HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

¿Quién nos entiende? – Parte I


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Es una mentira atroz eso de que todos hablamos el mismo idioma, burda patraña que el castellano nos aúna con nuestros hermanos latinoamericanos y nuestra madre patria. Y el primer indicio de esta terrible farsa la tenemos los padres cuando nos toca leer el primer cuentito a nuestros hijos cuando no quieren dormirse. Uno toma estos libritos con la mayor naturalidad, sabiendo que a pesar de nuestra proverbial dificultad para entonar dos frases armoniosamente, un cuento para niños de dos años no podrá enfrentar dilema alguno. ¡Error! Error, caro lector, desde la caída estrepitosa de la industria editorial argentina muchísimos de nuestros libros están traducidos e impresos en España, y nos traerán las siguientes sorpresas… El niño no se duerme y arrancamos con el texto que tiene una oración por página. El librito parece inocente, se llama “¡Qué ruido!” y mi santa esposa me dice que es infalible para tranquilizar a las fieras. Primera frase: “¡Hay que ver qué ruido con las tapaderas!”, leemos en voz alta y miramos alternativamente extrañados la palabra “tapadera”, el dibujo de una nenita con haciendo un piquete en una cocina y la cara desconcertada de nuestro hijo. “¡No, tenés que leer ‘tapas de las ollas’ en vez de ‘tapaderas’!”, me grita mi peor es nada desde el living. Mecachis, que ganas de confundir a la gente. Prosigamos. “Los gatos maúllan todos a la vez”, bien, sin inconvenientes, nuestro hijo comienza a recuperar la confianza en su padre. “Menudo portazo”, ¿menudo portazo, ¿quién habla así? Aunque poner “portazo del carajo” en un libro de chicos tampoco hubiera sido muy conveniente. “¡Qué ruido de avión!”, no es la construcción gramatical que más me satisface, pero tampoco está mal. Nuestro hijo ya va entrando en etapa beta. “Y esta aspiradora sí que arma follón”. A la miércoles con todos los esfuerzos, el púber volvió a abrir los ojos y mira desconcertado. Desde la sala se escucha el grito: “¡No, tenés que decir ‘sí que hace ruido’!”
Ok, uno renuncia al emprendimiento mentando a todas las madres de todos los traductores de todas las provincias de la península ibérica. Es que nos podrán decir que todos hablamos la lengua de Cervantes, pero el Manco de Lepanto crepó hace una punta de años y en ese tiempo nosotros nos propusimos, con notable éxito por cierto, alterar tanto nuestro idioma que si cruzamos la frontera de nuestra ciudad ya estamos en riesgo de no entendernos con nuestros vecinos. Sino dígame usted, atento lector, qué quiere decir chuflines, sí, sí, chuflines.
Cuando llegué a Madryn me desayuné que se trataba de las gomitas para el pelo, más tarde fui aclimatándome a que a la cinta scotch se la llamara cintex, que una persona agreta es áspera y que la trincheta es cúter. Y así seguro se puede hacer una gran lista de equivalencias, logrando un verdadero diccionario madrynense-porteño/porteño-madrynense. Pero el asunto no es sólo con estas ciudades, cada pueblo tiene sus propios modismos, y ni qué decir si hablamos entre países, que es donde realmente se ven los pingos en la cancha.
Es que eso del castellano universal es una utopía, más cercana al olvidado esperanto que a una realidad de relaciones carnales. Si no veamos algunos ejemplos, querido lector, que nos darán una visión más amplia de este desatino.
Arranquemos con un vocablo inocente como “pico”, que en nuestro país se usa tanto para la boquita de los pajaritos o para ese beso que le robamos a nuestra novia de cuarto grado. Pero en España tiene un uso un tanto menos feliz, refiriéndose a las inyecciones de heroína. Y no le cuento en Chile, que si le pide un pico a alguien va a terminar mal, muy mal, se lo aseguro.
El término “palo” también nos va a dar más de un dolor de cabeza si la idea es viajar por Hispanoamérica. En Argentina, Uruguay y Chile, se trata de un millón de pesos, en Perú también va por el lado monetario, son mil soles, en Panamá igual. En España quiere decir que algo es sumamente aburrido, en Venezuela y Puerto Rico es un vaso de bebida alcohólica, pero en México y Cuba es la unidad del acto sexual. O sea, no es lo mismo echarse un palito en Puerto Rico que en Acapulco, se lo garantizo.
Perra en cualquier lado es la señora del perro, pero en España también con esta palabra se refieren a los enojos, de esta forma si nuestro hijo se agarró una perra tremenda será posiblemente porque no quiere comer los espárragos. En cambio, en Honduras se refieren con perra a los cuentos estrafalarios, a esas historias que no se las cree nadie. En Ecuador significa el malestar físico que deviene de las borracheras, nuestra criolla resaca. Y en Perú, ¡mal olor de pies! ¿Ahora me entiende fiel lector, cuando le digo que acá cada uno habla como quiere y si es posible que nos entendamos es por obra y gracia de la buena voluntad que le ponemos?
Prometo la semana que viene traerles más de estas delicias jergales que hacen de nuestro idioma una verdadera Babel. Hasta el próximo sábado.

Nota del autor: Datos extraídos de la página web http://www.jergasdehablahispana.org


COMENTARIOS

Comments are closed.