Página de cuento 834

The Wild: La leyenda del Rock – Parte 8


Mayo de 1967: Estadía en Buenos Aires
Sabido es que los que los escucharon tocar los recuerdan en la entrada del subte, o en la plaza, desgranando unas melodías nuevas y afinadas, unos ritmos ágiles con sus instrumentos precarios, se sorprendieron gratamente, estos muchachos eran un verdadero hallazgo, muy talentosos, y además tocaban canciones propias que eran de vanguardia para la época. Se cree que varios de los grandes rockeros de entonces, los padres del rock en Argentina, tomaron prestadas varias ideas de las canciones de LOS SALVAJES. A Francisco no le importaba, al momento que escuchaba alguna secuencia de acordes o unas estrofas parecidas a las de su producción, él ya estaba dos pasos adelante, componiendo otra cosa mucho más vanguardista y de una belleza sonora incomparable.
Por otra parte, años después nos enteramos que había un gran interés del Sello Mandioca, dedicado exclusivamente a grabar a bandas de rock nacional, de grabar a LOS SALVAJES. Pero Francisco, luego de pensarlo un poco, no accedió, dijo que si grababan en Argentina quedarían encasillados para siempre en la Argentina, e iba a ser muy difícil dar el salto internacional.
Francisco, en ese momento, estaba acercándose a ser la esencia misma del rock. Él lo sabía, y no se iba a detener por nada ni nadie.
En aquel noviembre del 68, finalmente se decidieron. Juntaron sus pocas cosas y se tomaron el ferry a Montevideo, Uruguay, y desde allí un avión que los dejaría en la mismísima Cuba de Fidel Castro.
Luego de un vuelo extenso en avión, arribaron al Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana.
Su estadía en aquella ciudad fue muy breve, apenas un par de meses pero lo suficiente para que Francisco entablara una relación con Adela Burgos, una hermosa morena que vivía en la hermosa y pintoresca Habana Vieja, en la mismísima Calle Obispo, uno de los centros culturales más importantes de la ciudad. Adela tenía dos hermanos, Ernesto y José Antonio Burgos, que, en el más hermético secreto, estaban alistando una balsa para escapar de Cuba y llegar a Miami atravesando unos peligrosos kilómetros de Mar Caribe.
Esta era la oportunidad de Francisco y su banda. Les pidió de mil maneras a los hermanos de Adela que los agregaran a la travesía. Fue tanta la súplica que por fin aceptaron, la balsa todavía tenía espacio para cuatro más y el dinero siempre era necesario.
Esta vez, Francisco se despidió de Adela y, en esa noche de luna llena y luminosa, se internaron en el horizonte del mar con una balsa improvisada y junto a unos 25 cubanos desesperados.
Poco sabemos del viaje marítimo, al parecer la balsa llegó sin problemas a una playa solitaria de La Florida. Los muchachos pisaron la arena húmeda de Cayo Largo, miraron alrededor, todo el panorama eran arbustos que rodeaban a la playa, que se mezclaba con el mar. Allí se separaron del resto de los cubanos, se fueron por su propia cuenta. La zona era solitaria, caminaron unos kilómetros por la Ruta 1 hasta llegar, un poco maltrechos, a los suburbios de Florida City.
Llegaron por fin, con unas valijas llenas de ropa húmeda, con olor a mar, unos pocos dólares que habían podido juntar antes de salir de Buenos Aires, un par de guitarras, el bajo de Rafael, y por supuesto, dos kilos de yerba mate, un termo, una bombilla y un mate hecho con una calabaza seca (Francisco, sobre todo, era fanático del mate, una costumbre argentina que nunca había podido dejar). En Florida Rafael tenía un contacto, conocido de su padre, un falsificador de nombre Richard Tuffy que les podía conseguir una identidad falsa como ciudadanos estadounidenses
Continuará…


NEWSLETTER

Mantenete actualizado


COMENTARIOS