HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

Dicen que dicen


El otro día me presentaron a una persona que de tan insulsa me llamó poderosamente la atención. Era un tipo común, eso sí más porteño que el Obelisco; además de su andar medio agachado, casi giboso, pelo gris grasiento y tonada canyengue, se la pasaba metiendo latiguillos de lugares comunes, desde “el tiempo está loco” hasta “lo que mata es la humedá”, pasando por el infaltable “eso que decís me hace acordar a”. Un caso de estudio el buen señor.
Bueno, la cosa es que se fue y yo me quedé pensando en la sarta de pavadas que a veces decimos sin pensar y no tenemos idea de dónde provienen. Estoy seguro que alguna vez ya hablé de los refranes, pero el público se renueva, yo sigo escribiendo esta columna.
Por ejemplo, ¿de dónde cornos sale eso de brillar por su ausencia? Uno puede pensar que es una figura retórica, de mencionar algo por lo contrario, pero nones, parece que la cosa viene por otro lado. Cuentan los que saben que, entre los antiguos romanos tenían la costumbre de exhibir, en los actos fúnebres, los retratos de los antepasados del difunto. Entonces, si alguno de los “viejos” no estaba en la galería, era el comentario de todo el barrio, o sea, brillaba por su ausencia. Jodidos los romanos.
Otra que parece simple pero tiene más pedigree que los perros de Susana es “dar en el clavo”. Uno puede sospechar que estamos hablando de un martillo y el buen tino de pegarse en un dedo, pero tampoco, al parecer en época de nuestros tatarabuelos existía un juego infantil de nombre «hito», que consistía en poner un gran clavo en el suelo y tratar de atinarle con unos aros (muy similar a lo que se jugaba en el campo con las herraduras). Ganaba el que le acertaba al hito, o al clavo, o sea, el que daba en el clavo. Chan chan.
Y si usted, fiel lector, llegó hasta este punto y no sabe qué cornos está haciendo leyendo el diario, es muy probable que esté en Babia. Pero no se sienta mal, querido lector, que aunque parezca, esta expresión no tiene nada de ofensiva, sino que proviene de la Edad Media, cuando Babia era una comarca algo apartada de la provincia de León, en España. La cosa era que los reyes de León la habían elegido, por su buena caza, como lugar de reposo y para alejarse de los problemas de la corte. Una especie de casa quinta feudal. Entonces, cuando algún plomo preguntaba dónde estaba el Rey, y el Rey, que no tenía ninguna gana de soportar al susodicho, mandaba decir que estaba en Babia. ¿Dónde está el Rey? El Rey está en Babia. Y el plomo, que además de ser plomo, era un tipo de lo más taimado, seguramente molesto por el plantón, salió a decir que el Rey era un dejado y un distraído, que siempre estaba en Babia. Como los adolescentes de hoy en día, ¿vio? En Babia.
Lo de los moros y la costa también lo arrastramos de España y de la época de las invasiones musulmanas (moros) a la península ibérica. Así era que todos los pueblos que vivían sobre la costa sur de España vivían en una constante pesadilla, esperando que en cualquier momento se le llenen las calles de infieles. Por eso levantaron a lo largo de la playa una serie de atalayas para subirse y mirar si se le venía el zurdaje encima. Y así tenían constantemente a un vigía en cada torre, que cuando veía peligro empezaba a los gritos desesperados de “¡hay moros en la costa!, ¡hay moros en la costa!”. Las invasiones pasaron y se pusieron de moda los ataques suicidas y las guerras preventivas, pero la expresión aún nos acompaña.
Y así podría seguir por varias páginas más, pero “el tiempo es tirano”, dicen, aunque no tengo la menor idea por qué. Prometo averiguárselo, atento lector, para la próxima semana.

Nota del autor: Información recogida del sitio web http://www.casadelasletras.com.ar/


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