Página de cuento 821

La Historia – Parte 20


Por Carlos Alberto Nacher
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Una vez más, me encuentro sola, con la única compañía de mis pensamientos, que me siguen y me persiguen continuamente. Necesito retener todo lo posible en mi cerebro, todo lo aprendido en estos lánguidos años de investigaciones. Se acerca el final, estoy tranquila. Creo haber cumplido, o al menos intentado, cumplir con mi obligación de mujer de ciencias. Creo haber dejado un legado, todos esos hallazgos estudiados, analizados y develados durante largas horas de estudio en el laboratorio, junto a Atram y Aseret.
No tengo nada más para dar, pero no estoy vacía. En mi viaje hacia el destierro y la muerte, me llevaré, además de lo que me asignen para una imposible supervivencia (alimentos, abrigo, agua y aire, y algunas pocas cosas más) la flauta de Arual, a quien unos pocos instantes les fueron suficientes para hacerme feliz. Y los fragmentos estudiados, que están en mi mente, que fluyen de un lugar a otro de mi cabeza como niñas jugando una ronda.
Me vienen a buscar. Estoy preparada, estoy lista. Sé que fui acosada por Anilorac, pero la perdono, a veces la ambición de crecer en la absurda escala social nos lleva a cometer estas traiciones, sin importarnos las consecuencias para las demás. Ella, equivocada, creyó que ésta era la manera de recibir el beneplácito de la Madre Superlativa, pero se equivoca, más temprano que tarde sufrirá el mismo destino que aquellas a quienes, como yo, acusó falsamente. La Madre Superlativa no tiene preferencias, no tiene términos medios: todas somos sospechosas de conspiración siempre.
Y sobre todo aquellas mujeres que denuncian, pasan luego a ser las más sospechadas. Pero el final está en la puerta de todas las moradas. La escasez de energía para generar agua y aire se cobrará la vida de todas nosotras. Ya no existen los ríos y lagos de los libros de texto del pasado, ya no existe aquel añorado equilibrio ecológico, hoy casi imposible de comprender, entre animales, plantas y hábitat.
La puerta del calabozo se abre, y, de nuevo, sin oponer resistencia, me dejo llevar a la salida, donde me espera en Tluaner con piloto automático cuyo rumbo, según me dijeron, es en el sentido noreste, hacia un lugar desconocido que no aparece en nuestros registros cartográficos más recientes, así como el 90% del mundo, desconocido, desierto, muerto.
Alguna vez pensé que la superficie se parece mucho a las fotos que encontramos del planeta Marte, es decir, un páramo aterrador y ominoso.
Camino hacia el destierro, me dejan detenerme un instante para abrazar a mis más cercanas amigas, Arual, Aseret, Atram, con quienes nos abrazamos, entre llantos contenidos. Incluso puedo ver a Anilorac a lo lejos, que me mira como pidiéndome perdón, arrepentida. Me miran como si estuvieran dándome el último adiós, así parece. Mi destino, a partir de este momento, es más incierto aún que antes. La soledad me espera, la desaparición de todo vestigio de mi existencia es inminente e inevitable. Soy como la historia, una nube espesa de recuerdos que se esfuman en el océano del olvido. Soy como un grito en el vacío, como un rayo de color en la oscuridad, que se disipa. Soy como uno de aquellos pájaros que vimos en imágenes alguna vez, seres luminosos que vuelan en la nada del cielo de la tarde, hacia ninguna parte, pero igual, vuelan.
Me voy, para siempre, miro mis manos, mis piernas, todo estos tejidos incomprensibles, de una lógica sistémica que confluyen en un todo indiviso que es mi cuerpo, siento el fluir de recuerdos que están hirviendo en mi cabeza, y soy consciente que toda esta maravilla de la naturaleza, representada en mi misma, pronto será nada.
¿Adónde irá mi alma? ¿Adónde mi espíritu?
Son respuestas que la Madre Superlativa nunca supo darme, porque las desconoce, y no le interesan.
Se enciende el Tluaner, arranca, avanza. Observo a la tribu por el vidrio trasero, hasta que desaparece en el infinito del desierto.
Me voy para siempre.
Continuará…


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