La Historia – Parte 9

La Historia – Parte 9


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
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La historia es un cuento contado casi al azar, es un cúmulo de relatos relatados por alguien que ni siquiera estuvo nunca en el lugar de los hechos y, en la mayoría de los casos, ni siquiera vivió en el momento de estos acontecimientos. Y para mejor, la narración en la mayoría de los casos está sesgada por las inclinaciones políticas, pensamientos e ideología de quien la escribe.
Por lo tanto lo importante de la historia no es la veracidad de lo que se cuenta, sino la existencia del recuerdo.
La historia de un pueblo, de una familia, de una persona, es el recuerdo de su pasado durante su inexistencia. ¿Será verdad? Poco importa si el recuerdo existe.
Lo cierto es que, a partir de nuestros hallazgos, ya sabemos algo de la idiosincrasia de estos pueblos antiguos. Sabemos de la estrecha relación entre mujeres y hombres, del importante lugar que ocupaban los dioses en sus pensamientos, en sus actos y en su devenir cotidiano. Sabemos también, a partir de algunos textos escolares para niñas (y quizás también niños) de edades muy bajas, niñas que estarían cursando s infancia sin llegar a la pubertad aún, que las guerras eran casi permanentes. Y me refiero a la tan temprana edad en se les enseñaban tales cosas, que hasta da escalofríos imaginarnos en alguna de esas clases. Los textos escolares estaban plagados de batalles, peleas, victorias y derrotas, y hasta indicando en ocasiones el número de muertes. Y toda esa información era transmitida compulsivamente a las niñas, esperando, imagino, que repitieran estas conductas y que las consideraran normales.
Nombres envueltos en sangre como Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Mc Arthur (todos hombres, casualmente) eran endiosados y reverenciados. Cada país tenía a sus propios héroes nacionales, próceres a los que se les rendía culto sólo por sus méritos en batalla, por haber derrotado y matado a otros.
Y todo eso, clasificado y compendiado en un manual de estudios de las escuelas iniciales, donde frágiles mentes absorbían sin comprender toda esa información inundada de violencia, muerte, traiciones y destrucción. Era de esperar, claramente, que luego, de adultos, repitieran los mismos patrones de conducta.
Sin embargo, entre toda esta alienación, aparecía un Pablo Neruda que le escribía al amor, aunque entre sexos opuestos, pero amor al fin.
Todas estas novedades que vamos descubriendo, analizando y clasificando, a veces me desconcierta. Los antiguos le llamaban “crisis de identidad”, tal como lo pude comprobar en unos textos incompletos encontrados de un famoso psicoanalista de la antigüedad.
Salí nuevamente al exterior.
Frente a mi se despliega un inmenso desierto amarillo y ocre, con distantes y pequeñas elevaciones de piedra, tierra y arena. Un paisaje lo más parecido a imágenes que alguna vez vi del planeta Marte, pero a diferencia de éste, con un calor sofocante.
Vivimos casi como si estuviéramos bajo la atmósfera marciana, el aire está contaminado y no podemos salir al exterior sin nuestros trajes y cascos protectores.
Miro el horizonte, como extasiada, tanta soledad me marea, me deslumbra. El cielo es naranja, mezclado con delgadas líneas de azul claro, inmaculado, monótono. Y el viento, constante, seco, tibio, caliente, tibio. Apenas unas pocas nubes, ubicadas muy alto, sedientas de agua, pero repletas de ácido sulfhídrico, se materializan allí arriba y juegan a moverse con el viento incesante e incansable.
Imagino que a lo lejos algo se mueve, una especie de vehículo que trae a alguien, que trae novedades.
Pero no. Allá afuera no hay nada. Me siento sola.

Continuará…


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