Página de cuento 822

La Historia – Parte 21


Por Carlos Alberto Nacher
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Me despierta una luz fuertísima, como nunca había visto. No puedo abrir los ojos del todo, esa luz me aturde y me enceguece. Es el sol, detenido sobre un cielo azul como no había visto antes. Pareciera que estuviera allí sólo para mi, pero no es así. El sol está allí, derramando vida, por otras razones mucho más importantes que yo misma.
Poco a poco voy reaccionando, no sé si me estoy despertando de un sueño, o si estoy ingresando a un sueño, o si todo lo anterior fue una pesadilla. No puedo diferenciar lo real de lo imaginario. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Recuerdo mi pasado en la tribu, mi expulsión, mi despedida silenciosa, mi desaparición del mundo. Ahora estoy sobre una especie de camastro hecho con materiales que nunca había visto. Son hojas muy grandes, verdes, de plantas. ¡Pero en mi mundo las plantas no existen más!
¿Dónde estoy? ¿Será esto el paraíso que describe aquel libro tan enigmático y antiguo que encontramos y del que pudimos descifrar muy poco?
A duras penas me pongo de pie, y ante mi vista se despliega un sinfín de cosas maravillosas. Hay mucha vegetación, mucho más que las imágenes que habíamos visto en libros antiguos. Es algo así como un muro verde de hojas lo que me rodea, árboles, arbustos, y un sonido extraño, un canto agudo repetido mil veces de mil maneras distintos: son pájaros. Alcanzo a distinguir a algunos, entre la espesura: hay rojos, amarillos, azules, de colores vivos que el sol exalta. Mis ojos ya se acostumbraron a la excesiva luz solar, pero mi mente sigue deslumbrada.
Ni en lo más profundo de mis sueños había imaginado un paisaje como el que estoy viendo. El cielo es azul claro, limpio, apenas unas lejanas nubes le dan una impronta blanca. Hay una brisa tenue, refrescante, que apenas acaricia a las plantas, que se mecen lentamente. Puedo ver, además, cerca, un río de agua clara, que corre hacia la derecha y desaparece entre la vegetación.
Sin dudas, es un lugar sorprendente, acogedor. Entre el asombro de ver toda esta naturaleza, vuelan ante mi muchos seres de colores, de amplias alas, se posan en las ramas, se detienen en el pasto y vuelven a volar con un compás casi musical.
En algunos de aquellos escritos viejos, descifrados en el laboratorio, había leído descripciones de lugares similares, pero dudaba entre creer que aquello era una realidad documental o una ficción literaria. Ahora puedo comprobar que era verdad. Después de tantos años viviendo en zonas tan áridas como mortales, descubro que existe este lugar. No sé en cual longitud o altitud, pero al parecer, el planeta me da una nueva oportunidad.
Un grupo de aves vuela en formación a lo lejos, sobre la arboleda. Más allá, se despliegan majestuosas unas montañas de piedras relucientes.
Recuerdo aquella frase que alguna vez leí: “La mitad de la belleza depende del paisaje y la otra mitad de quien la mira”
El paisaje, dicen los antiguos, es el reflejo del alma. Toda imagen tiene belleza, depende de quien la mire. Pero esto va mucho más allá de mi comprensión.
Algo se mueve en la espesura. Alguien se está abriendo camino entre las ramas y arbustos y se dirige hacia aquí.
Ahora puedo verlo con claridad.
Estoy sorprendida… Es increíble… Es un ser humano como yo, pero… es un hombre.
Continuará…


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