Página de cuento 805

La Historia – Parte 3


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
[email protected]

Mientras pienso en todo esto, mi curiosidad femenina, mi femenina y aguda inteligencia no me da tregua y me obliga, a cada momento, a seguir con mi tarea, a imaginar, si se quiere, pero siempre basada en la ciencia, el significado de aquel texto, la GH-27, atribuido a Miguel de Cervantes Saavedra.
Por un lado, es seguro que La Mancha refiere a un lugar geográfico, no sabemos dónde. Tampoco hay referencia acerca de la fecha en que esto fuera escrito.
El autor, por su parte, refiere a “no querer acordarse” de su nombre, algo inusual, que contradice toda inquietud propia del investigador que es, obviamente, querer acordarse de todo.
– Querer acordarse es lo pragmático, lo científico. No querer acordarse es, en cambio, lo hipotético, lo poético. Peor aún: incluso más poético que no querer acordarse, es querer olvidar. ¿Vamos a la fiesta?
Con esas palabras me interrumpió Atram, desde la puerta de mi recámara. Sonreí, dejé para más adelante interpretar frases tan extrañas como lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco, puse a descansar mi hemisferio cerebral derecho y la seguí hasta el loby del laboratorio. Era hora de tener un momento de relajación, de dejar de recordar y entregarnos a una celebración con reducida actividad cerebral.
Estaba apagando las luces del laboratorio, cuando, como de casualidad, apareció en mi escritorio un párrafo de un libro escrito hace más de 2000 años por una tal Mary Shelley. Mi mente científica, una vez más, superó mi necesidad de olvidar las investigaciones por un momento.
Se trataba de una escritora, una mujer, y sabíamos que había escrito la documentación de un procedimiento antiguo para dar vida a partir de métodos no naturales. Le llamó Frankenstein, en homenaje a quien, al parecer, había sido el primer ser humano creado a partir de un procedimiento científico, algo similar, en lo conceptual, no en lo tecnológico, a nuestro sistema de fecundación “artificialis in naturale eius debent” , método a través del cual logramos embarazar a la mujer sin contacto con un hombre (no hay hombres en nuestra comunidad) e inclusive manipular los genes para definir de antemano el sexo de la entidad que nacerá (que en nuestro caso siempre será femenino).
Sentí un escalofrío. Esta mujer nos había descubierto, de alguna forma, más de dos mil años antes de nuestra existencia. Sin duda se trataba de una visionaria.
Pero lo que nos queda, al final de todo, es que nuestras ancestras ya conocían estas técnicas de fecundación.
Sin embargo, el texto que tenía en mis manos refería a otra cosa: una especie de consejo, o de reflexión.
El texto decía: “Nada contribuye a tranquilizar la mente como un propósito firme, un punto en el que pueda el alma fijar sus ojos intelectuales”.
Esta frase, por sí misma, escondía todos los objetivos de mi propia vida. Mary Shelley era yo misma, y me juré seguir hurgando entre estos escombros añosos y no detenerme hasta encontrar lo máximo posible de su obra.
De pronto, en la cuasi oscuridad, Atram me tomó del brazo y me obligó suavemente a dejar el trabajo y acompañarla a ella a la fiesta. Me dejé llevar, es decir, dejé que mi cuerpo la siguiera, mientras mi mente seguía embelesada en las palabras de aquella antiquísima mujer.
Continuará…


COMENTARIOS

Comments are closed.