CUENTOS DE VIAJE

Vladimir


Por Javier Arias
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Lo conocí a Vladimir en una playa de Cuba. No importa mucho el nombre, todas las playas de Cuba son iguales, y todas son hermosas. Esa arena blanca y tibia y ese mar azul celeste que hace perdonar al mundo de toda injusticia.
Vladimir era ruso, por si quedaba alguna duda cuando uno escuchaba su nombre y su acento. Pero de esos rusos con una sonrisa perenne, aunque acá podría decir que es el primer ruso que hasta ahora conocí en persona. Es que el cine norteamericano nos ha formado en más de un sentido, y la imagen que tenemos de los rusos está tallada a imagen y semejanza de Illya Kuryakin, ese agente de C.I.P.O.L. rubio, frío y esquemático.
Vladimir, ahora que lo pienso, algo tenía de Kuryakin, era rubio y de ojos profundamente azules, pero hasta ahí llegaba el parecido. Todo sonrisas era Vladimir, como si estuviera todo el tiempo agradeciendo cada segundo de sol y de vida. No era para menos, Vladimir era un refugiado y Cuba, si uno llegaba a conocerlo un poco a Vladimir, seguro lo escuchaba decirlo, lo había salvado.
Vladimir había sobrevivido a la tragedia de Chernobyl.
Tal vez no lo sepa mucha gente, porque eso no aparece en los libros, ni tampoco en esa serie, cuándo no, norteamericana, que cuenta la historia de ese accidente termonuclear en medio de la estepa rusa. Pero miles de rusos y ucranianos que lograron salir con vida de Chernobyl terminaron en la isla caribeña. El gobierno cubano los recibió y los alojó en enormes edificios sanitarios en plena selva tropical, hoy casi abandonados y que uno puede ver desde la ruta cuando viaja hacia Cienfuegos.
Vladimir vivió ahí varios años, desde los noventa hasta hace poquito. No le gusta hablar mucho de ese tiempo, mucho menos de Chernobyl. Prefiere hablar de fútbol, y de ese Mundial de México que se perdió, pero ganó una nueva vida.
Vladimir es barman en un hotel cinco estrellas de Varadero, de esos all inclusive donde se alojan turistas de todo el mundo, menos de Estados Unidos, y donde toman como lagartos cosacos, y él es el encargado de libarles al garguero todo tipo de bebidas caribeñas. A sus veinte años nunca hubiera imaginado que algún día sabría qué era un Cubanito, un Mojito, una Canchánchara, ni siquiera un Daiquiri Floridita; pero hoy son parte de sus manos, que vuelan solas mientras habla y habla, casi como si renegara de sus genes, o por lo menos de los genes que uno cree tienen los descendientes del Zar.
Vladimir es amigo de todos, ganó ya un montón de veces, más de las que recuerda, el premio al mejor empleado del hotel. De hecho, ya ni lo tiene en cuenta, aunque nunca vienen mal un par de dólares más en el bolsillo. Vladimir habla con todos, sonríe a todos y ayuda a todos.
No lo cuenta con soberbia, es un hecho más, es parte de su vida, de su nueva vida.
Me pierdo en el horizonte y de repente lo miro de costado. Vladimir no sonríe esta vez, y descubro una mirada que estoy convencido trata de ocultar cuando se da cuenta que lo observo.
Vuelve a sonreír, Vladimir. Pero es tarde, el sol está cayendo y en el ecuador es implacable, en minutos será de noche. Se despide Vladimir, me tiende la mano, me asegura que nos volveremos a ver. Lo dice con una seguridad que asusta. Le respondo que en unas horas estaré tomando un avión de regreso a mi país y que dudaba seriamente de volver a juntar la pequeña fortuna que me había costado ese viaje. Me replica que eso no importa, que la vida nos volvería a unir, con una convicción rayana en la locura. Pero sigue sonriendo, me aprieta una vez más la mano y se aleja por la playa hasta que se pierde en una calle que da al pueblo.
Yo me quedo un rato más esperando el anochecer.
Pienso en Vladimir, me encantaría volver a charlar con él algún día, pero estoy seguro que no sucederá. Yo no tengo ese convencimiento mágico de Vladimir, yo no tengo esa necesidad imperiosa de mantener la esperanza del reencuentro, yo no tengo esa cicatriz de estar solo en el lugar más bello del mundo.


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