ESTUDIAN LOS EFECTOS DE LA “ANTROPAUSA” SOBRE EL HÁBITAT AÉREO GLOBAL

La cuarentena, ¿redujo o no la contaminación del aire?


Durante los primeros días de la cuarentena mundial, en marzo del 2020, se sumaron las voces destacando que el parate general había ayudado a la recuperación del medioambiente, plagando los medios de imágenes de la fauna volviendo a espacios que había perdido frente al avance del hombre. Pero, al poco tiempo, los especialistas admitieron que ese avance había sido mínimo comparado a la contaminación mundial.
Ahora, investigadores de CONICET aseguran que durante los meses de confinamiento se redujo la contaminación y fragmentación del aire, y postulan que la recuperación económica post COVID-19 debe ser amigable con el ambiente.

Antropausa

Se denomina antropausa a la drástica reducción de la actividad humana provocada por la pandemia de COVID-19, como consecuencia de las medidas de confinamiento implementadas por gobiernos de todo el mundo para evitar la propagación de la enfermedad.
Una de las consecuencias de este breve parate, que está siendo objeto de diversas investigaciones científicas en todo el mundo, es que se redujo el impacto de ciertas actividades humanas sobre el ambiente. En lo que respecta al hábitat aéreo es posible advertir este efecto, sobre todo, en un decrecimiento de la fragmentación y la polución (química, lumínica y sonora) aérea. Se denomina fragmentación del aire a la creación de barreras artificiales permanentes (como edificios o parque eólicos) o temporales (por ejemplo, aviones o drones) que dividen funcionalmente el hábitat aéreo e impiden el movimiento de especies silvestres.
Un artículo publicado por científicos del CONICET en la revista Trends in Ecology & Evolution reafirma -a partir de la revisión de trabajos académicos e informes recientes- que la antropausa tuvo efectos positivos sobre el hábitat aéreo en un corto plazo, sin dejar de señalar, al mismo tiempo, que si para conseguir una pronta recuperación económica se adoptan las estrategias de crecimiento previas a la pandemia, estas consecuencias benéficas pueden ser rápidamente borradas. Como alternativa a dicha salida, el trabajo postula que las agendas económicas y ambientales posteriores al COVID-19 deben ir de la mano y valerse, para ello, de los cambios observados durante la antropausa.

Oportunidad única

“La pandemia nos dio la posibilidad de poder aprovechar el experimento de ver qué pasa con el impacto humano en el ambiente si frenamos todos, si no producimos todo lo que estamos acostumbrados a producir, si nos movemos menos en auto, si se reduce el número de vuelos. Es imposible pedirle al mundo que se detenga porque queremos ver qué pasa cuando eso ocurre, pero el confinamiento a causa de la COVID-19 nos dio la posibilidad de estudiarlo”, señala Sergio Lambertucci, investigador del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA CONICET-UNCOMA) y uno de los tres autores del trabajo.
“Nosotros evaluamos lo que ocurrió en un breve período de tiempo, unas diez semanas, en las que casi todo el mundo entró en confinamiento, y encontramos distintas evidencias que muestran cómo esta pausa tuvo un impacto positivo tanto sobre las especies aéreas (que se vieron mucho menos afectadas, por ejemplo, por colisiones con aviones), como en reducciones de los niveles de contaminación química, lumínica y sonora de ese hábitat. Lo que planteamos, también, es que esto debe tenerse en cuenta de cara al futuro”, agrega Santiago Zuluaga, becario doctoral del CONICET en el Instituto de Ciencias de la Tierra y Ambientales de La Pampa (INCITAP, CONICET-UNLPAM) y primer autor del artículo.
Los investigadores destacan que hay impactos que aún no se pudieron constar, pero que se encuentran en estudio en este momento, como los efectos de la contaminación lumínica y química sobre las especies aéreas. “Sabemos que la polución lumínica es un problema para la vida silvestre, al igual que la química. Sabemos también que uno de los factores de mortalidad de las aves es la contaminación, dado que todo lo que respiran va a su organismo. Por lo tanto, es posible deducir que la reducción del impacto antrópico en el espacio aéreo tiene que haber tenido un impacto positivo sobre la especies que lo habitan”, afirma Lambertucci.

¿Cómo sigue?

El trabajo plantea dos escenarios hipotéticos alternativos de cara al futuro próximo, uno que implica un regreso a la vieja normalidad (businees as usual) y otro en el que la reconstrucción post COVID-19 vaya de la mano con contemplar el cuidado del ambiente (build back better). Estos escenarios los evalúa con relación a tres impulsores (drivers) del impacto humano en el hábitat aéreo: la polución (química, lumínica y sonora), la fragmentación del aire y el cambio climático. Mientras en el primer caso se retornaría a una senda de daño hacía el espacio aéreo y a las especies que viven y en él, en el otro habría medidas que permitirían aminorar el impacto antrópico sobre la vida silvestre, sin obstaculizar por ello la necesaria recuperación post-pandemia.
“Hay que entender que esta centralización de los seres humanos en sí mismos, despreocupándose de sus impactos en la naturaleza, fue también lo que llevó a la pandemia y, como consecuencia, a la recesión económica actual. La pandemia nos permite entender en qué medida estamos conectados con la naturaleza y cómo nuestra vida y bienestar dependen de ella. Esto nos lleva a la propuesta de volver a la normalidad, pero de mejor manera”, señala Karina Speziale, investigadora del CONICET en el INIBIOMA y coautora del artículo publicado en Trends in Ecology & Evolution.

El caso del ozono troposférico

Existen diversos compuestos contaminantes (como el dióxido y el monóxido de carbono), cuyo impacto, aunque se sepa que pueden hacer daño a la salud humana y animal, solo son mortales a altas concentraciones, al tiempo que la lentitud de la afección que producen permite que ciertas especies puedan convivir con ella. Pero existen gases como el ozono troposférico, que surge de la reacción conjunta de distintos compuestos (como el metano, óxidos de nitrógeno, o el monóxido de carbón, entre otros) al calor de la luz solar, que pueden tener efectos letales, tanto en persona como en aves, aun a bajas concentraciones.
“El ozono es un compuesto muy peligroso y por eso en algunos lugares se limita la cantidad de emisiones de sus precursores. Estas limitaciones llevaron a que, por ejemplo, se lograra bajar el número de aves que se están perdiendo en Estados Unidos y Europa. Es notorio, por ejemplo, el hecho de que en la costa este del país norteamericano, en la que el uso de los componentes precursores del ozono está más restringido, la variación en la reducción de la abundancia de especies aéreas es menor que en el centro-oeste donde hay menos controles. Durante la pandemia se redujeron las concentraciones de ozono troposférico, lo que potencialmente habría beneficiado a las aves”, explica Zuluaga.
Es importante distinguir este ozono troposférico, peligroso y contaminante, del ozono estratosférico que conforma la célebre capa que permite filtrar los rayos del sol.

Tener en cuenta el aire

En una nota de opinión publicada en Conservation Biology en septiembre del año pasado, Lambertucci y Speziale ya habían planteado la necesidad de que los informes y acuerdos globales sobre conservación contemplen el hábitat aéreo de manera más específica. Esto es, que en los informes como el de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por su sigla en inglés) o en los objetivos planteados por el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CBD) se tenga en cuenta, incluso nominalmente, el espacio aéreo como un ambiente particular, distinto al terrestre y al acuático.
“En 2019, cuando salió el reporte IPBES fue una novedad que se incluyera a los cambio en el uso del agua dentro de uno de los principales impulsores del cambio global, junto con los cambios en el uso de la tierra. Es decir se pasó de hablar solamente de ‘los cambios en el uso de la tierra” a nombrar dicho motor como “cambios en el uso de la tierra y el agua’. Lo que nosotros proponemos es que se pase a denominar ‘cambios en el uso de la tierra, el agua y el aire’. Creemos que el hábitat aéreo también es importante y hay especies y procesos (algunos, incluso, asociados a la salud humana) que dependen de él y que necesitan estrategias de conservación específicas, que tampoco se están teniendo en cuenta en otros acuerdos globales para la conservación”, indica Speziale.
Los investigadores destacan que si bien el espacio aéreo muchas veces no es tenido en cuenta porque es “invisible” y su rol productivo es menos notorio que el da la tierra y el agua, hay especies y proceso ecológicos que ocurren en él y que son de extrema importancia. Las aves migratorias pasan semanas en el aire moviéndose de un lugar a otro, así como existen bacterias que viven permanentemente en el espacio aéreo y que son fundamentales en términos ecosistémicos. Pero además, sin el aire serían imposibles procesos como la polinización por insectos voladores, murciélagos y aves o la dispersión de semillas y esporas por el viento.
De acuerdo con los investigadores, si bien el impacto de la contaminación química del aire, así como el de la liberación de los gases de efecto invernadero, ha sido tomada en cuenta, en general se lo ha hecho con el foco puesto en cómo afecta a los seres viven en la tierra, principalmente en relación al ser humano, pero no debido a una preocupación por lo que ocurre específicamente en el hábitat aéreo. Sin embargo, las partículas de productos químicos que se generan en el suelo pueden llegar a afectar procesos que ocurren muy por encima del mismo e, incluso, a miles de kilómetros siendo estos transportados a través del aire.
“El hábitat terrestre fue el primero en ser claramente impactado a gran escala por los seres humanos a través del cambio en el uso de la tierra y el desarrollo tecnológico, luego el agua, y ahora tenemos la tecnología que nos permite impactar sobre el aire: construimos torres, tendidos eléctricos, parques eólicos, usamos drones, volamos en aviones y utilizamos combustibles fósiles que afectan la biodiversidad de la especies aéreas. Lo que queremos es justamente evitar que pase con el aire lo que paso con la tierra y con el agua, de lo que tomamos conciencia recién cuando el impacto ya era grande. En ese sentido, por ejemplo, estamos a favor del uso de energías renovables, pero a la hora de instalar por ejemplo un parque eólico, no podemos hacerlo en el medio de una ruta migratoria de aves o en un lugar por el que pasan los cóndores todos los días para ir a alimentarse. A lo que apostamos es a que se puedan aprovechar esos ambientes, pero de manera sustentable”, concluye Lambertucci. (Fuente: CONICET)


COMENTARIOS