Página de cuento 817

La Historia – Parte 15


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
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No sé qué hora es. Me encuentro sola, en esta sala de tratamientos físicos terapéuticos, en una semipenumbra donde el silencio es parte fundamental del ambiente. A pesar de los momentos de angustia, cuando mi mente se pone a divagar en mi pasado, me siento bastante bien. Estoy en ese estadio en el que lo que sale, sale de mi ser interno. Muy profundo en mi subconsciente, puedo escarbar, el silencio y la oscuridad ayudan a este estado tántrico. De pronto, todas mis emociones confluyen como si yo misma fuese un cristal con muchas facetas, pero un solo y múltiple cristal. Estoy en lo puedo definir como éxtasis, nadie ni nada detiene a mi mente que viaja entre rayos lumínicos a toda velocidad. Puede ser, es probable, una consecuencia indirecta del suero tranquilizador. Pero me siento preparada, me siento lista para recibir en mi toda esa historia perdida, toda esa maravillosa historia que veo de a retazos, pero que ahora, dentro de mi, todo cobra sentido. Tengo miedo de olvidar, miedo de perder estas visiones. Puedo ver, como en una sucesión de imágenes, la historia de los humanos, mujeres y hombres. Puedo ver guerras, crueldades, torturas, llantos, gritos, sangre. Pero también veo gente viviendo en paz, paseando en un parque, jugando juegos, abrazados, besándose, sonrientes. Veo Mujeres y hombres que se aman, niños que ríen sonoramente, en un mundo ajeno. No es mi mundo, no es mi vida, pero me veo a mí misma, en un pasado lejano (¿o en un futuro?) caminando por un camino de piedras blancas, rodeado de plantas verdes. Voy acompañada por un hombre, que me toma de la cintura. Yo sonrío, el me dice algo. Me siento segura, me siento tranquila. En el cielo vuelan pájaros rojos y amarillos. Siento que algo se transforma en mi, siento el despertar de la conciencia, el despertar espiritual.
Me pregunto quién soy. Es una pregunta muy significativa, de mucho peso, de insoportable carga emocional. Puedo ver mi esencia. Puedo animarme a ver mi esencia.
Siento, tal vez por primera vez, que soy una mujer, y puedo comprender el significado de serlo. Puedo ver plantas, arbustos, flores, que nunca vi. Nunca vi toda esta naturaleza que ahora puedo tocar en sueños.
Me estoy descubriendo. Soy mujer, pero soy mucho más que eso: soy un humano. Estoy descubriendo el porqué de todo esto, Estoy viendo más allá de los ojos. La respuesta a quién soy, es compleja. Es fascinante. Lo voy descubriendo cada vez que me animo a navegar en el lago de mi esencia, la misma que trasciende y es el motor, el pilar donde descansan mis propios cimientos.
A lo lejos, al final del camino de piedras blancas, hay una cabaña antigua, mohosa, derruida. Entramos. Hay un hogar de leña, está encendido. El ambiente es cálido, acogedor. En la pared, un cuadro con un paisaje montañoso. Un cuadro que alguien pintó, por el sólo hecho de hacerlo y así expresar, manifestar su alma. Hay un lago, y unos animales. Son ciervos. Nunca vi animales ni plantas, pero comprendo todo: la flor, el ciervo, el agua, el árbol, la cascada, el fuego, la leña, los colores. Escucho algo, un extraño sonido, acompasado y dulce. ¿Será aquello el sentido de la historia? ¿Será esto el manifiesto de la felicidad?
Despierto súbitamente. Veo de soslayo a una sombra que rápidamente sale del recinto. Escucho el rechinar de una puerta que se cierra, La poca luz me mantiene aún como en ensueño. La cabaña se desvanece, el sonido desaparece en la nada. La nada.
Pasó un tiempo, no sé cuánto. Minutos, horas, días. Se encendió la luz. Mis ojos sufren el impacto lumínico, una mujer se acerca a mi cama. Es Arual.
– Ave, tienes que escuchar esto.

Continuará…


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