RÉCORD DE TEMPERATURA EN UNA DE LAS CIUDADES MÁS FRÍAS DEL MUNDO

En Siberia hizo 38 grados


El Diario | Medio Ambiente

Mientras varios líderes mundiales siguen negando la existencia del calentamiento global, en Verjoyansk, la ciudad de Siberia que hasta ahora reivindicaba ser el punto más gélido del hemisferio norte, este fin de semana midió un insólito récord de justo lo contrario: 38 grados.
Allí, en invierno, el termómetro suele bajar de -50, disputando con Oimiakón, otra ciudad rusa, tener el registro más bajo de temperatura, -67,8 grados, sin embargo, en verano se superan habitualmente los 30 grados.
De todas formas, los 38º resulta excepcional para estas fechas. Según los datos del servicio meteorológico regional, el calor ha llegado este año antes a Verjoyanks, la ciudad más septentrional de la región de Yakutia, un territorio de más de 3,1 millones de kilómetros cuadrados en el que viven solo 908.000 personas. Y este récord de altas temperaturas incrementa el riesgo de incendios.
En caso de validarse este registro, todavía pendiente de revisión, esta sería la temperatura más alta documentada al norte del Círculo Polar Ártico —donde la crisis climática muestra claramente su impacto—, según el departamento de hidrometeorología y monitoreo ambiental de Yakutia. Tatiana Marshalik, jefa del servicio meteorológico yakutio, apunta que en otra ciudad de la región, en Yakutsk se registró un máximo similar (38,3 grados) hace una década. El calor es normal en verano en el norte de Yakutia, pero las altas temperaturas suelen llegar en julio o en agosto, reconoció Marshalik a la agencia Ria Novosti.

Calentamiento constante

El Ártico se está calentando más del doble que el promedio del resto del mundo. “Es el impacto de la inestabilidad del clima debido al constante calentamiento”, apunta María Anánicheva, del Instituto de Geografía de la Academia Rusa de Ciencias, que indica que estas altas temperaturas son parte de una tendencia a largo plazo. Este año, además, Siberia está registrando temperaturas más extremas aún. En el oeste de Siberia se documentó el mayo más cálido “con diferencia”, según un informe especial de Copérnico.
Las altas temperaturas aceleran que la nieve y el hielo se derritan y favorecen que el suelo de permafrost se descongele. El deshielo de esa capa de suelo permanentemente congelado es un elemento extremadamente preocupante. No solo porque su descongelación libera gases, entre ellos metano, apunta la experta Anánicheva, un gas de efecto invernadero muy potente. También es alarmante porque puede provocar corrimientos de tierra y daños en los cimientos de infraestructuras; de hecho, hace un mes pudo causar el derrumbe de un tanque con combustible en la ciudad siberiana de Norilsk que generó el que ya se considera como el peor vertido del Ártico. Tanto, que Rusia ha ordenado la revisión de sus infraestructuras clave —desde centrales nucleares y eléctricas a puentes y edificios— en las zonas afectadas.

Incendios zombis

Y a todo eso se le suma que, con temperaturas más altas, la temporada de incendios forestales ha comenzado antes. El Centro Hidrometeorológico de Rusia ha alertado del riesgo de incendios graves en el noreste de Rusia, en la zona de Siberia y en el Lejano Oriente ruso. Ya se han registrado fuegos en unas 30.000 hectáreas de bosques en Chukotka, Kamchatka, Yakutia y la provincia de Magadán. Un comienzo temprano para lo que puede ser otro verano de gran riesgo. El año pasado, grandes extensiones forestales ardieron en Rusia. Desde comienzos de enero de 2019 y hasta principios del pasado agosto los incendios consumieron más de 13 millones de hectáreas en Rusia, un área más grande que Grecia.
El Servicio de Monitoreo de la Atmósfera Copérnico (CAMS) de la Unión Europea ha localizado incendios en zonas del Ártico donde se habían producido fuegos el verano pasado y en áreas en las que están registradas temperaturas inusualmente altas.
De hecho, los expertos creen que algunos de los fuegos de esta primavera o de las últimas semanas son “incendios zombis”. Es decir, incendios forestales que se quedan en el material orgánico —en humedales como en las vastas turberas— y pueden seguir ardiendo debajo de la capa de nieve. Hasta que, con las altas temperaturas, reviven.


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