Página de cuento 775

Kachavara For Ever – Parte 18


El Diario | Contra Tapa

Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

De pronto, Azizan pudo zafar del rollo humano, se puso de pie, se acomodó el saco, el pantalón y el protogauto blanco que a esta altura estaba bastante sucio, o tan sucio como el resto de la ropa, de los pensamientos, de las acciones y de los sentimientos de la gente de esta ciudad maltratada por el rojo fuego del vómito volcánico, pero como el protogauto era blanco, se notaba mucho más. Pensó que la ropa debería ser lavada de inmediato, de preferencia en un lavarropas automático de anteúltima generación, centrífugo, con un jabón a base de solventes orgánicos. Pero este pensamiento fugaz, absurdo en medio de la situación actual, un pensamiento sacado de todo contexto aquí, en medio del Parque Fafofu y con su presa (el Doctor Anthony) tirado en el piso, entregado, puesto a su merced por la Diosa Providencia, que todo lo sabe, que todo lo puede, y que escribe en el viento el destino de los hombres. Así fue que Azizan encontró el golpe de suerte que le había sido esquivo en aquel edificio. Se apretó la oreja izquierda y habló por el orejófono en voz alta, mientras un Montoya que había salido subrepticiamente desde debajo de la tierra se devoraba de un solo bocado al loco Hooriza, que a la sazón estaba a punto de decapitar a Azizan por atrás con su portentoso machete siriri colombiano, arma que fuera usada por las FARC en siglos anteriores, para combatir el narcotráfico, también conocido como el tráfico de narcóticos, que era bastante.
“Comandante Rin Kal, tengo al paquete listo para entregar.” “¿No será otra de sus estúpidas promesas incumplidas, verdad agente?” “Para nada Herr Commander, se trata del Doctor Anthony Katcharravacha en persona. Por fin tendremos la fórmula H23Z4K+1 de puño y letra de su propio autor. Jajajaja” “¡Kachavara, por favor!” gritó Anthony, indignado por el erróneo pronunciamiento de su apellido.
“Comandante, si le parece, me llevo también a la muchacha que lo acompaña, que por cierto, es muy bella.” “Joya, dale, quedamo así. Andá por la sombra. Cambio y fuera”
Azizan esposó a ambos. Salieron del Parque Fafofu en dirección sur-suroeste, opuesta al barrio del Obispo Papopu, por la calle Lynn McFadden, una cortada que de tan oscura y tenebrosa, parecía bella. Y nunca mejor dado ese nombre a la calle, Lynn McFadden era una vieja heroína de la ciudad, de quien se decía que vendía su cuerpo a cualquiera por las calles y luego, con ese dinero, le compraba leche materna a Madam Sindi, para amamantar a los niños huérfanos del asilo “Coronel Retiro Efectivo Carlos Javier Arrieta Berardo”. Cuando terminó de vender la última parte de su cuerpo, que se dice fue la vesícula biliar, dejó de ser materia y se transformó en espíritu, que ahora vaga sin destino por las fachadas de los edificios viejos y derruidos de las calles suburbanas sin comienzo y sin final. Y en homenaje a ella, Lynn McFadden, “La Diosa Del Barro”, le pusieron el nombre a esta calle, en cuyo final estaba el altar donde se la idolatraba, construido por los antiguos huérfanos muy amamantados, muy pero muy amamamamamamantados.
Mientras tanto, en el edificio de la calle Aikoma Ibru:
“Mahama, salgamos de aquí, necesito caminar. ¿Me acompañas?” Dijo Brigitte con su lánguida presencia. “Okay, amiga, vamos. Salgamos a la noche, que siempre nos oculta alguna sorpresa allá afuera, que nunca la conoceremos si nos quedamos aquí adentro, vistiendo santos y avinagrando telagorris.” “Somos inquietas; nuestra naturaleza es inquieta, hacemos de la inquietud una virtud. Vamos, pero les tengo miedo a las brasas encendidas que arrojan las hermanas Karya, que hoy están re-vomitivas.” “No importa Brigitte, yo tengo en mi departamento unas capas de amianto ignífugas, como las que usaban los bomberos de antes, esos bien machotes. ¡Ay!” “Muy bien Brigitte, te acompaño. Estoy ansiosa por salir y, de paso, tratar de encontrar a ese perverso y desagradecido doctor que nos enamora.” Luego Mahama, acercándose a Brigitte casi como para besarle la mejilla, le susurró de manera imperceptible: “Por favor Brigitte, amiga mía, matemos a Anthony”.
Continuará…


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