HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

Si es asqueroso, no debe ser tan bueno


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

El mundo está lleno de programas para aumentar la lectura. Miles, millones de personas se encargan de que cada niño le encuentre ese gustito especial a sentarse con un libro en la mano y aprenda a sumergirse en el maravilloso mundo de la literatura. Camiones y camiones de pesos, dólares, euros y rupias se gastan diariamente para que la humanidad recupere la sana costumbre de la lectura, más ahora en tiempos de reclusión obligada…
Y recuerdo que a mi hija le encantaba cuanto libro de asquerosidades se le cruzara por las manos, si el libro tenía la palabra “asqueroso”, “asquerosidades” o, mejor “asquerosología”, fija que se venía el “me comprás, me comprás, me comprás…” que en poco tiempo se transformaba en un perenne mantra, que podría llegar a competirle a cualquier procedimiento empleado por los guardiacárceles de la prisión de Guantánamo. Mantra que sólo, y únicamente, finalizaba con la adquisición de tan nefasto producto. Porque, dígame usted, atento lector, habiendo tanta oferta literaria, ¿por qué belines les encanta tanto a los niños saber la composición del moco o el proceso de creación de los gases intestinales? Este es un concepto que bien podría ser investigado por los congresos de psicología, tan adeptos ellos a estudiar cosas tan intrascendentes como las disfunciones sexuales en los meandros de la India septentrional o los trastornos por déficit de atención con hiperactividad en los jugadores de ajedrez compulsivos. Pero no, nadie me da una respuesta que me quite este peso de encima y yo voy por la vida, comprando libros sobre cosas asquerosas y sin visos de claudicar en la tarea.
Pero la cosa no sería tan mala si se dedicaran a leer esos textos en la soledad de sus dormitorios o en comunidad con ejemplares de su propia especie, léase otros niños. No, señor, ellos están llenos de una exasperante e imparable sed de compartir sus conocimientos recién adquiridos, y portando el libro en cuestión interrumpen cualquier actividad que podamos estar realizando para sacarnos dudas que jamás de los jamases se nos habrían ocurrido en épocas de tardes más apacibles. Así uno se desayuna sobre la composición de la baba de los caracoles, las características intrínsecas de los granos y su pus y hasta de los ingredientes necesarios para la putrefacción de las manzanas a temperatura ambiente. Informaciones, todas ellas, más alejadas de nuestros intereses que la cotización de las empresas de hidrocultivos en la Bolsa de Shangai.
Uno puede hacer oídos sordos a tamañas cataratas de datos tan innecesarios como no solicitados y, como quien mira llover, poner cara de aprendiz interesado y tararear por dentro el jingle de la última propaganda de desenredante para pelo, mientras ellos se desgañitan tratando de inculcarnos las bondades de la saliva de la llama para la cicatrización rápida de heridas ocasionadas por el sol. O por lo menos lo puede intentar. Pero hay veces que, entre jingle y jingle, nuestro cerebro, en forma totalmente involuntaria engancha algunas palabras y nos termina de arruinar el día.
Como hoy, que estaba tan contento escribiendo esta columneja y la niña vino a contarme el último de sus descubrimientos. Me agarró desprevenido y sin ninguna buena melodía para embotar mis neuronas, o sea, terminé enterándome que, sin lugar a dudas, hay más bacterias en un teclado que en un inodoro. Lentamente levanté mis dedos de la computadora y la miré. Creo que disfrutó el momento, “sí, la cantidad de bacterias y hongos por centímetro cuadrado que se encuentran en un teclado de uso diario puede superar las que aparecen en el asiento de un inodoro” recitó con una, supongo, malsana sonrisa de triunfo. Tomé el libro y leí por mi propia cuenta que parece que recientes estudios, realizados por un reconocido laboratorio de origen sueco, indican que el teclado de una computadora resultó guardar microorganismos y estar infectado con una cantidad de 33 mil bacterias por centímetro cuadrado. ¡Treinta y tres mil! ¿No será mucho? Pensé en silencio. “Esta cantidad de bacterias supera en más de 260 veces la de las bacterias encontradas en el asiento de un inodoro de uso normal, ya que esta cifra ni siquiera alcanzó las 130 bacterias por centímetro cuadrado”, me respondió sobradamente el mismo libro. Y eso sin contar la gran cantidad de hongos que se pueden alojar entre las teclas de tu computadora.
Y no me dieron más ganas de seguir escribiendo, estas últimas líneas las estoy realizando con un largo palito que encontré en el cajón de cubiertos. No es fácil, puedo asegurarle, estimado lector, embocarle a las letras exactas, pero sin lugar a dudas, mucho más higiénico.
Existen cosas que deberían seguir la saludable moda de los años oscuros de la Edad Media, o sea, ya sabe, morir en el olvido de la ignorancia. Por otra parte, ¿me recomendaría algún buen desinfectante de teclado? (Fuente: http://www.planetacurioso.com)


COMENTARIOS

1 Comentario por usuario

  1. 15-05-2020 - Por María Gómez

    Muy interesante y divertido. Me hizo acordar a las ocurrencias de mí hermanita y como queremos de repente agarrar todo con alcohol en gel de por medio. Muchas gracias por el texto, me sacó varias risas. Fácil de seguir el hilo e imaginativo, ¡Quiero más hilos así!