Página de cuento 819

La Historia – Parte 18


Por Carlos Alberto Nacher
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De nuevo la destrucción. Parece que debemos esconder todo, que se está pensando en finalizar la búsqueda, y hablan de destruir todos nuestros estudios, y volver a sepultar todos estos fragmentos reveladores. Hay una especie de histeria colectiva, una psicosis general en la que todas desconfían de todas. Es paradójico, y a la vez parece una metáfora de la humanidad, que en el mismo momento que Arual descubre la música, esa manifestación mágica del subconsciente, por otro lado se gesta un ataque destructivo a la ciencia y, en el mismo momento, se declara una crisis en la producción de aquellos elementos vitales para nuestra sobrevivencia. Ya no tengo miedo, ya pude conocer a Saint Euperý, a Homero, a Kafka, a Shelley, a Borges y a tantos otros hacedores. Pude ver, al menos en láminas opacas, a aquellos pintores que resignificaron al arte, la manifestación más noble del ser humano. Picasso, Van Gogh, Monet, Gauguin, los imagino pintando en un taller luminoso, humilde, con grandes ventanales que les dejaban ver una calle de adoquines con mucha vida, gente caminando, charlando, riendo. Más allá el bar amarillo que pintara Vincent, de noche, iluminado con candelas vivaces. Pude saber de guerras y odios, pero también de poemas de amor y canciones que emocionan. Mis oídos despertaron cuando pude escuchar música por primera vez, esas notas musicales que derraman mis lágrimas emocionadas cada vez que las evoco.
Estoy destruida, derrotada. Pero me queda aún estos recuerdos de felicidades vividas a cada hallazgo descifrado. Ya no me interesa lo que vendrá. Podría morir ahora mismo, y mi felicidad, igualmente, sería eterna.
Volver a la realidad es cada día un ejercicio más complejo, cada vez me resulta más difícil abstraerme de mi mundo imaginario para ubicarme en mi triste realidad, una realidad llena de incertidumbre, de temores, de inseguridades.
No me siento culpable de haber puesto en la superficie a una historia que era necesaria, que no coincide en absoluto con nuestros mandamientos éticos, pero que fue tan real como la nuestra. No me siento con la autoridad como para juzgar a aquellas personas, no corresponde sacar de contexto a los hechos acaecidos siglos atrás. Simplemente, ahora sabemos que aquellos seres tenían emociones, las mismas que, gracias a ellos, ahora puedo experimentar en mi persona. Dejé de ser como el común de nosotras, sometidas a una autoridad invisible pero cruel de la Madre Superlativa, repitiendo como autómata las mismas palabras y los mismos actos que nos indican y obligan, sin pensar siquiera el porqué de todo esto. Tanta disciplina forzada inútilmente. El fin está cerca al parecer, nuestros recursos vitales se terminan, nuestras fuentes de energía se derriten en el desierto. La tierra seca y la arena sepultan todo, como viene ocurriendo por milenios. El futuro no existe para nosotras, y me que más que aferrarme a la historia, a esta historia tan extensa, tan imposible de abarcar, tan infinita, pero a la vez tan cercana para mi, cargada de símbolos positivos, de culturas ancestrales y maravillosas. La historia, y haberla descubierto, fue para mi como entrar a un nuevo universo, lleno de luz, de misterios hermosos, de piedras filosofales y fuentes de juventud.
De pronto, escuché un portazo y cuatro mujeres armadas me sostuvieron de los brazos y me arrastraron a la salida.
-Ave, en nombre de la Madre Superlativa, queda detenida.
Me dejé llevar, sin ejercer ninguna oposición ni resistencia. Detrás del vidrio del laboratorio estaban Atram y Aseret. Les dirigí una última mirada, sabía que era el fin. Mis ojos les dijeron adiós. Sé que ellas lloraban por dentro, sin emitir ningún gesto. Todo estaba terminando. En el momento de ser trasladada a través de unos pasillos oscuros hacia el recinto del juicio, cerré los ojos y, extasiada, escuché una vez más la flauta de Arual, y recordé mi último fragmentos: “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Continuará…


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