Duérmete, duérmete mi niño

Por Javier Arias
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El otro día hablaba de los libros malditos, aquellos que han logrado hasta que haya gente que se empeñe en incluirlos en listas de aquellos que jamás recomendarían, una especie de top ten pero de abajo para arriba. O sea, si el primero fuera, póngale, querido lector, Historias de Cronopios y de Famas, por decir alguno –alguno de Cortázar, perdóneme esta licencia- el último sería, qué se yo, Mi marido me espera de Corín Tellado –estoy seguro que me acabo de ganar más de una enemiga, pero qué se le va hacer, uno se pone a escribir y sale siempre lo peor-.
Pero hay un libro que no termino de encasillar entre mis listas de amor u odio. Se trata de Duérmete mi niño, ese manual para padres primerizos –por no decir padres medio bobis como uno- que nos enseña qué hacer cuando nuestro párvulo decide que sus horas de sueño coinciden exactamente con nuestras horas laborales, y por ende, su tiempo de juerga loca corresponderá, por lógica cartesiana, con nuestros periodos de descanso. Lo que me llama a esta indecisión, entre alabarlo y colocarlo en la biblioteca de aquellos imprescindibles o defenestrarlo y arrojarlo a la hoguera de los impresentables, es que si bien creí en algún momento que era la palabra revelada, directamente dictada por los dioses del sueño, hoy recuerdo esos tiempos y lloro de melancólico insomnio. El caso es que hubo un tiempo que fue hermoso y que fui sonámbulo de verdad, cuando mi niño había adquirido un excelente ritmo onírico, logrando que dejarlo en su cuna y entrar en estado beta era una sola cosa. Pero hoy en día esas buenas noches son sólo un recuerdo, y la única forma de dormir a este aprendiz de revolucionario es antes hacerlo correr dos horas en la pista de atletismo de la otra cuadra, pero con pesas de dos quilos en cada tobillo.
Llega la fatídica hora y nos miramos augurando una larga batalla de gritos entrecruzados, en la cual termino venciendo sólo porque hasta ahora he logrado mayor paciencia en el intento. El día que aprenda a leer y llegue a sus manos “El arte de la guerra” de Sun Tzu me recluyo en un monasterio budista antes de intentar dormirlo. (Anotar, “El arte de la guerra” sin dudas debe incluirse en mi propia lista de libros prohibidos).
La otra noche estábamos en plena contienda morfeística cuando, en un imprevisto movimiento, tratando de zafar de cierta llave grecorromana que le estaba aplicando, a ver si por fin podía mantener inmóviles sus dos brazos, sus dos piernas y su cola… No, no, cola no tiene, es verdad, pero a esa hora siento que estoy abrazando a un súcubo antes que mi hermoso retoño. Como le decía, atento lector, en plena reyerta, el muy pendenciero levantó de golpe su cabeza y me dio de lleno en lo que los relatores de box mencionan como el arco superciliar izquierdo, o sea, en cristiano, me rompió una ceja. Pobrecito, es bueno mencionar que a él también le dolió.
Después de recuperar el conocimiento me di cuenta que los dos dijimos, casi al unísono un estridente “¡ay!”.
Y acá me aquejó la duda, ¿por qué decimos “¡ay!” cuando nos duele algo? Porque el “¡uh!” lo relegamos a cuando nos olvidamos algo y exclamamos: “¡uh! ¡Me dejé las llaves de la oficina en casa!”. A veces podemos emitir un “¡ah!”, pero hasta a nosotros mismos nos sonamos medio pavo. “¡Auch!” suena definitivamente demasiado caricaturesco y hasta pienso un poco mal de aquellos que lo usan. Tenemos después un montón de onomatopeyas camperas como “¡amalaya!” o “¡ahijuna!”, pero, además de transformarnos de golpe en un personaje de Dante Quinterno, creo que ni siquiera aplican en momentos de dolor. Así que nos quedamos con el sempiterno “¡ay!”, dúctil, confiable y siempre reconocible. ¡Si hasta lo dijo mi querubín cuando con su cabecita me transportó al peor de los escenarios pugilísticos! Y le puedo asegurar, atento lector, que nadie anduvo enseñándole que cuando le doliera algo tenía que andar diciendo “¡ay!” y no “¡uy!”, ni le estuvimos dando clases de onomatopeyas avanzadas. No, él solito se dio cuenta que cuando duele, “¡ay!” es lo mejor.
¿Será algo genéticamente escrito? ¿Vendrá en nuestros genes decir “¡ay!” y no “¡larecontrapuchamadre!”? Los chinos, aquellos que a Alejandro Rozitchner parece que le gustan un poco, ¿dirán “¡ay!” también, o tendrán un sonido alternativo, pero tan iterativo como este? ¿Y los rusos, dirán “¡ay!” en cirílico? ¿Y los africanos, desde chiquitos tendrán alguna palabra para expresar el dolor, una palabra que se aprende antes mismo que el “mamá” o el “papá” en swahili?
No sé, son estas preguntas que me terminan por desvelar y me obligan a quedarme despierto hasta altas horas de la madrugada mirando series viejas en la televisión.
¿Que si el niño finalmente se durmió?
¿Me cree si le digo que le encanta Friends?