Página de cuento 768

Dos ferroviarios en apuros – Parte 11


Por Carlos Alberto Nacher
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La espalda de Fatimota era perfecta, como esculpida en mármol de Carrasca, de una coloración rosáceo-caramelo, con cada músculo en perfecto estado, cada vértebra, cada costilla, cada cardozo, y esa columna vertebral curvada que enamoraba. Luego de escribirle la fórmula del H23Z4K+1 completa (¡como para olvidarla ahora!) la tapé con un poncho de vicuña criada con leche de huemul, que da unos pelos muy cálidos y suaves, y la besé en la boca. Es cierto, era mi jefa, pero el amor es mucho más fuerte que el horario. Tomé un poco de agua de la cantimplora y le di al carassius, que desfallecía. Pensé en ponerle un nombre al pescado, mientras tomaba de la mano a Fatimota, que llevaba en su espalda mi tesoro más preciado. Mientras salíamos de la cuadra de edificios y llegábamos a la bocacalle, un terrible trueno, una explosión venida del séptimo infierno, nos aplastó contra las paredes de una tienda de abalorios, que tenía en su vidriera una interesante oferta de llaves tubos a 145 maidanas la caja. Pero los volcanes no nos daban tregua, el Maidina y el Wendy Karya manifestaban su ira mientras intentábamos abandonar a la Aikoma Ibru sur, para ganar, para apropiarnos del parque Fafofu y allí guarecernos de la lluvia cítrica bajo las ramas de algún paraíso sombrilla o un olmo bolas. Pero la lluvia de cenizas nos obligaba a quedarnos allí, contra la vidriera de aquella tienda, momento que fue aprovechado largamente, ya que la abracé de los hombros y de la cintura, y ella me miraba con ojos tiernos, se derretía como un helado de limón y me decía: “Tengo miedo Anthony. ¿Vamos a morir?” “No lo sé, pero estas pocas cenizas no van destruir así nomás esto que estamos construyendo a pesar de la rabia volcánica.” Hubo un chillido metálico y se abrió la puerta del negocio. Entre los truenos se escuchó nítido al llamador de ángeles hecho con tubitos metálicos.
Salió un hombre, quizá el dependiente del negocio. Tenía un aspecto poco común, irrisorio, catalino, melancólico, cavernoso. Le faltaban los dos ojos, las dos orejas y la nariz. Tenía la boca en la nuca, sin embargo, su rostro denotaba un pasado trágico, una gran tristeza. Respiraba a través de unos orificios practicados con gubia siete octavos en el costado izquierdo.
“Entren” dijo, lacónico, “este clima puede empeorar. Todo puede empeorar. Siempre. ¿Gustan un café, o un té de gobelinos frescos? ¡Pero perdón! Cómo puedo ser tan descortés. Me presento, mi nombre es Vladislaov Tatu Justin y soy el propietario de esta tienda, La Favorita, especializada en venta de cualquier tipo de porquería que encuentre y que no me sirva. Si desea, señorita, puede quitarse el abrigo.” “¡Eso no!” grité sin pensar.
“¡Bueno, no se ponga así, que nadie le va a mirar a la novia, faltaba más! Ahora digo ¿usted se piensa que mi interés en hacerlos pasar es mirar a su novia, en lugar de brindarles una mano amiga que los saque de la lluvia de meteoritos que se avecina?”
“Mire señor, en primer lugar le voy a pedir si puede darse vuelta para hablarme. No lo escucho muy bien porque usted al tener la boca en la espalda, quizá de manera intencionada, habla para atrás para que no se le entienda, como hacen muchos para hablar y no decir nada. En segundo lugar, la señorita aún no es mi novia, pero seguramente, si todo anda bien, lo será en el futuro. Además, no sé cómo va a hacer para mirarla si tiene la desgracia de faltarle los ojos, aunque se compensa con la falta de orejas, al no tener necesidad de lentes, tampoco tiene porqué tener las orejas para sostenerlos. Un café, gracias”
“Mi falta de ojos no me impide percibir la belleza femenina. No me preocupa para nada no ver, lo que más me inquieta es que, gracias al estrés, me he quedado pelado y eso me preocupa mucho. El permanecer pelado es algo, no sé, feo.”
“Sin embargo, últimamente se puso muy de moda, mucha gente se pela porque sí. No obstante, para intentar una cura, le podría recomendar al doctor Seydou Rahmane, un terapeuta floral integrativo de los buenos, especialista en pelados sin orejas. Aquí tiene su tarjeta.”
“Muchas gracias, se lo agradezco mucho, señor… señor…” “Doctor Anthony Kachavara, para servirle.” “Muchas gracias, Doctor Kachavarcha” “Kachavara por favor, si es tan amable.”
Continuará…


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