Página de cuento 796

Kachavara For Ever – Parte 39


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

Pasamos varios días en aquel sombrío navío eaeoeuense. La cubierta estaba completamente cubierta por cubiertas de automóviles y camiones, que servían para amortiguar los vaivenes oceánicos. Nuestro traductor sin orejas, que decía llamarse Albino Dubon, nos contó que el barco se encontraba allí casi de casualidad, intentando comerciar rocas con una comarca cercana a los volcanes Karya, pero del otro lado. Las erupciones los encontraron en plena carga, y tuvieron que huir cuando comenzó la lluvia. Sin embargo, habían podido llenar las bodegas de lapislázuli, pirita, geoda de Calcedonia, malaquita, ónix y turmalina negra, piedras muy apreciadas en Eaeoeu.
Tomé a Fatimota de la cintura, mientras Tonia se sentaba junto a nosotros, buscando argumenedes en el piso, y mirando de reojo a Azizan, con cierta indiferencia, incapaces siquiera de intentar comprender esta realidad de pesadilla.
Los tripulantes, en los momentos de calma y de descanso, bebían un vino desastroso, lo que les provocaba risas guturales y diabólicas, y aumentaban sus poco ocultas intenciones de violarnos a todos. Aferré aún más a Fatimota, repasé con el dedo índice las marcas de la fórmula H23Z4K+1. Ya había oscurecido, no quedaba ni un solo rastro de la ciudad, hundida bajo el agua, ni de ninguna tierra firme alrededor. Todo era agua y cielo, cargado de estrellas.
En un momento dado todos dormían menos yo y el capitán, quien allí arriba, junto al timón, no daba muestras de desfallecer nunca, siempre erguido, siempre abundante, siempre con la mirada fija y perdida en el horizonte.
Tuve tiempo de repasar mis rudimentarios conocimientos de astronomía, viendo aquel cielo plagado de estrellas muy luminosas.
Allí, en el cuadrante noroeste, se encontraban las salmónidas, una constelación menor, de 14 estrellas dispuestas de manera tal que aparentaban ser una rodaja de pan lactal a la que se le había untado paté de foie en ambas caras, y un dedo tocando el paté. Esta constelación y sus estrellas vecinas, las zapatares, de las que se cree que están totalmente formadas por piedras de rodocrosita, y que forman la constelación del sementauro, un gigantesco florero de dos bocas con pepas bordadas, son adoradas por los monjes carbajos, quienes les dedican toda una vida de abstinencia al guiso de porotos y al sexo. En la zona sur sursur sureste del cuadrante tres se ven las palmópilas, un grupo de stars muy relucientes, que se pueden apreciar fácilmente con un sextante cualquiera, formando las constelaciones del “coito perruno”, la del “vendedor de bolsas de residuos” y la del “rulero tirado, pisado y averiado”, tres maravillosas manifestaciones del universo, en particular de la vía lactante, de las que se dice que, al descubrirlas, los antiguos belascuenses y guastavineros quedaron pasmados, paspados a punto tal de que al verlas les ardieron las verijas durante años, produciéndoles enfermedades terribles en la piel sensible de la parte antero-posterior de los cachetes del culo. Estas constelaciones eran hipnóticas, y era tal su magnetismo que contaba una leyenda que quien las miraba durante un tiempo no prudencial se convertía en economista. Descubrí que, a pesar de las circunstancias, se podía ser feliz, al menos momentáneamente, mirando las estrellas. Allá estaban, arriba, bien alto, sólo para mi, las bertelotis, las acertas, las aurigas, las arrecheas, las yordanas, la ursa menor y la ursa mayor. Toda una conjunción mística que despertaba el deseo de estudiar los 14 signos del zodíaco.
Vi caer a una estrella fugaz, allí, entre la constelación camelopardalis, la escorpius y la sagitarius. Pedí tres deseos, uno de los cuales, años después, se cumplió, mientras que los otros dos fueron contrarrestados por los deseos del capitán, quien también había visto caer a la misma estrella fugaz, pero lamentablemente sus deseos se encontraban en contraposición con los míos, y eran más poderosos.
Igual pude estornudar, feliz, con esa felicidad imperturbable que nos da el saber que somos menos que microbios frente a este colosal universo, y entonces, ya que frente a esto, prácticamente no existimos, podríamos hacer las porquerías y estupideces que quisiéramos, total no se iba a enterar nadie.
Continuará…


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