendrá de Ella. ¿Entiendes?
-Si jueza, como tú dispongas.
-Se te acusa de alterar el orden institucional y público de nuestra comunidad de mujeres creyentes en la Madre, aduciendo falsos descubrimientos arqueológicos de los que te vales para transmitir mensajes que están en contra por completo de las enseñanzas de Ellas. Por lo tanto, pesa sobre ti una grave acusación. ¿Eres consciente de todo esto?
-Sí jueza.
-Tus escritos sobre la grandeza de los hombres del pasado ofenden profundamente a nuestra condición de mujeres sobrevivientes. Quiero decir, sobrevivientes de los desaciertos y la destrucción del mundo de ellos. Sin embargo, tú los reverencias, los tratas con respeto, les asignas valores humanos inclusive. Y, por otra parte, hablas con pasión de las religiones falsas y antiguas que, ¡maldición! Hasta le asignaban existencia a dioses masculinos. Ni si quiera puedo pronunciar esa frase. ¿Aceptas todo esto?
-Sí jueza.
-Entonces voy a pronunciar tu condena. ¿Tienes algo que decir antes que te condene?
-Sí jueza. Lo esencial es invisible a los ojos.

Continuará…


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