Página de cuento 829

The Wild: La leyenda del Rock – Parte 3


Por Carlos Alberto Nacher
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Doña Elvira ha puesto en nuestras manos un tesoro invalorable: poesías escritas por Frank Spoth a los 9 años. Luego reproduciremos algunas.
Nos despedimos de Doña Elvira, volvimos a nuestra habitación del Hotel El Chajá, un acogedor edificio de finales del siglo XIX, en la calle principal del pueblo, la Avenida Merceditas, una construcción antigua con grandes ventanales de persianas arqueadas, con el palenque en la puerta para atar a los caballos, y con una pulpería en la entrada, habitada por las tardes por varios gauchos que bebían caña y jugaban al truco.
Allí, en aquel lugar característico del interior de la Argentina, se produjeron, como por arte de una magia universal que conecta a todo, los ignotos comienzos de THE WILD, que en ese entonces se hicieron llamar LOS SALVAJES.
Todo comenzó jugando, a la salida de la escuela los cuatro amigos se reunían en la casa de Rafael, El Rafa, a tomar mate, como un ritual, escuchar discos y arañar unos acordes en unas viejas guitarras. Corrían los años sesenta y los chicos se pasaban la tarde entera escuchando discos que traía el papá del Rafa de Buenos Aires, de bandas del primitivo, del naciente rock and roll, de blues inalcanzables, Muddy Waters, Chuck Berry, Elvis, incluso, tiempo después, Los Beatles y Los Rolling Stones, y muchos otros que en esos momentos eran los número uno en Gran Bretaña y Estados Unidos.
Como dijo Doña Elvira, Francisco tenía una gran habilidad para el inglés. Cuando llegó al pueblo, a fines de 1965, un joven de pelo largo llamado Atilio Cárdenas, profesor de inglés, Frank comenzó a tomar clases con él. Iba tres veces por semana a la casa de Atilio, también fanático de aquellas bandas inalcanzables. Francisco tuvo la suerte de estudiar mucho inglés con él durante dos años, cantaban las canciones y sacaban las letras, casi exactas.
El futuro Frank Spoth había logrado una pronunciación muy similar a la de los americanos del sur escuchando a Chuck Berry y a Elvis Presley.
Luego se reunía con los amigos, casi siempre en la casa de Ralph, y les iba enseñando inglés a medida que escribía y cantaba canciones escritas por él mismo, acompañado de Adrián y El Rafa en guitarras, y Roberto en batería, si se le podía llamar batería a un montón de tachos de aceite, conservas y dulce de batata que ataba con una soga y golpeaba con unos palos delgados y rústicos.
No hay registros sonoros de esa época, pero sí algunas fotos en blanco y negro sacadas por la mamá de El Rafa, Doña Laura Albina Carreras Echegorri de Cañones, hija de una familia antes adinerada de Villa Arroyo Chorote, pero ahora venida a menos. Lamentablemente, cuando comenzamos la investigación, Doña Albina ya había fallecido muchos años antes, pero por suerte pudimos dar con esas fotos.
En esas imágenes se los ve a los cuatro, sonrientes, felices, tocando sus canciones con la sonrisa de lado a lado de la cara.
Al ver esas imágenes me pregunto si luego, a pesar de todo el éxito que les regaló el destino, habrán sido alguna vez tan felices como se los ve en aquellas fotos antiguas y rasgadas.
Continuará…


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