Al soñar, despierto


*Por Gabriela Pereyra

El joven Édgar se encuentra tendido en una cama desaliñada y desprolija, la habitación huele a tabaco y alcohol, boca arriba, en su mano izquierda, oprime una bola de acero. Y espera. Aún no llega, pero se aproxima. Se ha dormido, y de su mano cae la bola de acero golpeando el piso.

Despierta. Acomodando sus cabellos revueltos y apretando con las manos sus sienes, como si eso evitara que alguna idea escape, busca presuroso una pluma y anota en un papel compulsivamente las ideas que acaban de descender de su microsueño. Puede ser cualquier noche de ensueño, entre 1827 y 1849, en Estados Unidos, donde vivía.

Unos años más adelante, cercanos al Estados Unidos de 1875, es Thomas quien repite la misma posición. Se encuentra en una cama dispuesto a descansar, el mismo detalle está en su mano, una bola de acero que sostiene mientras se queda dormido. La bola se desliza de su mano y choca contra el piso.

Thomas despierta, con calma anota lo que recuerda de ese momento previo, metódico y constante, sabe que allí hay algo más pero que solo el esfuerzo, la prueba y error le darían la clave.

Nikola es joven, se encuentra en París en 1881, a los 3 años se obsesionó por comprender los fenómenos eléctricos, cuando al acariciar un gato sintió chispas en sus manos, no se detendría hasta el final de sus días.

Hasta la cama de su alcoba ha llegado provisto de una bola de acero, se recuesta sosteniéndola en su mano. Su respiración se vuelve más profunda y Nikola simplemente duerme.

La bola cae, el ruido lo despierta y en una escena que ha repetido varias noches, corre hasta la mesa, toma pluma y papel y anota lo que viene a su mente.

Es 1929, Salvador se encuentra en lo que parece España. Hace tiempo ha decidido que no vino al mundo a pasar desapercibido. Sentado frente al espejo, arregla un poco su particular bigote y sonríe. Toma la bola de acero y se dirige a su cama a recostarse.

El cansancio del día ajetreado le juega a favor y duerme.

La bola se desliza por el borde de la cama hasta el suelo y el estruendo que hace lo despierta. Salvador toma lápiz y papel y dibuja sin parar hasta que las imágenes paran. Luego vuelve a repetir la secuencia varias veces. Finalmente descansa.

La forma en que estas situaciones sucedieron son fruto de la imaginación, pero el denominador común: la bola de acero, no lo es. Tanto Édgar Allan Poe, Thomas Alva Edison, Nikola Tesla y Salvador Dalí compartían esa fascinación por navegar en lo onírico como puerta a lo creativo, a la chispa de la idea, a poder encontrar allí o acallar lo que el ruido mental o cotidiano no permitía acceder. Recorrer las obras e influencias de estos gigantes, cada uno en lo suyo, es suficiente para entender que se trata de mentes creativas, más o menos atormentadas por sus historias y sus egos.

Desde siempre entender qué se sueña, por qué se sueña y cómo se sueña ha inquietado a las personas comunes y más aún a los científicos. El misticismo tampoco se quedó afuera de estos intereses. Hasta el azar ha recogido el guante asignando numerología al tipo de sueños. Y por supuesto, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, dedicó parte de su vida a interpretarlos.

Un grupo de científicos del MIT creó el proyecto Dormio. Con Dormio se moderniza la técnica de la bola de acero, utilizando un sistema de seguimiento de la etapa de reposo y la retroalimentación auditiva en las transiciones de la etapa de sueño. El objetivo es estudiar el período comprendido entre la vigilia y el sueño profundo, conocida como hipnagógica.

“Cisnes que se reflejan como elefantes”, por el pintor surrealista Salvador Dalí. 1937
En la última versión de Dormio, estas señales provienen de la mano, donde se pueden recopilar datos sobre la pérdida del tono muscular, los cambios en la frecuencia cardíaca y los cambios en la conductancia de la piel. Cuando esas bioseñales indican el final de una etapa de transición, se activa el audio del robot social, y esa persona cae un poco hacia la vigilia, pero no completamente.

Se utiliza esta señal de audio como un protocolo de inicio, haciendo este ligero despertar con palabras simples (como ‘tenedor’ o ‘conejo‘), en los sujetos de prueba, esas palabras entraron de manera confiable en los sueños hipnagógicos como contenido de sueño.

Después de este ligero despertar, se inicia una conversación sobre el contenido de los sueños con los usuarios a través del robot social Jibo y se registran las ideas útiles. Luego de esta conversación, el sistema permite a los usuarios volver a dormir, interrumpiéndolos nuevamente cuando sus señales biológicas parecen indicar otra transición hacia un sueño más profundo. Dormio es puente a futuras investigaciones sobre el sueño, un estado mental subutilizado y poco estudiado, vital para la memoria, el aprendizaje y la creatividad.

¿Si pudieras manipular tus sueños para volverte más creativo, disminuir los efectos de un trauma, o simplemente soñar con guion propio, lo harías?

*Gabriela Pereyra: Periodista y autora en La Opinión de San Luis


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