HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

Es una estrella, es un avión, es un…


El Diario | Contra Tapa

Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Una de las cosas que definitivamente no extraño de mi vida en Buenos Aires es el smog. La última vez que viajamos en coche a la “gran ciudad” creímos, mirando el horizonte desde lejos, que Buenos Aires tenía su propio micro clima y que el sol que nos había acompañado durante todo el viaje se acabaría al llegar a la General Paz. Desde lejos se veía una gran nube gris que encapotaba toda la añorada metrópoli. Pero no, nada de eso, lentamente ese gris se fue difuminando y el sol siguió brillando más allá del acceso oeste. ¿Qué había pasado? ¿Se había desbandado de repente esa tormenta caprichosa que sobrevolaba Buenos Aires? Nada que ver, seguía estando, pero como habíamos entrado lentamente habíamos absorbido casi sin notar la gran nube de smog.
Y así, acá, sin ese nubarrón tóxico y sin la contaminación visual de millones y millones de lamparitas incandescentes y de las otras, uno puede tirarse a la noche y admirar un maravilloso cielo plagado de incontables estrellas. Estrellas que titilan y permanecen fijas en el firmamento. Quietas como estacas. Muy quietas. Firmes. Incólumes. Me cache, ¿por qué será que por más que me quede horas y horas mirando fijo el cielo, jamás he visto una estrella fugaz? De hecho, he llegado a pensar que las estrellas fugaces son un invento de los poetas mediocres para darse ínfulas de trovadores, y que su existencia es más trucha que las denuncias periodísticas. ¿Es posible que yo sea el único que no las haya visto nunca o será algún impedimento genético que me inhabilita físicamente para distinguirlas? Ni idea, porque parece nomás que no son una farsa de un astrónomo trasnochado. Según leo por ahí, las estrellas fugaces, aunque no son precisamente estrellas, lejos de pertenecer al reino de la fantasía, son en realidad pequeños trozos de piedra, que se desprenden de cometas externos a nuestra atmósfera. Y cuando, por efecto de la fuerza de atracción de la Tierra, entran en esa atmósfera, por el roce producido por la velocidad contra el aire, comienzan a calentarse hasta entrar en combustión, quedando incandescentes, verdaderas pepitas de fuego líquido cruzando el éter. Y es por eso que la gente las ve, digo la gente, porque como ya le he dicho, atento lector, en mi vida enganché una. La cosa es que describen una larga parábola y a medida que se van consumiendo por la temperatura van desapareciendo, lo que hace que las podamos ver por un muy corto tiempo, que en mi caso, como creo haber mencionado, es nulo, completamente nulo.
De todas formas estoy convencido de que mi carencia de estrellas fugaces no es lo peor que le puede pasar a un cristiano, sino que lo diga Nileen Namita, que es una señora británica, quien desde muy chiquita estuvo tan, pero tan obsesionada con la reina egipcia Nefertiti, que terminó creyendo que ella misma era la reencarnación de la famosa esposa del faraón Akenatón. Según parece, la pobre de Nileen vivió toda su vida sufriendo sueños en los cuales se le aparecía constantemente la misma Nefertiti acompañada de sus sirvientas. Y fueron tantos los sueños que a los veintitrés años decidió ponerse en las manos de ciertos estudiosos de la psiquis humana, quienes, sin miedo de juicios de mala praxis, le diagnosticaron severamente que ella era realmente la reencarnación de Nefertiti. Cabe aclarar en este punto que semejante diagnóstico no le hizo nada bien a la ya atribulada psiquis de la señora Namita, lo que ocasionó que comenzara una serie de operaciones para acercar su físico al de su otro yo en el pasado. Entre las que se pueden contabilizar se encuentran ocho operaciones de nariz, cinco en los ojos, nueve liftings para estirarse la piel, tres injertos en el mentón y más de veinte operaciones más para mejorar, justamente, los resultados de todas las anteriores. En números contantes y sonantes, la llamada “Nefertiti británica” lleva gastada la friolera de unos 320.000 dólares en más de veinte años de buscar asemejarse a su anterior encarnación. Eso sí, según dicen los expertos, Nileen quedó bastante parecida a Nefertiti, aseveración bastante venturosa ya que nadie conoció en persona a la reina egipcia y los retratos, para qué vamos a mentir, dejan mucho que desear en cuanto a exactitud artística se trata.
Pero, de todas formas, Nileen está conforme y parece que no piensa pasar de nuevo por las manos de nadie que ande jugando con un bisturí. Parece que lo único que le resta para cumplir su sueño es viajar a Egipto para visitar los lugares en los que habitó Nefertiti. Dicen que Zahi Hawas, el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, ya ha manifestado que está dispuesto a recibirla. Como, imagino, debe estar dispuesto a recibir a los miles de turistas que llegan a diario a esa ciudad africana.
La única duda que me queda es saber si alguien le hizo el cálculo de cuántos viajes a Egipto podría haber hecho Nileen con esos 320.000 dólares. Pero me parece que me voy a quedar con la duda, lo único que me falta, además de no haber visto nunca una estrella fugaz, es una maldición faraónica, ¿no cree usted?


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