HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

La burbuja cenicienta


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
[email protected]

Allá por el año 1500 antes de Cristo, o sea, una punta en serio de años, Moisés, además de muchas otras enseñanzas, les habría dado a los israelitas leyes detalladas sobre la limpieza personal, relacionándola con la salud y la purificación religiosa y, entre ellas, que mezclando cenizas y aceite podían producir un tipo de gel capilar. A decir verdad, en estos días de cuarentena, más de uno debe tener los pelos bien apelmazados, si no es para salir en alguna videoconferencia.
Pero, fiel y atento lector, usted sabrá que los primeros griegos se bañaban, más que por limpitos, por razones estéticas y aparentemente no usaban jabón. Lo que hacían estos pro hombres de la filosofía universal, es limpiar sus cuerpos con pedazos de barro, arena, piedra pómez y, por supuesto, cenizas; después se untaban con aceite. Y para terminar se sacaban todo ese pegote inmundo con una especie de espátula metálica especial. No, si para rebuscados no tenían parangón. También usaban aceite con cenizas y lavaban la ropa sin jabón en los arroyos.
Es que el jabón aún no se había inventado, y eso de andar poniéndose porquerías en el cuerpo era la última moda de la zona, no se crea que eran asquerosos por decisión propia. Según cuenta una leyenda romana, el jabón se originó en el Monte Sapo, donde eran sacrificados los animales para los rituales religiosos. Si usted, querido lector, es de esos que se impresiona fácilmente, le aconsejo saltarse el siguiente párrafo, no diga que no le avisé. Parece ser que la lluvia, después de tantos rituales sangrientos, arrastraba una mezcla de grasa animal derretida o sebo y cenizas de madera hasta las orillas del río Tíber, donde las mujeres le daban a la ropa sólo con el agua que fluía. En eso una de ellas, un tanto descuidada, mezcló esa mezcla inmunda con la colada y se dio cuenta que ese barro era genial para limpiar las manchas de la última orgía, a la sazón, romana. De ahí a los ensolves verdes, sólo un paso.
Pero, como ya nos tienen acostumbrados los historiadores, nada es fácil como parece, porque si bien le adjudican a los romanos la invención del jabón a través de la ceniza, también hay quienes aseguran que fueron los antiguos germanos y galos quienes descubrieron la tan mencionada sustancia llamada jabón, hecha de sebo y cenizas, que usaban para pintarse el pelo de rojo. Parece que al quitársela les quedaba el pelo de lo más sedoso y manejable. Podríamos partir la diferencia y decir que los romanos inventaron el jabón y los germanos y los galos, el champú, ¿no? Toda una selección de la higiene corporal que le dicen.
Pero los que realmente se hicieron famosos por sus baños fueron los romanos, de eso no cabe duda, con sus fuentes y sus saunas y sus, por supuesto, baños romanos, que eran surtidos por sus también famosos acueductos romanos. Una industria sin lugar a dudas pujante, y acuosa. Pero fue recién hacia el año dos antes de Cristo cuando el médico griego Galeno recomendó el jabón para propósitos medicinales y de limpieza. El problema vino más tarde, después de la caída del Imperio Romano, que los acueductos, baños y otras yerbas pasaron al mejor recuerdo y los hábitos de limpieza declinaron como el mismo imperio y toda Europa se olvidó de los aceites, cenizas y jabones para terminar en un amasijo de mugre impensable para nuestros días.
Sin embargo, había lugares del mundo donde la limpieza personal seguía siendo importante, como en Japón, donde el baño diario siguió siendo una costumbre común en durante la Edad Media. O en Islandia, donde las piscinas calentadas con agua de manantiales hirvientes se habían transformado en populares lugares de reunión en las noches de sábado.
Afortunadamente para nosotros y para los fabricantes de jabones, perfumitos y champúes, a partir del siglo XVII, la limpieza y el baño empezaron nuevamente a ponerse otra vez de moda y la manufactura del jabón se convirtió en un oficio establecido, aunque los gremios de jaboneros guardaron siempre celosamente los secretos de su negocio. No vaya a ser que sea de sapos, ¿no?


COMENTARIOS

Comments are closed.