MISTERIOS DEL UNIVERSO

Un fósil olvidado resolvió un crimen de hace 13 millones de años


El Diario | Contra Tapa

Durante 15 años estuvo oculto en un cajón, a la espera de ser redescubierto; un fósil antiguo que reveló una escena de cacería prehistórica, una lucha que tuvo como protagonistas a uno de los depredadores más grandes que hayan existido después de los dinosaurios y un perezoso gigante hace 13 millones de años en Sudamérica.
En octubre de 2004, un equipo multidisciplinario de científicos emprendió una campaña desde la ciudad ecuatoriana de Coca hasta Iquitos en el nordeste de Perú. “Fue entonces cuando hallamos en un sector del Río Napo varios restos fósiles”, cuenta el paleontólogo François Pujos del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales de Mendoza.
“Entre ellos, había una tibia”, añadió el científico, pero el hueso estaba muy fracturado. Para proteger este y otros fósiles y rescatarlos del campo, los paleontólogos los envolvieron con capas de tela embebida en agua y yeso y los trasladaron al Museo de Historia Natural de Lima. “Por entonces -recuerda Pujos- no pensé que aquel hueso suelto pudiera tener tanta importancia”.
Aquel envoltorio blanco permaneció en un rincón del laboratorio durante más de una década sin que nadie le prestara atención hasta que recientemente un técnico del museo se fijó en él y decidió inspeccionarlo. Ni bien comenzó a limpiar el fósil, advirtió extraños cortes. “Aquí hay algo raro”, le comentó a Pujos con sorpresa.
Fue entonces cuando el paleontólogo se dio cuenta; se trataba de los restos de la pierna izquierda de un perezoso terrestre -un mamífero extinto- que tenía un detalle único: 46 marcas de dientes de uno de los caimanes más grandes que vivió en la Tierra, el Purussaurus.
“Es la primera vez que se han encontrado indicios de depredación de un Purussaurus sobre un mamífero”, cuenta el científico, cuya investigación se publica hoy en la revista Biology Letters de la Royal Society de Londres. “El hallazgo es bastante raro. Ninguno de los miles de restos de especímenes de mamíferos encontrados en la Amazonía exhiben marcas de este tipo”.

Registro del ataque

Hace 13 millones de años en el noroeste de América del Sur se extendía un enorme mar interno. Conocido como Sistema Mega-Humedal de Pebas, formaba un pantano que ocupaba un tercio del continente sudamericano, casi 1.000.000 km². Había allí también islas, en las cuales mamíferos herbívoros de por entonces como gliptodontes y perezosos gigantes convivían en permanente lucha con varios depredadores siempre al acecho.
“En especial, había un gran monstruo: el depredador terrestre más grande después de la extinción de los dinosaurios, el Purussaurus”, señala Pujos. “Poseía un cráneo ancho y grande como el del Tyrannosaurus rex”.
Los científicos estiman que habitó en América del Sur hace entre 13 y 6 millones de años, durante la época conocida como Mioceno. Algunas especies de Purussaurus llegaban a medir hasta 10 metros de longitud.
Aunque se han encontrado desde el siglo XIX fragmentos fósiles en Brasil, Perú, Colombia y Venezuela, aún hay mucho que no se sabe de este llamativo animal.
Los paleontólogos suponían que estos depredadores comían tortugas acuáticas gigantes, bagres y mamíferos, pero la evidencia física es extremadamente rara. El Purussaurus era tan grande que trituraba los huesos de sus presas, digería prácticamente todos sus cuerpos y dejaba pocas marcas.
“Con este hallazgo tuvimos la suerte de encontrar las huellas de depredación de un caimán de esta especie que devoró un Pseudoprepotherium, un perezoso adulto de 78,5 kg, el equivalente a un gran carpincho o capibara”, dice el paleontólogo. “La tibia es uno de los huesos más resistentes y guardó el registro del ataque. Fue un verdadero crimen”.
Tras analizar las dentelladas, la dirección de las marcas y la distancia entre ellas en el fósil y compararlas con las formas de los dientes de los depredadores de aquella época y región, Pujos y su colega, el paleontólogo peruano Rodolfo Salas-Gismondi —especialista en evolución y anatomía de cocodrilos y coautor del estudio— identificaron a su autor, así como su modus operandi: las marcas son consistentes con los dientes robustos y de forma cónica de un Purussaurus juvenil, de unos cuatro metros de longitud, similar en tamaño al caimán negro adulto actual.
“Creemos que el caimán atacó al perezoso desde atrás. Seguramente lo tiró al agua”, revela Pujos. “Algo parecido a como hoy atacan en África los cocodrilos a mamíferos grandes, como cebras, antes de arrastrar a su presa a las aguas del Nilo”.
Este descubrimiento de la Amazonía peruana proporciona una especie de fotografía inusual de las preferencias dietéticas de estos depredadores: revela por primera vez que antes de alcanzar su tamaño XL, los individuos jóvenes tenían un régimen alimentario distinto al de los Purussaurus adultos. En lugar de comer animales grandes y acorazados, se alimentaban de mamíferos terrestres de menor tamaño. “Eran animales más oportunistas”, advierte el investigador. “Aguardaban para atacar”.

Auge y caída de un depredador

El Purussaurus, cuyo nombre fue asignado por el botánico brasileño João Barbosa-Rodrigues en 1892 y significa “reptil del Río Purus”, era un depredador descomunal. Una hipótesis de su gigantismo sugiere que las altas temperaturas le habrían permitido crecer hasta superar los 10 metros de largo, casi como un autobús.
“El Purussaurus fue el depredador no marino más grande que existió en el planeta después de la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años”, indica Salas-Gismondi, investigador del Laboratorio de Biogeociencias de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. “En el mundo moderno no existen especies que superen los 5 o 6 metros de longitud, por lo que la evidencia fósil es el único medio para saber de qué se alimentaban cuando llegaban a ser gigantes. Lo que hoy es la región amazónica debe de haber sido en el pasado un lugar increíble”.
También es probable que el ecosistema en que vivió este animal —un ambiente rico y diverso en recursos, así como estable por millones de años— le proporcionaba la suficiente comida y espacio para desarrollarse. Necesitaba ingerir más de 40 kilos de carne por día, 20 veces más que los caimanes y cocodrilos actuales.
Para eso se valía de sus fuertes dientes. En una investigación publicada en 2015, el paleontólogo brasileño Tito Aureliano estimó que la mordida de la especie Purussaurus brasiliensis era dos veces más poderosa que la del T. rex: el animal podía ejercer una presión de hasta 11,5 toneladas, 20 veces más que la de un tiburón actual.

Dieta de tortuga

Uno de sus alimentos preferidos eran las tortugas enormes. En el Museo de Historia Natural de Lima se exhibe un caparazón de tortuga fósil descubierto en Iñapari, Amazonía peruana y que tiene unos 9-8 millones de años. “Mide 1,3 metros de longitud, pero lo interesante es que en vida la tortuga habría perdido casi 60 cm de caparazón, incluida la pata posterior izquierda”, cuenta Salas-Gismondi. “El único animal capaz de haber hecho algo así fue un Purussaurus gigantesco. Esta era la única evidencia de las preferencias alimenticias de Purussaurus antes de nuestro descubrimiento”.
El reinado de este depredador, sin embargo, en un momento comenzó a declinar. No se sabe bien cuándo se extinguió, pero probablemente sucedió al fin del Mioceno, entre hace 7 y 5 millones de años.
El surgimiento de las cordilleras del norte de Sudamérica —los protoandes— hace alrededor de 12 millones de años marcó el comienzo de su fin. Aquel evento remodeló lentamente el paisaje: poco a poco, los megahumedales desaparecieron en la Amazonía. Lagos y ensenadas fueron reemplazados por ríos y la temperatura comenzó a descender.
“En los últimos millones de años el planeta ha sufrido un proceso de enfriamiento constante”, explica el paleontólogo peruano. “Es probable que incluso en la región amazónica se hayan acentuado las diferencias estacionales en la temperatura cada año. El Purussaurus y otros cocodrilos gigantes podrían haberse visto más afectados que otros de menor tamaño por esta marcada estacionalidad. No lo sabemos con certeza, pero posiblemente el descenso de la temperatura en la estación fría empezó a ser acumulativamente menos favorable para las especies gigantes que tardaban cada vez más en reproducirse”.
Los fósiles son la única ventana a este pasado lejano. Muchos de sus secretos aún aguardan ser descubiertos en las profundidades de la selva amazónica.


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