CASA ROSADA

Las dificultades de Alberto Fernández para comunicar su gestión


El Diario | Opinion

Por Walter Schmidt

No hay una estrategia de comunicación política ni funcionarios o dirigentes que construyan un mensaje o repliquen anuncios que muchas veces vienen del cristinismo y terminan en la nada.

Un axioma de la política afirma que para gobernar se necesitan tres cosas: un plan estratégico, el reparto del poder y una estrategia para comunicar. La gestión de Alberto Fernández no reveló aún el Plan que él dice tener; el reparto del poder lo hizo con clara ventaja para Cristina Kirchner; y tiene un déficit con la comunicación política.

Una versión aggiornada de Jean Marie Cotteret es que la comunicación política es un intercambio de información entre los gobernantes y los gobernados, a través de canales de transmisión estructurados (los medios tradicionales) e informales (las redes sociales) . Es “la posibilidad de hacer que los demás hagan suyos los mensajes que reciben de quien los envía”, afirma.

“Hay un fuerte déficit en la comunicación del Gobierno porque está recostada en la comunicación de Alberto Fernández y Alberto a veces es muy lúcido y en otros casos no, como con Vicentin que no se entendía muy bien de qué se trataba”, reflexiona Hugo Haime.

De hecho, el mensaje del Presidente del viernes acerca de la cuarentena fue grabado, evitando preguntas y mensajes confusos. Sin embargo, alimentó la incertidumbre. En ningún momento dejó vislumbrar como será la salida de la cuarentena; pero tampoco de la dura crisis económica que azota a miles de personas a quienes no llega la ayuda oficial, que han cerrado sus comercios o pymes.

Una orden recurrente al gabinete es «habla Alberto, no habla nadie”, cuando se trata de temas relevantes, revela un funcionario. Esa carencia en la gestión no pasa por los equipos de prensa que diseña el Secretario de Comunicación, Juan Pablo Biondi ya que en comparación con la gestión macrista, la primera línea de voceros cuenta con profesionales de mayor experiencia y mejor trato con la prensa. El problema reside en la ausencia de una estrategia: qué funcionarios o dirigentes comunican, qué comunican y cómo lo hacen.

En Casa Rosada algunos ven un desprecio por el coaching, el trabajo sobre el mensaje o la puesta en escena, que vinculan con el macrismo, pero a la vez admiten que el gobierno anterior dejó “una vara alta en comunicación, sobre todo en redes”. “Hay cierta omnipotencia desde la política que lleva a subestimar la comunicación, más que desconocimiento es una confianza desmedida”, afirman.

Observan que en los primeros meses -incluso ya en pandemia- hubo aciertos como el discurso de la unidad, la conformación del gabinete incluyendo a Cristina y Sergio Massa, la presencia de los gobernadores, así como una postura de estadista de Alberto frente al virus y al hambre. Después vendrían los desaciertos.

Filminas con datos erróneos para comparar la evolución del COVID-19 con otros países que provocaron roces diplomáticos; un proyecto de impuesto a los ricos sobre el que el Presidente dio mensajes poco claros; o la prisión domiciliaria de presos en la pandemia que benefició a violadores y que el mandatario primero avaló, pero después de enterado de lo ocurrido, nadie en su nombre corrigió esa posición y terminó pegado.

Podría complementarse con los retos presidenciales a los runners porteños, “querían salir a correr, salgan, ahí están las consecuencias”, advirtió, cuando no había ningún dato que comprobara una explosión de contagios por esa actividad. O la falta de construcción de «el ejemplo», con el Presidente sin barbijo y en contacto con la gente, o Cristina Kirchner, de quien no hay registros de una foto con tapabocas.

Uno de los déficits es la ausencia de un círculo de respondedores oficiales. Néstor Kirchner –cuyo jefe de gabinete era Alberto- llamaba a 3 o 4 funcionarios o legisladores para ordenarles hablar con los medios de tal o cual tema. Macri se recostaba en Marcos Peña, quien digitaba cada día qué miembro del gabinete o legislador debía salir hablar, de qué y con qué argumento. A raíz de ello, en el Gobierno aseguran que vendrá “una etapa con más presencia de los legisladores y referentes porque es un error que como coalición esas voces estén calladas, porque justamente la fortaleza de la coalición es expresar esos matices”.

Uno de los mayores daños lo provocó el caso Vicentin. En primer lugar, la diputada cristinista Fernanda Vallejos había anunciando un proyecto de ley para que el Estado se quede con una parte de las empresas a cambio de la ayuda para pagar sueldos en plena pandemia. La idea rodó varias semanas sin que nadie la desacreditara, hasta que fue el Presidente el que en una reunión con la cúpula empresarial la sepultó. El problema fue que a los pocas días sus dichos perdieron credibilidad cuando anunció la expropiación de Vicentin.

Aquél anuncio mostró a un Alberto Fernández cabizbajo, que parecía anunciar una mala noticia. Que no sentó a su lado ni al ministro del área, Agricultura, Luis Basterra, ni a directivos de Vicentin ni al gobernador de esa provincia Omar Perotti. Pero si a una senadora de Mendoza –no de Santa Fe, donde tiene origen la cerealera-, Anabel Fernández Sagasti, que responde sólo a Cristina y a quien el Presidente le atribuyó la «la idea de la intervención y la expropiación del grupo». Como se dio por sentado que la iniciativa expropiadora era de Cristina, al día siguiente el Presidente hizo lo que no debe hacerse en estos casos. Enojado, salió a aclarar que “la decisión de Vicentin fue una idea mía, no de Cristina”.

En el Ejecutivo advierten que dentro de la coalición gobernante el cristinismo está más organizado comunicacionalmente e instala temas que después, quizás, el propio Gobierno termina desmintiendo. Pero hasta ese entonces, demuestra un poder que termina haciendo dudar quién manda.

Un funcionario cree que el problema reside en otro lado. El actual ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, a cargo de una cartera clave en la comunicación política de un Gobierno, no tiene contacto con los periodistas ni siquiera “off the record”. Sí muchas reuniones políticas. Pero tampoco habla con la prensa el jefe del bloque del Frente de Todos en Diputados, Máximo Kirchner. “Son dos cargos importantes que tenemos para el debate público pero que no realizan esa tarea”, esgrimen en Casa Rosada.

Es allí donde toma relevancia la figura del Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero. Un funcionario de enorme potencial, con apellido político ilustre y una interesante formación pero a quien, cómo es lógico, le falta ruedo. De hecho, está a cargo de gran parte de la administración y control diario del presupuesto y la recaudación. Y pasa innumerables cantidad de horas junto a Alberto en Olivos. Se descuenta que su voz va a tener cada vez más presencia.

También hubo otros anuncios que provocaron el enojo presidencial. Como la decisión del procurador del Tesoro, Carlos Zannini, de revocar un dictamen y habilitar que se le pague a Amado Boudou una pensión de más de $400 mil y que tenga derecho a reclamar unos $17 millones por el periodo en el que no le fue pagada. O la circular del Banco Central autorizando a beneficiarios de las indemnizaciones por las víctimas de la dictadura militar a acceder a dólares más baratos –sin pagar el impuesto del 30 por ciento- para girarlos a cuentas en el exterior. En ambos casos, no hubo ningún dirigente que en nombre del mandatario, saliera a cuestionar ambas medidas.

Para Haime, a diferencia de los gabinetes de Menem o Néstor Kirchner, el actual no es “un gabinete pesado” desde el punto de vista de los ministros, pero cree que el mayor problema es que “no queda muy claro hacia dónde va el gobierno, cual es la idea. Uno tenía claro hacia donde iba Menem, Néstor o Cristina”. Y recuerda que en la campaña “Alberto proponía, vamos a encender la economía y a terminar con la grieta y ninguna de las dos cuestiones las está cumpliendo, entonces no se sabe muy bien qué comunicar».


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