HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

Las víctimas de la ciencia. P.1


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Que vivimos tiempos violentos nadie lo niega y no hay forma de refutarlo. Los descubrimientos científicos se suceden a velocidades inimaginables. Piénselo seriamente, estimado lector, que si usted ronda los cuarenta o cincuenta años en su misma infancia nunca hubiera imaginado Internet, la televisión a color, los teléfonos celulares ni los turistas espaciales. Todo era parte de cuentos de ciencia ficción, pero en menos de medio siglo nos cambiaron la realidad de una forma tal que uno entiende cuando nuestros abuelos se niegan sistemáticamente a aprender a usar una computadora.
Pero de algo estamos seguros, para que nosotros lleguemos a este estatus de modernismo debieron precedernos grandes investigadores y científicos que dieron sus esfuerzos y espíritus con el afán de llevar el futuro a nuestros días.
Algunos con mayor o menor suerte, por supuesto.
Como el caso de Karl Scheele, que vivió entre los años 1742 y 1786 y fue un brillante químico farmacéutico, quien descubrió muchos de los elementos químicos más conocidos, como el molibdeno, el tungsteno, el manganeso y el cloro. Es más, dicen que hasta inventó un proceso muy similar al de pasteurización, obviamente con otro nombre porque Pasteur aún no había nacido. El único gran problema que tenía el bueno de Scheele es que tenía la extraña costumbre de andar degustando sus descubrimientos, hecho que uno puede justificar en un cocinero, en un pastelero y hasta en un repostero, pero en un químico es una cualidad un tanto estrafalaria. Así fue que gracias a la buena fortuna logró sobrevivir a su descubrimiento del cianuro de hidrógeno, pero su suerte se acabó a los cuarenta y cuatro años cuando murió de síntomas muy parecidos a la intoxicación por mercurio.
Otra víctima del progreso fue Jean-Francois De Rozier, que se transformó en 1785 en el primer mártir de la industria aérea. Dos años antes Jean-Francois había presenciado el primer vuelo de globo de los hermanos Montgolfier y quedó fascinado con la posibilidad de trasladarse por los aires. Así fue que el 19 de septiembre de ese mismo año ayudó en la realización del primer vuelo tripulado por una cabra, un pato y un gallo en un globo sin sujeción en el jardín frontal del Palacio de Versalles. Luego de recuperar a dicha tripulación tan variopinta decidió encomendarse a los vientos galos en el primer vuelo libre tripulado de la historia; el 21 de noviembre de 1783, acompañado por el Marqués d’Arlandes flotó durante 25 minutos, empleando un globo aerostático de Montgolfier, viajando 13 kilómetros desde el Château de la Muette hasta Butte-aux-Cailles, y desde allí sobre las afueras de París, alcanzando una altura de casi mil metros.
Pero el gustito por el vuelo en globo es un vicio difícil de evitar, así que su siguiente plan fue cruzar el Canal de La Mancha. El 15 de junio de 1785 De Rozier y su acompañante, Pierre Romain, despegaron desde Francia y tras un inicio prometedor, un cambio en la dirección del viento les devolvió a tierra, a unos 5 kilómetros del punto de partida. El globo se desinfló súbitamente y se estrelló junto a Wimereux, en el Paso de Calais. Ninguno de los dos tripulantes vivieron para contarlo.
Por último hoy vamos a recordar a Alexander Bogdanov, un físico ruso, además de filósofo, economista, escritor de ciencia ficción y revolucionario –en sus tiempos libres dicen que era muy bueno jugando al scrabble-. En esa tan diversa variedad de actividades y aficiones, muy probablemente debido a ellas, Bogdanov, promediando el año 1924 comenzó a experimentar con transfusiones de sangre. Las malas lenguas hablan de cierto espíritu ocultista del investigador ruso y de su deseo inconfeso de lograr el descubrimiento de la eterna juventud a través de la utilización de sangre ajena. El caso es que después de once transfusiones sobre sí mismo, declaró que gracias a sus experiencias había conseguido suspender la caída de su cabello y mejorar considerablemente su vista.
Pero Bogdanov no se detuvo frente a estos sanguíneos logros, sino que aumentó su trabajo sobre la materia y sus propias venas, hasta que en 1928 se inoculó involuntariamente sangre infectada con malaria y tuberculosis. De más está decir que murió poco después.
Está visto que los avances de la ciencia tienen un camino plagado de mártires y sacrificados visionarios, el único problema es la falta de voluntarios para conejito de indias.

Nota del autor: Información recogida de la página http://es.wikipedia.org


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