Página de cuento 814

La Historia – Parte 12


Por Carlos Alberto Nacher
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Anoche me quedé un rato después de la hora habitual de finalización de tareas y, como acostumbro últimamente, salí al exterior una vez más. Afuera no hay nada, pero una fuerza interior me obliga a salir, imaginando que me voy de este refugio, y que camino hacia el vacío del desierto sin ningún sentido y a la búsqueda de algo que desconozco. Es algo así como lo que hago todos los días, tratando de descifrar textos antiguos, con muy poca luz que los ilumine. Algo así siento, me estoy mimetizando con el trabajo, con la Ave investigadora, que le quita el sueño a la Ave soñadora. Pareciera que la ciencia poco a poco va cercenando mi capacidad creadora, mi inclinación natural a soñar, a pensar en mundos o situaciones inexistentes, salvo en mi mente. Creo que, de tanto clasificar lo ficcional de lo científico, lo falso de lo real, me estoy convirtiendo precisamente en eso: en una escritora de ficción, al menos con el pensamiento, sin intentar plasmar esto que imagino en un escrito, como lo hacían tan fácilmente y con tanta libertad los antiguos.
Sin embargo, súbitamente, de repente, como en un ensueño, me encuentro escribiendo esto que viví anoche, afuera. Hacía calor, como siempre, pero la luna estaba clara y apacible. El cielo, oscuro con un tinte a veces negro, a veces azul, dejaba ver las constelaciones, todas registradas en un texto encontrado hace un tiempo. La fascinación por el universo acompañó a los humanos desde tiempo inmemorial, y su interpretación dio lugar a ideologías, religiones, supersticiones, leyendas y un sinfín de acerbo cultural que fue perdido, enterrado por la Gran Devastación. Hoy aprendí, gracias a ellos, los secretos de las estrellas. Pero, me pregunto ¿Será posible llegar a la Luna? ¿Se podrá inventar, alguna vez, una nave mágica que atraviese el espacio? No hay nada al respecto en los hallazgos, pero mi espíritu de mujer no me permite perder las esperanzas de viajar. Por el momento, nosotras sólo tenemos vehículos terrestres, los Tluaners, que se desplazan rápidamente sobre la superficie del planeta y que cuentan con un sistema inteligente de movimiento que les permite sortear obstáculos sin necesidad de ser manejados. Pero sólo se utilizan para los destierros, cuando alguna mujer contradice a la Madre Superlativa y ésta se ve en la triste obligación de desterrarla, de enviarla a alguna parte desconocida donde, seguramente, la espera la muerte. Dramático es el destino de aquellas que se rebelan e intentan alterar el sagrado orden de la Madre. Hasta el momento, son muy pocas las que lo hicieron y fueron eyectadas de la tribu en los Tluaners, aún recuerdo a Adnanref, que fuera castigada con el destierro por cuestionar la obligación de nuestra vida sin amor. Ella me había confesado su amor hacia mi. Yo, por supuesto, no dije nada, no la delaté, pero la Madre Superlativa se enteró de alguna manera (sospecho de Anilorac) y ordenó el peor de los castigos para Adnanref. La ataron mientras suplicaba, mientras imploraba ser perdonada, pero entre nosotras, el perdón no existe. Nunca podré borrar de mi mente su rostro mirándome, a través del vidrio del Tluaner, sus ojos llorando, su boca diciéndome en silencio “Adiós”. El vehículo arrancó, y en segundos se perdió en el horizonte ocre.
Durante aquel sol, por primera vez experimenté la sensación que los antiguos, según vengo a descubrir ahora, llamaban angustia. Me quedé un largo rato mirando la estela de polvo del Tluaner, que muy lentamente, a falta total de viento, se disipaba en el aire, como si quisiera prolongar la despedida.
De vez en cuando la recuerdo a Adnanref, su sonrisa diáfana, su actitud despreocupada, su optimismo incondicional. Quizás todo eso la condenó al destierro, quizás no estamos preparadas para reconocer lo bello.
Continuará…


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