Me parece haber visto un lindo gatito

Por Javier Arias
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Tengo un amigo, mi fiel lector, que es un verdadero desastre, un catrasca de antología. De hecho tiene como sobrenombre “Máquina”, una verdadera máquina de hacer cagadas. Lamentablemente por estos días lo tengo bien lejos, lo que no sólo me obliga a carecer de su amistad y cariño, sino de su inagotable colección de macanas.
Por ejemplo, cuenta la leyenda que siempre es el último en tocar el timbre que deja de funcionar, por lo menos en mi caso –y casa- así fue; ha roto teléfonos propios, sillas ajenas y hasta inodoros de comisarías. Imagino que a esta altura la lista debe haber crecido paralela a sus años, espero ponerme al día la próxima vez que la vida nos vuelva a reunir.
Pero hay una anécdota que hace honor a esa magnífica carrera de desatinos y despropósitos y que me viene de perillas esta tarde.
Por esos días mi buen amigo tenía varios oficios, uno peor pago que otro; oficios que no prosperaron pero que ocupaban su tiempo. Uno de esos oficios era el de pintor semi profesional. Digo semi profesional porque apenas pudo cobrar uno que otro trabajo, y desde ya, ninguno más luego de esta historia.
El dueño de casa lo había dejado con las llaves, los pinceles, las latas de pintura y una sola indicación, que tuviera cuidado con su gato, el cual tenía ciertas ínfulas de canario, ínfulas que no iban nada bien con los cuatro pisos de altura del departamento. Así que aquellas indicaciones que siempre dejamos a nuestros pintores, contempladas entre otras por el cuidado con los goterones de pintura en la alfombra y los rayones en los muebles, se sumaron a la obvia aclaración felina de no dejar las ventanas abiertas, no fuera a ser que de querubín de la casa pasara a ser gato estrellado. Demás está decir que Máquina ya estaba armando colores y telas mientras eso le decían y la información se perdió entre pinceles y esmaltes.
Todo el día estuvo dándole a las pinceletas y cuando ya no daba más, decidió bajar a comprar una gaseosa que le devolviera las fuerzas. Pero antes de salir, y sintiendo los fuertes efluvios de la pintura nueva, no tuvo mejor idea que abrir de par en par las ventanas para airear el ambiente. Buena idea, ¿no?
La cosa es que al rato volvió, dio cuenta de la bebida y siguió dedicadamente con sus tareas. Pasaron varias horas más. Sobre la noche, a la vuelta del dueño de casa, le mostró feliz la obra terminada. Que el living estaba impecable, que el dormitorio estaba hecho una pinturita, que el piso estaba impoluto y que… ¿Qué? ¿De qué gato me hablás?
Ese fue el final abrupto –nunca mejor dicho- de una promisoria carrera de pintor para mi amigo. Por suerte, el sector industrial perdió una fuente inagotable de gansadas y el tango mundial ganó uno de sus mejores exponentes, creo que ganamos con el cambio.
Aunque no dirá lo mismo ni el dueño del gato, ni el propio gato, por cierto. Es que una caída de cuatro pisos, querido lector, no es nada bueno en la dieta de ningún mamífero, aunque, más allá que sea difícil de aceptar, parece ser que es mucho peor un piso que cuatro para estas mascotas domésticas, cuando de precipitaciones al vacío se trata.
Porque si bien es muy conocido por los veterinarios, para los legos como uno es sorprendente que la caída de los gatos suele tener peores consecuencias si se produce desde un primer piso que si es desde un segundo o un tercero. La explicación es que cuando el gato, que ha salido expelido por la ventana por equis razón se da cuenta de la aceleración de la caída, adopta rápidamente una postura particular, encogido pero con las patas estiradas, lo que le permite, al llegar al suelo, amortiguar el efecto del impacto. Pero, siempre hay un pero atento lector, si la caída se produce desde un primer piso, al gato no le alcanzan esos pocos segundos para adoptar la mencionada postura, y a la miércoles con el estudio del comportamiento animal.
En este punto entonces uno puede pensar que si de un primer piso es malo, pero de un segundo no tanto, en algún momento esa pequeña ventaja se va a ir a los caños, porque por más que tenga media hora para prepararse, si dejamos caer un gato desde la punta de la torre Eiffel no va a existir postura que valga, y mucho menos que lo salve. Y que cuanto mayor sea la altura, lógicamente, mayor serán las consecuencias del choque. Y tampoco es así, desconcertado lector, porque si bien los daños producidos por la caída aumentan con la altura, se alcanza un punto en el cual se produce una disminución de esos daños y que superado el mismo, ya no vuelven a aumentar al seguir creciendo los metros.
La razón es simple y también involucra la psiquis gatuna. Como habíamos dicho, el gato adopta una postura defensiva sólo y únicamente cuando percibe la aceleración de la caída, pero en cuanto la misma alcanza la velocidad límite la física nos dice que desaparece esa mentada aceleración transformándose en una caída de velocidad constante. ¿Y qué pasa entonces sin aceleración? El gato se relaja, algo así como si dijera “ok, si no hay aceleración me voy a hacer tan moco con o sin postura”. Así el felino se afloja y por lo tanto ofrece mayor superficie de contacto con el aire. Este aumento de superficie trae consigo una mayor resistencia, frenando así la caída y consiguiendo una nueva velocidad límite más pequeña. O sea, cae más lento.
De todas formas, avieso lector, le pido encarecidamente que no vaya a experimentar estas teorías con el micifuz de la casa, que ya bastante tengo con mi ganada fama de repelente de gatos como para llevar sobre mis espaldas la conciencia de otros experimentos fallidos. Que si estos bichos tienen siete vidas no hace falta andar restándole numerales a esa cifra tan cabalística.

Nota del autor: Datos extraídos de la página web http://ciencianet.com/gatos.html

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