Página de cuento 793

Kachavara For Ever – Parte 36


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
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Nos quedamos perplejos, mirándonos los unos a los otros. Brigitte y Mahama se abrazaban a Arthur que en la otra mano sostenía al chorizo colorado, tembloroso, que le había regalado su madre antes de partir. La tía Chola no dejaba de acariciar al Montoya amaestrado. Azizan seguía aferrando de la cola al tatú carreta, quien ya había asumido su destino de prisionero en manos del agente secreto, hombre que acostumbraba siempre a privar de la libertad al prójimo. Y yo seguía siendo el reservorio orgánico del carassius, que aferrado a mi cuello con su boca de ventosa, no dejaba de aletear. A su lado, algunos de los otros sobrevivientes, junto a los sin orejas, esperaban como si nosotros fuéramos la última esperanza que quedaba. Tonia también permanecía cerca, perdida su mirada en el cielo rojo y humeante.
La templenatura ambiente ya superaba los 46 granos centrípetos, y la sensación técnica era insobornable.
Me abracé a la espalda desnuda de Fatimota. La fórmula H23Z4K+1 estaba allí, imborrable.
Aquí, en la orilla del lago Mamomu, la ciudad ardiente parecía como ausente.
De repente, allá a lo lejos, en el horizonte indómito del lago, donde el azul del cielo se fusiona con el verde azulado de las aguas tumultuosas lacustres, divisamos una embarcación que se acercaba a nosotros. Era un barco a vela, gigantesco, fantasmagórico. También tenía un gran motor, y ya en la cubierta, llena de gente extraña, se podía percibir visualmente, a estribor, unos pistones muy grandes que practicaban un movimiento de vaivén de arriba hacia abajo, como una garza extractora de petróleo.
Las velas estaban armadas con viejos afiches de películas, Eran de un papel hidrófugo de alta resistencia. Allí estaban, para los nostálgicos y los memoriosos, los rostros de Anfibia Neutron Bones y de Ron Piston (se pronuncia con acento imaginario, que algunos eruditos llaman prosódico, en la i latina), demacrados, en la película “Los titiriteros titiripedos”, una entrañable comedia para toda la familia.
Otro era un afiche del maravilloso film que ganara varios omares y que fuera el mojón, la piedra fundamental de la ficción neo-colonialista, que luego diera lugar a otras obras geniales del séptimo arte, incluso del octavo y hasta del noveno. Me refiero a “Sangre y orina”, cuyo guión narra las fantásticas aventuras de un analista biológico que atiende un laboratorio de análisis clínicos y que por las noches se transforma en un traba marca cañón.
El barco se fue acercando hacia nosotros, cuanto más cerca se encontraba de la costa, más detalles extraños podíamos distinguir. Se trataba de una embarcación extranjera, probablemente de un país lejano, de Rolombia del Norte quizá. La gente era toda de color verde y sus cabellos largos y azules. En el extremo frontal, en la parte de adelante, erguido, un hombre alto, circunspecto, cuadrucpecto, con un sombrero napoleónico horrible, un traje negro con un sobretodo largo hasta los zapatos, nos miraba con desdén.
Desde cubierta extendieron una pasarela de fibra de vidrio hasta poco antes de la costa, para permitir el ascenso y descenso de personas y otros.
El hombre alto, con aires de mando, se dirigió a nosotros en un idioma muy raro, pero a la vez muy musical. Nos dijo, casi gritando:
“Oiaaaoiooooo oaaaiiiiioooo eeeeeooooooo uuuuaaaiiiiiiaaaa”
Aquella frase nos asustó un poco, aunque no le entendimos nada de nada.
Continuará…


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