Asulunala del color del cielo…

Por Javier Arias
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Los aniversarios de mayo no se agotan el 25, hoy es el día del Ejército. Y si bien no soy muy ducho sobre eventos bélicos, podemos honrar a nuestra institución desde un perfil más ameno y accesible, como ser el musical de las marchas militares.
Como casi todos los chicos argentinos, durante toda mi primaria canté convencido “asulunala del color del cielo, asulunala del color del mar”, preguntándome qué cornos podía llegar a ser una asulunala, pero sin consultarlo en voz alta, porque en ese colegio de curas era mejor a veces callar que andar preguntando boludeces. Es que durante años las marchas militares sólo se manifestaron –y creo que lo siguen siendo- como pasos obligados en las rutinas escolares, perdiendo su verdadero valor artístico e histórico, porque tener, lo tienen.
Y así se transformaban los rayos que asomaban de Febo en unos menos luminosos punto y coma, los zapatos de mi abuela son de goma y los míos son de acero para darle más trabajo al zapatero. O el “gloria y loor” de Sarmiento en un más terrenal y entendible “gloria y olor” que nos dejaba más tranquilos con el diccionario del recreo.
Pero justamente con la Marcha de San Lorenzo hay algunos detalles que son interesantes de recuperar. Arrancando con que, a pesar y para lamento de varias familias patricias, hoy tan melancólicas del primer centenario, fue compuesta por un uruguayo y encima negro. Cayetano Alberto Silva se llamaba, que al final nunca vio un peso por su creación y terminó muriendo más pobre que el Chavo del 8, y a pesar de haber sido músico policial lo enterraron fuera del panteón oficial y sin lápida. Pero a veces el revisionismo sirve para algo más que generar polémicas, logrando en 1997 que sus restos fueran trasladados al Cementerio Municipal de Venado Tuerto y su casa, donde durante mucho tiempo funcionó una vinería, hoy es un museo.
Pero luego de recordar esta historia tan, pero tan divertida, podemos decir también que la bendita Marcha de San Lorenzo no fue compuesta, como se puede creer, en honor a San Martín; sino que el recuperado Cayetano la había escrito para dedicársela al Coronel Pablo Ricchieri, en ese momento Ministro de Guerra de la Nación. Ricchieri, hombre ubicado si los hay, le agradeció pero le pidió que le cambiara el nombre por “Combate de San Lorenzo”, a la sazón, lugar donde él había nacido y escenario de la única batalla que el gran General había llevado a cabo en territorio argentino. Pero no le echemos toda la culpa al pobre Silva, porque él sólo había escrito la música –una de las más bellas, por cierto, de todas nuestras marchas- fue recién en 1907 cuando Carlos Javier Benielli le agregaría la letra que tantos párvulos reinventan cada día.
Por sus armonías y fuerza, la marcha se hizo famosa, hasta se la considera como una de las cinco mejores partituras militares de todo el mundo. De esta forma la obra de Silva trascendió rápidamente nuestras fronteras. Fue ejecutada durante la coronación del Rey Jorge V en 1911 y en la de la reina Isabel II en el 53. Y si tenemos la suerte de viajar a Inglaterra, que no nos sorprenda escucharla en los cambios de guardia del palacio de Buckingham –es justo aclarar que dejaron de hacerlo durante la guerra de Malvinas-.
Bandas militares de Uruguay, Brasil y hasta Polonia la tienen entre su repertorio y hasta sonó en la película de Tom Hanks, Rescatando al Soldado Ryan.
También esta marcha tiene el dudoso honor de haber sido interpretada por los alemanes cuando invadieron París, haciendo sonar sus compases al tiempo que pasaban por debajo del Arco de Triunfo. Pero, en una especie de extraño desagravio musical, el general Einsenhower, cuando recuperó la capital gala, también la hizo ejecutar cuando el ejército aliado entró para liberar a la ciudad luz.
La historia de nuestra Marcha a la Bandera es un tanto menos escabrosa. La leyenda cuenta que la mentada Aurora fue la hija de un jefe realista de Córdoba, que enamorada de Mariano, un novicio jesuita y patriota que conspiraba contra los españoles, vivió su amor prohibido entre los fuegos de las luchas por la independencia. Como es de prever, todo terminó mal, muy mal.
Ésta es la historia que narra la ópera Aurora, unas de las primeras óperas realmente nacionales, guionada a pedido por el creador de obras como Tosca, La Boheme y Madame Butterfly, Luigi Illica.
Aurora se estrenó en el mismo año que se inauguró el Colón, en 1908, con partitura del músico italoargentino Héctor Panizza y la colaboración de Héctor Cipriano Quesada.
Esa noche, el público quedó tan emocionado con “La canción a la bandera” que obligó al tenor Amadeo Bassi a repetir el aria. Y así “Aurora” se convirtió en la más popular de las óperas argentinas.
El problema era que, aunque era una ópera nacional, igual estaba en italiano, hecho que atentaba contra su verdadera masificación. Así que Josué Quesada se encargó de la traducción de la obra de su propio padre, estrenando esta nueva versión castellanizada el 9 de julio de 1945. Y fue tanta su aceptación que ese mismo año fue incluida por decreto al conjunto de canciones patrias.
Así que ya sabe, atento e historiador lector, cuando escuche nuevamente “asulunala” levante la copa para brindar no sólo por la bandera, sino también por aquella muchachita, que no se habrá llamado Camila, pero que por amor, contrarió a toda una época.
Nota del autor: Datos extraídos de las páginas web http://edubloggerargento.ning.com/ y http://www.tiemporadiofm.com/