HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

De secuencias, girasoles y conejitos


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
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Cuando hablo por teléfono, y si tengo un lápiz a mano, siempre termino haciendo dibujitos en el primer papel que encuentro. Hay gente para todo y sé que hasta hay quienes han hecho estudios sobre estos dibujos inconscientes, sin ir más lejos Dolina sabe decir que hubo una vez una persona que, ensimismada en su conversación, había escrito la verdad del universo, pero a los pocos segundos había seguido garabateando encima, imposibilitando la posterior lectura. Me parece como un poco mucho, pero si viene de Dolina no me animaría a desmentirlo así de fácil. Pero lo que a mi sí me sale son florcitas, cuadraditos, letras y números. A veces me taro (algo no tan notable, según algunos maldicientes de mi entorno) y sólo me salen numeritos, con más o menos firuletes, pero secuencias alocadas de cifras. Ahora sería el momento ideal para decirles que una vez de esas secuencias saqué el número del Gordo de Navidad, o la progresión ganadora de una loca noche de ruleta, pero no, no es así, y no estaría acá tampoco escribiendo, sino panza arriba en la Riviera francesa, que tanto me han hablado y tan poco disfrutado.
Pero volviendo al tema de las secuencias, y tratando de hacer un poco de honor al tema central de esta columna semanal, una de las secuencias numéricas más interesantes es la de Fibonacci.
Leonardo de Pisa, mejor conocido por su apodo Fibonacci (que significa un tan poco romántico “hijo de Bonacci”) nació en, obviamente, la ciudad italiana de Pisa, y vivió de 1170 a 1250. Desde antes de su genial descubrimiento ya me caía bien el muchacho, que peleado con su apodo se había fabricado otro propio, se hacía llamar a sí mismo «Bigollo» que quiere decir «bueno para nada».
Bigollo comienza a formarse como mercader y matemático en la ciudad de Bugia, hoy Bejaia un puerto al noreste de Argelia. Se convirtió en un especialista en Aritmética y en los distintos sistemas de numeración que se usaban entonces, pero muy pronto se convenció de que el sistema hindo-arábigo era superior a cualquiera de los que se usaban en los distintos países que había visitado.
La reputación de Leonardo crecía de tal modo que para 1225 era reconocido como uno de los mejores matemáticos, pero su legado más famoso, el que lo trascendió, fue su sucesión, o sea, la sucesión de Fibonacci; que es 1, 1, 2, 3, 5, 8, y así para adelante, que para nosotros, los neófitos ignorantes, no es más que una sucesión donde cada número es la suma de los dos anteriores, ¿vio que fácil?
Parece medio una pavada, pero si a uno le dicen que esa sucesión se refleja en las escamas de una piña, o en los girasoles, que forman una red de espirales, unas van en sentido de las agujas del reloj y otras en el contrario, pero siempre las cantidades de unas y de otras son los términos consecutivos de la sucesión de Fibonacci, y hasta en los caracoles, ya empieza a mirar con otros ojos a esos numeritos.
Dejemos al bueno de Bigollo, que le tengo una historia árabe (me parece que El hombre que Calculaba me dejó mocho un pedazo de cerebro) de lo más entretenida. Tal vez alguno ya la escuchó en conversaciones trasnochadas de matemáticos borrachines, cosa que dudo, pero bueno, que no se puede ser original todo el tiempo.
Cuenta la leyenda que Sessa, inventor del ajedrez, presentó el juego a Sherán, príncipe de la India. Sherán quedó tan maravillado de lo ingenioso que era y de la variedad de posiciones que en ese juego eran posibles que decidió recompensarlo de una forma también original, el príncipe le preguntó al plebeyo qué era lo que deseaba. Sessa le pidió tiempo para meditar la respuesta.
Al día siguiente se presentó ante el príncipe y le hizo la siguiente petición: “Soberano, manda que me entreguen un grano de trigo por la primera casilla del tablero de ajedrez, dos granos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así sucesivamente hasta la casilla sesenta y cuatro”.
Parecía una tontería, el príncipe quería pagar con arcas de oro, y venía el otro pidiendo granos de trigo.
Pero había que pensar la solicitud, Sessa pedía, por tanto, que le recompensaran con el siguiente número de granos: 1 + 2 + 2 al cuadrado + 2 al cubo + 2 a la potencia cuarta + … en otras palabras… ¡más de 18 trillones!, que es la cosecha que se recogería al sembrar 65 veces toda la tierra. Por supuesto que el príncipe no pudo cumplir su promesa…
Y si uno lo piensa un poco la humanidad siguió su curso y se llenó de Sessas, pero no de Sessas geniales, sino de Sessas atorrantes. Sino me creen, ahí están todos los juegos de las pirámides, o del avioncito, que ya hace unos años no son noticia, pero bien que hicieron estragos con eso de que vos conseguís 10 tipos que pongan 1 peso, que yo me hago rico con los otros 10 de cada uno. ¡Vamos! Que está mejor lo del yanqui que puso una página en internet amenazando con cocinar a su mascota, Tobby, un conejito blanco de lo más monono, sino le pagaban no sé cuántos dólares.
No, si como dije, hay gente para todo, hasta para comerse conejos con nombre y todo.


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