HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

Dime como comes y te diré cuánto gastas en detergente


Por Javier Arias
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El aprendizaje es una etapa de nuestra vida, que según dicen, no acaba nunca. Uno va pasando por los diferentes ciclos de la vida generando nuevos conocimientos, pero a la vez que estos se incrustan en nuestra sesera van a la vez formando nuevas incógnitas en una especie de círculo vicioso que más parece la obra de un perverso plan de crecimiento que de la evolución natural de nuestro intelecto. O sea, uno siempre aprende para descubrir que necesita estudiar más, me cache en Sócrates y su “sólo sé que no sé nada”.
Pero es así nomás, uno va superando fases como si de una carrera de obstáculos se tratara. Fases que se ven más claras cuando uno arranca ese extenso recorrido, más precisamente cuando es un inocente niñito, más precisamente cuando veo a mi párvulo unir neuronas para descubrir procedimientos, y mucho más precisamente cuando tengo que arreglar las mil cagadas que se manda en ese proceso.
Los que han pasado por este maravilloso trabajo que es ser padres lo saben tan bien como yo, fiel lector, y hay algunas evoluciones más satisfactorias que otras. Así la pasaremos de maravillas descubriendo con ellos los colores, los números y las letras, pero nos arrepentiremos a la hora de haberles dado temperas y acuarelas, especialmente cuando decoran el viejo arcón que heredamos de los abuelos. O festejaremos con ahínco los avances de sus hábitos de alimentación, como cuando aprenden a usar la cuchara solitos, pero no celebraremos tanto cuando descubren el poder de catapulta de estos utensilios con el puré de acelga y su bélico poder de elevación hasta el cielo raso, hasta ese momento blanco y níveo, ahora jaspeado de tonalidades verdeamarillas.
Son esos momentos que pensamos que el avance de la civilización no siempre ha sido en pos de la salud mental de nosotros, los padres abnegados, y petisos. Por algo en la antigüedad la gente comía con las manos, ¿no?
En el mismo Imperio Romano se comía con los dedos. Hasta el mismísimo poeta Ovidio recomendaba a las mozuelas que usaran sólo las puntas de los dedos para llevarse los alimentos a la boca, así evitaban mancharse la ropa y la cara, que ya en esos tiempos no era muy bien visto.
Y aunque los buenos modales siempre estuvieron en boca de las madres y tutores, fue recién por el año 1490 cuando aparece el “Codex Romanoff”, según algunos escrito por Leonardo da Vinci, donde figuran algunos hábitos poco deseables a la hora de tomar el té; como escupir frente al frutero o roer la fruta y volver a dejarla, poner la cabeza sobre el plato para comer, tomar sin preguntar la comida de otros comensales, utilizar el cuchillo para hacer dibujos sobre la mesa o meterse el dedo en la nariz o en la oreja mientras se está hablando. Convengamos que este último tiene plena vigencia, un visionario, como siempre, este Leonardo.
Hacia fines del siglo XIV, la “Menanger de Paris” agrega algunas prohibiciones más, como mantener la boca cerrada mientras se mastica, no hablar con la boca llena, limpiarse la boca antes de beber de la copa, no agarrar la ración más grande de la fuente o usar prolijamente la servilleta. Una delicadeza de aquellas, querido lector.

Por 1515, Francisco I de Francia obliga a sus invitados a lavarse las manos antes de comer, pero, de todas formas, su nuera, Catalina de Médicis, no logró imponer el uso del tenedor.
Es que el tema de los cubiertos es un tema que tiene su historia también.
El más antiguo es claramente el cuchillo, pero el propio, porque uno siempre andaba con él a cuestas y nadie pensaba en andar convidando armas con filo a la gente que invitaba a cenar. Para porfiados, los tipos estos del Medioevo.
Los primeros en usar socialmente la cuchara fueron los romanos, aunque era más una espátula que otra cosa. Después lo hicieron los suizos, posteriormente los españoles y a éstos le siguieron todos los demás.
Como les decía, lo que Catalina no pudo, finalmente lo logró Teodora, una princesa bizantina, que mandó a fabricar los abuelos de los actuales tenedores, una especie de pincho de un solo diente. Lo que pasa es que, por aquellos tiempos, tan dados a quema de brujas y esas menudencias, todo lo que se pareciera a un tridente no era del todo bienvenido. Pero cuando se dieron cuenta que con un solo diente las papas se resbalaban al piso, finalmente ganó la cordura sobre las imágenes paganas y así, promediando el siglo XVIII el uso del tan maldecido tenedor se extendió por toda Europa, empezando por dos, siguiendo por tres y llegando a tener hasta cuatro útiles y afilados dientes.
Pero los modales no se completaban con el uso de los cubiertos, también estaban presentes a la hora de utilizar los condimentos. Por ejemplo, siempre se ponía una copa cada dos invitados, los que debían compartirla por ser familiares, hecho que viene a confirmar la regla antedicha de limpiarse la boca antes de beber, confirmar o por lo menos darle una poderosa razón de ser.
Normas de conducta que ya habrá tiempo de inculcarle a este pequeño párvulo, discípulo de esos buenos señores que nos precedieron en el tiempo, y que seguramente han dejado en nuestros genes esta maldita herencia de andar revoleando las arvejas por todos lados.

Nota del autor: Datos extraídos de las páginas web http://www.cienciapopular.com


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