“Ese muerto no soy yo”: El morbo en la comunicación y la vida cotidiana


El Diario | Contra Tapa

Por Vanina Botta*, Christian Kleinhempl**

El término “prensa amarilla” fue acuñado a finales del siglo XIX, cuando los periódicos New York World y New York Journal libraron una auténtica batalla periodística por el protagonismo dentro de la sociedad.
Los propietarios de ambos medios, Joseph Pulitzer y William Randoph Hearst, fueron blanco de otros medios que los acusaban de engrandecer y exagerar noticias para incrementar sus ventas; claro, cuando la comercialización de los periódicos de papel todavía constituía la mayor ganancia en términos económicos. También, ambos medios fueron señalados como responsables de pagar por noticias exclusivas, en una carrera por la “primicia” que murió hace no muchos años, podríamos decir en 2006 a partir de la aparición de Twitter.

¡Cobardes!

“Yellow”, palabra del idioma inglés, significa “amarillo” en su traducción al español, pero también es utilizada para describir algo o alguien como “cobarde”. De allí que ambos medios fueron acusados de “amarillos” o “amarillistas”, aunque otras versiones también ligan al término con la aparición de la historieta de “El Niño Amarillo” en dicho contexto.
Al día de hoy, el “amarillismo” es utilizado para distinguir al periodismo considerado serio, de aquél entendido como sensacionalista.

La muerte en cámara

En Argentina, el sensacionalismo tuvo varios episodios protagónicos durante las últimas décadas, principalmente en el ámbito televisivo. Como ejemplos de aquél desbarajuste entre la ética y la necesidad de informar (o sobreinformar), podemos citar las imágenes de los civiles y militares muertos, hace más de tres décadas, tras el enfrentamiento en el cuartel de La Tablada, en Buenos Aires.
Otra lamentable exposición tuvo lugar cuando las cámaras de Crónica TV dedicaron casi toda su programación de la tarde a una entrevista realizada a Mario Oscar “El Malevo” Ferreyra, un represor que amenazaba con suicidarse, subido al tanque de agua de su casa en la localidad de San Andrés, partido de San Martín; y que finalmente terminó concretando.
“Se pegó el balazo”, anunciaba en letra capital el canal de televisión, que registró aquél 21 de noviembre de 2008 uno de los picos de audiencia más altos de su historia.

Un caso “bisagra”

Otro capítulo aparte merece la investigación policial tras la desaparición de la familia Pomar, ocurrida casi un año después cuando Fernando, su esposa Gabriela y sus hijas menores, Pilar y Candelaria, se dirigían a bordo del automóvil familiar desde José Marmol hacia la localidad de Pergamino, en Buenos Aires.
A pesar de que los cuatro habían perdido la vida en un accidente a poco de salir de su casa, fueron 24 los días de angustia para sus familiares, y de suspenso para los televidentes, que comenzaban a indagar en las distintas vértices de un caso tan enigmático como sencillo en términos de linealidad.
Seis hipótesis invadieron la pantalla: que estaban fuera del país, que habían escapado porque tenían deudas, que habían sido secuestrados, que los habían asaltado, que se habían accidentado y que el padre de familia, Federico Pomar, había asesinado a toda la familia.

Sangre en la marea

Con permiso del lector, vamos a detenernos en esta última posibilidad, donde el periodismo “yellow” utilizó la mecánica del gran tiburón blanco, que es capaz de oler una gota de sangre dentro de una piscina olímpica.
Los testigos pasivos de la causa (lectores/oyentes/televidentes), observaban con detenimiento los dibujos realizados por las hijas del matrimonio: bocetos realizados con lápices, fibras y crayones que eran analizados para determinar si escondían algún mensaje descifrable para la psicología: y en última instancia, determinar si el padre tenía una conducta abusiva hacia sus hijas, lo que explicaría alguna de las seis hipótesis.
“Están todos bien, caminando sobre un prado”, advertía una vidente.

Entretenimiento extremo

En su ensayo “La Prensa Amarilla en América Latina”, publicado en la Revista Latinoamericana de Comunicación CHASQUI, el comunicador Sandro Macassi Lavender se refiere a algunas de las características del lector o televidente de este tipo de periodismo “amarillo”, indicando su “gusto por el entretenimiento extremo por encima de la veracidad” y los “enfoques trasgresores, sin reparar en aspectos éticos, morales o de valores; de allí el gusto o la tolerancia frente a la crónica roja, el uso del cuerpo de la mujer como objeto y la escasa preocupación por la estricta veracidad de los hechos”.

La pornografía de la muerte

Actualmente, buena parte del material que suele nutrir a la prensa “amarilla” en cuanto a la violencia que se muestra en la pantalla, o a la sangre vertida sobre el papel, suele ser rechazada por los consumidores de medios de comunicación, principalmente en lo que refiere a temáticas de género: el asesinato de una mujer ya no sólo dejó de concebirse como una “muerte con estilo” o “erotizante” en el cine, sino que también se han dejado de lado varios términos utilizados por la prensa como el “crimen pasional” y la costumbre de exponer sólo la foto de la víctima y no la del victimario, en caso de que lo hubiera. En definitiva, el denominado “morbo” ha dejado de sucumbir en los circuitos donde se comunican cuestiones de género, aunque todavía persiste el interés de los lectores, oyentes, televidentes y vamos a agregar “internautas” por hacer “clic” en aquella noticia, foto o enlace que promete una sola cosa: mostrar la muerte como un bien que puede ser consumido. Pero, ¿cuál es el mecanismo que empuja al espectador, en pleno siglo XXI y donde la Humanidad parecería ya haberlo visto todo, a satisfacer su morbosidad, aunque sea a la distancia?

Nace el morbo

Disminuimos la velocidad en la ruta cuando hay un accidente, queremos ver cuando hay una pelea en la calle, miramos imágenes que no queremos ver, miramos la escena del cadáver tirado en la vía publica con el charco de sangre a su alrededor, prestamos atención al sufrimiento, al dolor, a la humillación del otro, leemos la noticia del cruel y sanguinario asesinato, escuchamos una y otra vez el relato de una violación, escuchamos que alguien tiene cáncer o alguna enfermedad.
Que el ser humano se siente atraído por el morbo es un hecho y la cobertura mediática de ciertos sucesos lo demuestran. Pero… ¿por qué queremos ver o saber algo macabro, desagradable o incorrecto? Repetimos mil veces que no nos gusta el sensacionalismo, el morbo o la prensa amarilla; sin embargo, no somos capaces de dejar de mirar. El morbo forma parte de la curiosidad en general.

“Ese muerto no soy yo”

Quizás el “morbo”, esta necesidad de ver, sentir, oír o interactuar con lo socialmente prohibido, tal vez esa fuerza que nos impulsa a entrar en contacto con “eso”, sea una tendencia que todos/as poseemos, unos en mayor medida que otros. Podría ser una fuerza que nos impulsa a entrar en contacto con eso y a experimentar cierto placer al hacerlo. En principio, los seres humanos tenemos algo en común y es la condición humana de finitud, es decir, la muerte al igual que la sexualidad son temas tabú y que nos atraen. “Ese muerto no soy yo”, “ese enfermo no soy yo”.

Neurotransmisores

Es que la curiosidad activa el sistema de búsqueda, placer y recompensa del cerebro y se moviliza la dopamina, un neurotransmisor de este sistema. La curiosidad es automática, está en nuestro ADN. Nacemos con curiosidad sobre tantas cosas. Somos hombres y mujeres emocionales, además de mortales, esto nos lleva a plantear que las situaciones morbosas y la curiosidad activan pasiones muy primarias. El ser humano se mueve por su necesidad de sentir emociones.

Tensiones

El cerebro responde automáticamente a imágenes o noticias de impacto disparando grandes dosis de adrenalina, esto hace que los músculos se tensan, la respiración se acelera, aumenta el ritmo cardiaco, se dispara la alerta… Hasta que la información a la corteza cerebral (es la parte racional del cerebro) y logra tomar el control y advierte: “Esto no supone peligro para mí”. Entonces, llega el alivio. Los músculos se relajan y la respiración se normaliza, y con el alivio, se dispara así una gran cantidad de dopamina que es el neurotransmisor asociado al placer y bienestar. Es el neurotransmisor involucrado en las adicciones. Ese estado de activación y posterior relajación, produce un efecto muy estimulante y casi adictivo.

Complejidades

Concluimos así que el morbo genera reacciones simultáneas de rechazo y atracción. Sí, realmente la mente humana es compleja, fascinante y a veces contradictoria. El morbo y el sensacionalismo están en todas partes. En la publicidad, el trabajo, entre los amigos; cada vez que se habla de la vida de otros, cuando nos enganchamos a imágenes de sufrimiento y muerte. Quizás, en el fondo, todo esto nos recuerda que somos humanos, ¿no? Una pregunta un poco más difícil de responder.

*Psiquiatra, integrante del Cuerpo Médico Forense – Puerto Madryn
**Periodista – Puerto Madryn

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