El Zorzal Criollo


*Por Agustina Bordigoni

El 11 de diciembre de 1890 nacía Carlos Gardel, el “Zorzal Criollo” de los argentinos. Sus orígenes europeos no le impidieron transformarse en uno de los máximos representantes de la cultura nacional

“Carlitos”, “el Zorzal Criollo”, “el Morocho del Abasto”, “el Mago”, “el Rey del Tango”, “el Mudo”, “el Francesito”, “el guachito de Escayola”, “el Jilguero de Balvanera” o “el Troesma”, están entre los múltiples nombres con los que se conoce a Charles Romuald Gardés (a quien universalmente identificamos como Carlos Gardel.

De todas esas denominaciones, cada una con un significado particular, la de Zorzal Criollo (un apodo que le otorgó el payador José Betinotti) es tal vez una de las que más representa una época de la historia mundial, nacional y a lo que su persona encarnaba tanto para los argentinos como para los inmigrantes que entre fines del siglo XIX y principios del XX habían llegado al nuestro país, con la esperanza de un futuro promisorio.

La palabra “criollo” tiene varias acepciones, y prácticamente todas ellas entran en la descripción de Gardel. Para la RAE un criollo es “una persona hija o descendiente de europeos, nacida en los antiguos territorios españoles de América o en algunas colonias europeas de dicho continente”, o una persona “nacida en un país hispanoamericano”, aunque también la palabra puede usarse para “resaltar que esa persona posee las cualidades estimadas como características de su origen”.

La nacionalidad de Carlos Gardel es todavía tema de discusión, aunque la mayoría coincide en que nació en Toulouse, Francia, hace exactamente 130 años, el 11 de diciembre de 1890. Lo cierto es que era considerado como un “criollo” por los argentinos, por sus “cualidades estimadas como características de su origen” y por considerarse (a pesar de su origen europeo) como un nativo de un país hispanoamericano; y también un “criollo” para los inmigrantes, hijos o descendientes de europeos que desde hacía algunos años habían comenzado a poblar el país.

Es decir, tanto para los inmigrantes como para los nacidos en Argentina, Gardel era tomado como propio.

Gardel, el inmigrante

Eran tiempos de auge del modelo agroexportador en Argentina. Durante la última parte del siglo XIX el país consolidó su papel como proveedor internacional de materias primas, lo que implicó una mayor demanda de mano de obra, cubierta en gran parte por la llegada de inmigrantes.

Fue en ese contexto, en 1893, que Carlos y su madre, Berta Gardés, llegaron a Buenos Aires para probar suerte. Suerte que al comienzo no tuvieron. El niño Carlitos debió pasar mucho tiempo con otras familias mientras su madre se dedicaba a una de las tareas destinadas a las extranjeras: la de planchadora. Su destino inicial tampoco era una novedad para quienes llegaban de afuera, Berta y Carlitos se instalaron en un inquilinato del centro porteño.

Desde el comienzo la familia debió adaptarse a las costumbres de un país distinto. Desde niño, Carlitos pasó muchas horas jugando y cantando en la vereda, pero también intentando ganarse la vida.

A veces, esos intentos lo llevaron a tener problemas con la policía, lo que dio origen a las teorías sobre su origen uruguayo: “en la década de 1920, para obtener el pasaporte y poder ir de gira al exterior, sin que saliera a la luz su pasado non sancto, se presentó en el consulado uruguayo diciendo que había nacido en Tacuarembó en 1887, y que era hijo de Carlos y Berta Gardel” (Felipe Pigna, El Historiador).

A muy temprana edad, Carlos ya tenía decidido su futuro: “¡Yo voy a ser un gran cantor!”, se decía a sí mismo al tiempo que simulaba tocar la guitarra con un pequeño palo que tenía al costado de su cama. A los 10 años trabajó como tramoyista en el Teatro de la Victoria, en donde conocería a numerosos artistas de la época. A los 12, el pequeño, ya ofrecía recitales amateurs.

Desde entonces comienza el éxito musical y cinematográfico. Gardel participa en películas como “Flor de durazno” (1917), “Las luces de Buenos Aires” (1931), “Melodía de arrabal”, “La casa es seria”, “Espérame” (todas ellas de 1933), “Cuesta abajo” (1934), y algunas que se estrenaron a partir de 1935, incluso después de su muerte, como “El día que me quieras”, “Tango bar”, “Tango en Broadway” y “Cazadores de estrellas”. Además, graba alrededor de 900 canciones a lo largo de su vida.
Llevando su música al mundo, es visto por los inmigrantes del país como el ejemplo de que las oportunidades existen para los extranjeros que llegaron a la Argentina con la esperanza de un futuro mejor.

Gardel, el argentino

Como máximo representante de algo tan argentino como el tango, no es de extrañar que Gardel sea considerado un nacional y tan propio de los argentinos. Más allá de su amor por el país y de haber pasado gran parte de su vida aquí, Gardel representó con su persona la idiosincrasia argentina (y sobre todo porteña) con su vestimenta, su modo de hablar y de cantar.

“Con muchos vocablos tomados (o adaptados) del italiano, el lunfardo era ya una prolífica fuente del habla cotidiana de Buenos Aires, una forma lingüística a la que Carlos permaneció apegado toda la vida. En esto, como en tantos otros aspectos, se revelaba como un genuino hijo de la ciudad, porteño hasta la médula.

Su permanente afición por el mate (el té paraguayo tan popular entre los argentinos) y por las carreras hípicas también eran rastros indelebles de sus orígenes porteños. Desde luego había nacido en otra parte, pero en todo caso eso lo hacía aún más típico de la ciudad” (Carlos Gardel. Su vida, su música, su época, Simon Collier, 1988).

Más allá de todo eso, y de la falta de unanimidad sobre su lugar de nacimiento, lo cierto es que en 1923 se nacionalizó argentino.

Fue así como llegó a triunfar en su país, Francia, pero como un argentino más.

Gardel, el inmortal

El 24 de junio de 1935 moría Carlos Gardel, pero nacía el mito. El primero de ellos fue que tras el accidente del aeropuerto de Medellín, en el que ni él ni sus músicos sobrevivieron. Había por entonces quienes afirmaban que Gardel no había muerto, y que se encontraba en algún lugar de la ciudad colombiana, desfigurado por el accidente y cantando en distintos bares del país. También surgieron diferentes teorías sobre el accidente, incluso algunas que aseguraron que se había tratado de un atentado contra el Zorzal Criollo.

Otros incluso, muchos años después, aseguraron ver su fantasma cada 24 de junio posterior a ese año.

Lo que algunos llaman “gardelolatría”, se traduce en expresiones casi cotidianas como “soy” o “sos Gardel” cuando alguien es bueno en una actividad, e incluso “Andá a cantarle a Gardel”, cuando alguien se pone un poco quejoso.

En el cementerio de la Chacarita, cada 24 de junio, alguien pone un cigarrillo entre los dedos de la escultura de bronce del cantor y lo enciende, como con la esperanza de que aún su espíritu pudiera percibirlo.

Tal vez con la misma esperanza que tenía el mismo Carlos Gardel de volver hacia Buenos Aires después de una gira que lo dejó en Medellín. Tal vez con la misma esperanza que Gardel cantaba sin saberlo: “Hoy que la suerte quiere que te vuelva a ver/ Ciudad porteña de mi único querer/ Y oigo la queja de un bandoneón/ Dentro mi pecho pide rienda el corazón/ Mi Buenos Aires, tierra Florida/ Donde mi vida terminaré”.

Terminó su vida en Medellín, en donde nacería como artista: allí el mito también se convirtió en furor tanguero, hasta el día de hoy.

Empezó sus días en Francia, Uruguay o Argentina. O en todos esos países, quizás. Y se volvió mito y canción propiedad de un universo, sobre todo para aquél universo que afirma que “cada día canta mejor”.

*Agustina Bordigoni – Publicado en La Opinión – San Luis

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