Página de cuento 800

Kachavara For Ever – Parte 43


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
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Sololuz Tenía una capa azul marino, un bastón largo con un acabado de alpaca en el mango. La cara y las manos estaban llenas de verrugas, chancros y granos llenos de pus. La nariz le sobresalía por sobre la capucha. Parecía un personaje salido de un cuento del famoso escritor tonguense Miroslav Ijoputienko Ramasanatra, quien no solamente creaba a los personajes, los estereotipaba y los hacía hablar, sino que en muchas ocasiones él mismo los encarnaba, con el objeto de darles vida real y así poder comprenderlos más desde una perspectiva puramente humana, sin el impedimento intrínseco del papel y la tinta que separa siempre al personaje del autor, sino fundiéndolos a ambos en uno solo, y así comprenderlo, entenderlo, amarlo, y finalmente dejarlo libre, liberado a su libre albedrío.
Ijoputienko, según cuenta la leyenda, había sido también un gran matemático, como la mayoría de los librepensadores de su época. Un artista en el arte de los números, un gran cinclifidador de fracciones, un groso en la resolución de cálculo de pertímetro y subrepticie sin coordenadas, un empedernido resolutor de funciones libidineales, locarrítmicas y expodemenciales, un experto en resolver límites, derivadas e integrales. Un ser íntegro, del que no derivaban límites algunos, el gran Ijoputienko.
Ijoputienko escribía todo el tiempo, incluso careciendo de lápiz y papel, de alguno de los dos, de ambos, o de ninguno. Escribía tautológicamente, lambisconeaba narraciones que, en ocasiones, se les ocurrían en medio de un cálculo matemático, como la trascendental “Parábola de la función cuadrática del matemático que no sabía contar”.
Esa inteligencia innata, natural, proverbial y espontánea, no le impedía ser un gran pelotudo el resto del tiempo en que no estaba imaginando estupideces sin sentido que no tenían ninguna utilidad, ni material ni empírica, ni real ni onírica, ni delincuencial ni jurídica, ni emocional ni raciocítrica.
Se cuenta que la esposa de Ijoputienko, una tal Sophie Liu, oriunda de una de las islas vivientes del Archipiélago de las Anastasias, mujer completa, muy hermosa, una loca divina del alma si las hay, estaba tan cansada, tan harta, tan repodrida de Ijoputienko y sus lucubraciones irracionales en la búsqueda del centro de gravedad permanente, que un día decidió, por despecho, entregarle sus favores sexuales a un repartidor de pizzas y empanadas que andaba por el barrio, de nombre Ahmad Osman, de quien se comentaban, en los corrillos del barrio, entre las matronas antiguas del lugar, grandes proezas. Así fue como el muy ladino se metió en la casa de Ijoputienko, con motoneta y todo, y al poco tiempo volaban, por la ventana del dormitorio matrimonial, pantalones, blusas, bragas, culotes, cocotes, zungas, empanadas de humita, de carne cortada a cuchillo, de jamón y queso, especiales de provolone, de rúcula con jamón crudo. Hasta la motoneta en marcha voló por la ventana. En fin, un festival de lujuria y libidonismo mezclado con alimentos clase B horneados con aceite común, mientras el abombado de Ijoputienko, sin enterarse de nada, seguía en el piso de arriba escribiendo cuentos oprobiosos y haciendo cálculos improbablemente pelotudos.
Una de las porciones de cuatro quesos le pego en el rodete a la vecina de enfrente, una tal Doña Lola Mardiz, que estaba baldeando la vereda con los ruleros puestos, y la muzzarella se le pegó entre los ruleros, mientras enfrente continuaba el festival de alaridos tortuosos, jadeos inescrupulosos y pegatinas políticas.
Y al mismo tiempo en que se terminaba de escribir toda esta monstruosa y antiliteraria disgresión, el Maestro Sololuz continuaba allí, parado frente a todos, con el bastón en alto en una mano y un frasco de mayonesa marca HellMans en la hotra (perdón, la jotra).
Continuará…


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