HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

Dudas existenciales


Por Javier Arias
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Lo que resta del asado se enfría sobre las brasas que se van oscureciendo lentamente. La noche estrellada invitó a quedarse en el jardín, haciendo una larga sobremesa. La concurrencia se ha dividido en pequeños grupos naturales y las conversaciones van decantando hacia el griterío salvaje de tribu africana en un rincón, a las carcajadas en otro, a una pelea política cerca de la ventana y, los amantes del cine, que mirando torvamente a los gritones, con envidia a los de las carcajadas y con aprehensión a los políticos, polemizan sobre la cancelación temprana del programa de Tinelli.
La cosa es que cada uno rumbeó para su lado y si alguien no genera algún aglutinante en forma urgente, la fiesta se acaba, se acaba yéndose cada uno para su lado o en medio de una trifulca porque los que discuten de política en los asados no siempre guardan la compostura protocolar, mucho menos a horas de las elecciones. Además, ya es tarde para proponer un truquito de seis.
Y si hace falta que alguien aglutine, ¿quién mejor que usted, que sábado a sábado busca esta columna para agenciarse de historias curiosas y así poder transformarse en el rey de las fiestas?
Pegue un llamado de atención a la concurrencia, y cuando haya logrado que al menos el ochenta por ciento lo esté mirando y el restante veinte lo esté ignorando voluntariamente, tome aire y pregunte haciéndose el interesante: “¿Alguien sabe por qué las ovejas no encogen cuando llueve y los pulóveres de lana sí?”
Pueden ocurrir dos cosas, y ahora que lo pienso ninguna es buena, o lo mirarán con cara de “oh, ha crecido espontáneamente un enano de jardín en medio de la fiesta” y luego sigan con sus sosas, pero coherentes, conversaciones, o lo que, creo es peor, alguien le contestará “eso, ¿por qué?”.
No me mire a mí, yo solo le doy el interrogante para que a usted se le despierte la curiosidad científica e investigue, no siempre le voy a dar todo masticado, vea.
Pero si llegó a ese punto y no tiene la menor idea de la respuesta a una pregunta tan directa, recurra al viejo precepto que la mejor defensa es el ataque, no ceje y contraataque con otra pregunta, y después con otra, y otra más. Que si bien no estoy del todo seguro de sus resultados me encantaría estarlo y usted podría probar la teoría y después me cuenta cómo salió todo.
Acá van otras dudas existenciales que pueden serle útiles.
Por ejemplo, ¿por qué no podemos pintarnos las pestañas con la boca cerrada?
¿O, por qué cuando llueve levantamos los hombros? Vio que cuando tenemos que cruzar la calle y llueve, tomamos impulso, levantamos los hombros, metemos la cabeza y empezamos a correr. ¿Acaso nos mojamos menos? ¿Será una regresión y realmente descendemos de las tortugas? ¿Nos da cosita mojarnos el cuello? (Y ya puede bajar los hombros, que queda medio ridículo leyendo el diario así)
¿Por qué el jugo de limón está hecho con sabor artificial y los detergentes para los platos con limones naturales? O, ¿por qué no hay comida para gatos con sabor a ratón? No me digan que no tendría éxito comercial, mientras que no pongan a un hamster en el paquete…
Y cuando sale al mercado una nueva marca de comida para perro, que dice la publicidad que tiene mejor sabor, ¿quién la prueba?
Otra cuestión que me quita el sueño es ¿por qué apretamos más fuerte los botones del control remoto cuando tiene pocas pilas? ¡No me mienta! Sé que lo hace, el control empieza a perder potencia y le empezamos a dar con saña a los botoncitos; los que se dedican a reparar controles remotos viven de que se agoten las pilas. ¿Qué nos lleva a pensar que con mayor presión la cosa va a mejorar? ¿Creeremos que las pilas se van a amedrentar con nuestra potencia salvaje? Tantos años diciéndonos que más vale maña que fuerza y nosotros seguimos siendo cromañones con teléfonos celulares.
Otra, estamos en la ruta y de repente entramos en un banco de niebla, ¿qué es lo primero que hacemos? Exactamente, ¿por qué cuando en el coche no vemos algo, apagamos la radio?
A ver… Antes que lo denuncien a Defensa Civil por amenaza pública acá va, aunque sea, una moderada respuesta.
Según dicen, apagamos la radio porque nuestro cerebro es como una computadora que no da más de sí. Si necesita mucha concentración para hacer el análisis de una señal visual, reduce otro tipo de señales (en este caso las auditivas) que se procesan automáticamente, libera potencia de proceso para procesar mejor la imagen. Así que eso de multitarea no se lo cree nadie. Por eso la ciudad cansa, hay muchas señales de luz y sonido complejas que el cerebro intenta procesar automáticamente. En cambio, mirar el cielo o el mar, pocas señales complejas a procesar automáticamente, relaja.
Y hablando de relajar, cuando ya nos echaron de la fiesta por incongruente y plomazo, y estamos a punto de dormirnos, arropados bajo las sábanas, comenzamos a contar ovejitas, pero, de repente abrimos los ojos sobresaltados y pensamos: ¿qué cuentan las ovejas para poder dormir?
Y los androides, ¿sueñan con ovejas eléctricas?


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