Página de cuento 828

The Wild: La leyenda del Rock – Parte 2


Doña Elvira es una señora muy culta, educada, alegre, y con una excelente e inequívoca memoria.
Nos hizo pasar a su casa, antigua pero decorada con un delicioso buen gusto al estilo casa de campo de los 60, una casa tradicional de campo, con un pasillo externo que comunica a todas las habitaciones.
Nos sirvió un fuerte té negro con algunas masas deliciosas que ella misma cocinaba, y dimos inicio al primer reportaje de nuestra investigación.
– Doña Elvira, ¿Se acuerda de Francisco Spottorno?
– Claro que sí, cómo olvidar a ese muchachito tan inteligente como impertinente. Siempre iba acompañado de su amigo Adrián, no recuerdo haberlos visto separados alguna vez.
– Y dígame Doña Elvira, ¿Era estudioso?
– Creo que nunca leyó nada, o muy poco, de los textos que yo le daba. Pero respondía a todo Aunque desconociera el tema, él tenía tanta seguridad en sí mismo, que siempre respondía, nunca me dijo “no sé”, y casi siempre acertaba la respuesta. Era en verdad un prodigio. Lástima que hacía tanto lío. Y una cosa de la que no me olvido: no sé cómo hacía, porque en esos tiempos no había nadie que enseñara inglés en el pueblo, pero Francisco podía hablar fluidamente en inglés. ¿De dónde habrá sacado esa habilidad? Hasta el día de hoy que no lo sé.
– ¿Era muy travieso?
– Si claro. Yo siempre le decía que era una lástima que fuera tan salvaje siendo tan inteligente.
Hacía travesuras y maldades de todo tipo, pero un poco exageradas para su edad. Siempre me decía que estaba enamorado de mí, jajaja. Pero, por otra parte, hacía cosas impensadas, desastrosas. Por la noche venía y le tiraba piedras a los vidrios de la escuela, les pinchaba las ruedas a los autos, y ese tipo de cosas. Un día, en un recreo, pasó corriendo y le bajó la pollera a Herminia, la maestra de Quinto, junto con la bombacha. Herminia se desesperó, trastabilló y cayó al piso. Pobre mujer, cómo sufrió. Lloraba desconsolada, entre todas la rodeamos y la cubrimos mientras se acomodaba de nuevo la pollera. De la vergüenza estuvo un mes sin venir a la escuela. No se imagina el revuelo que se armó. Francisco fue castigado con quedarse en la dirección durante todos los recreos de esa semana. No pareció importarle mucho, pero ¿sabe una cosa? Aprovechó esa estadía en la dirección para escribir unas poesías. Después, las dejó tiradas por ahí. Sin que él lo supiera, yo me las guardé. Todavía las tengo.
– ¿Doña Elvira, Esas poesías son incunables? ¿Las podremos ver?
– Sí, cómo no. Las tengo aquí cerca.

Continuará…


COMENTARIOS